Oda a Kappa

De Casiopea
Kappa portada web.jpg




TítuloOda a Kappa
Año1969
AutorGodofredo Iommi
Tipo de PublicaciónOtro
EditorialInstituto de Arte UCV
Edición1a
ColecciónPoética
CiudadViña del Mar
Palabras Clavepoética, k, oda
PDFArchivo:POE 1965 Oda Kappa.pdf
NotaPublicado por la Revue de Po&sie, París 1965.

EL DIA DEL ASESINATO DE JOHN F. KENNEDY DECIDIMOS EN PARIS LA ODA DEL NUEVO TIEMPO, CUYO SIGNO, CURIOSO ERA LA LETRA K (KENNEDY Y KRUSHEV, LOS DOS EMPERADORES, KAFKA Y KIERKEGAARD, DOS INICIADORES). HOY HAY QUE AGREGAR MARTIN LUTHER KING Y KENNEDY EL SEGUNDO.

ODA O SALUDO (LA FORMA MISMA DEL RELEVO O POSTA MAS QUE MERA COMUNICACION) PRODUCIDA POR MUCHOS ININTERRUMPIDAMENTE ESTE FRAGMENTO ES EL QUE APARECIO POR MI VOZ.

GODOFREDO IOMMI.

Toda la Poesía

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... etc., etc., etc. — hasta que mi propio desnudo no se me vuelva un traje.

— “Todavía queda una mujer en las aguas” –dicen.

Pero ya se han ido todos los pájaros del norte.

— ¿Hay algún número relevante?

(cara,

la cara – el otoño ajusta el mundo a su peso).

Madame: contar da vaivén –nombre o número– con que la madre nos mete en la historia, la sangre al latido y el segundo se hace hora.

¿No se sobresalta y retira y vuelve el ojo, como el mar en las orillas, cuando el día repentino lo desnuda?

¿Y no se ampara en tal vergüenza o párpado para que la luz se vista de imágenes? Así entrega su mirada. Y a cada reflejo una nostalgia.

          (entre el      a     rrepentimiento

          y la             e     speranza

          se hace la    i     storia

          la                o     bra

          la ilusa       u     nidad de un uno

cuando las lenguas fundan en sus vocales una idea)

Preparo

          preparo el rapto.

“Todo discurso es metáfora” –añadía el escriba moribundo.

Y sin embargo “Las lenguas se hunden porque sus palabras hacen agua para las semejanzas”.

Aventura          aventura sin don

como un dado

Pero ¿Dónde, dónde

una nueva palabra ya sin fábula?

Ellos levantan el papel para buscar nuevas formas pero yo las he usado todas

Indigencia del amante:

                        cuando escribes

                                        se pega la t

pero si

            y si

si mismo

                  escucha el tartamudo

                  tallar su palabra en el aire

                  d d d d d d d d d d d d d d d

                  d d d d d d d d d d d d d d d

                  d d d d d d d d d d d d d d d

                                 d                   d d

                  una destitución inocente

                  nos expone

                  y sólo la piedad es la extensión

                  del juego

                  Toda la lucidez del silbido

                  sin estaciones

                                    en el curso.

                  Sobre las leñas del árbol

                  una flor expande su amenaza

                  — aventura               aventura sin don

                  como un dado.

                  El aire pliega su día y su noche

                  y se va sin alas

                  De una vuelta de sombrero

                  descubro todos los vientos

                  Mi perfil atrae el horizonte

                  y en cada gesto tiembla la frontera.

(A quienes tocan –es húmedo– vuelven oscuras las analogías. Sólo por el equívoco nos saludamos).

                  Me paro sobre esta terraza

                  como un fruto

                  y odo odo

                  sereno y sin párpados.

Las voces

La Recepción

Abre la herencia que inaugura

A veces recibimos                  supuesta se pierde la figura

donde el momento termina nos cuida la distinción

con una dimensión de menos las cosas dan su origen como el amor

sola

la aparición contiene

cada evidencia trae su saludo y el perdón un hueco donde se forma el semblante

hace diez y seis años y otro mundo entre las calles

y los hijos                                                      Empieza

La Carta Descubierta

Querido Miguel:

¿Qué mejor que una carta para desearte un buen año? La carta, como la hoja, anuncia y despide. Mira los árboles. Pero yo casi ya no sé escribirla. Desgraciadamente la práctica literaria conduce mi lenguaje a un orgullo peculiar.

El Lenguaje Nuevo

¿No te ocurre que, a veces, mientras escribes, en plena nada las palabras crecen, empujan, como si tomaran una repentina y, acaso, excesiva conciencia de sí mismas, aminorando, con ello su íntima cualidad indicativa? Como si una mujer o un hombre proporcionados quisieran dejar de ser índices de la armonía y pretendieran ser sí mismos precisamente a causa de esa hermosura que en él o en ella se transparenta y no les pertenece.

Tal vez el uso prolongado y especial de la escritura de poemas me provoca esta primera dificultad. Recuerdo haber trabajado con palabras de tinta y papel, modeladas con esa materia, ajenas a la voz –en lo posible, pues que detrás de toda palabra va siempre el dicho– para que únicamente por los ojos se entendiera. También he escrito palabras según un determinado comportamiento en la página dejando, en cambio, abiertas, no una sino múltiples, posibilidades a la voz que las pronunciase. Y alguna vez he querido escribir un poema y acotar al mismo tiempo el modo de decirlo pero incorporando esas acotaciones al sujeto escrito, de suerte que se hicieran una las dos vertientes, la del ojo silencioso y la de la garganta y el gesto.

Sin embargo, creo que en la carta se manifiesta mejor la transparencia de la palabra como la indicación en ciertas piedras desnudas y fundadoras. Me parece que en la carta la palabra toca su intimidad porque se retira a medida que muestra. Así, tal vez, con su discreción señala, abre y da lugar. Puede que no sea fácil lograrlo porque sólo brote con naturalidad de una existencia suspendida en la vida –y, acaso, es éste el real sentido de la pobreza–. ¿No tendrán los verbos esa peculiar fuerza poética porque precisamente se queman y desaparecen en las acciones que pronuncian y, de otra manera, las partículas relativas, porque consisten únicamente en lo que hacen? A diferencia, por ejemplo, de los nombres que de suyo se presentan, plenos, sintéticos, encerrando casi por sí solos todo un lenguaje. Y a propósito de nombres trataré de exponerte la segunda dificultad con que tropiezo. Me tienta y sin pausas el deseo de la enumeración. - ¿Recuerdas aquella de La Ilíada y el sutil canto cuarto del ‘Inferno’, de Dante? Allí los nombres y epítetos respectivos se convierten en sonidos articulados por un orden interior que los ubica en la secuencia y producen el verso –ese hacia abierto– transformando la singularidad de los nombres propios en signos suspendidos en la amplitud de resonancias y sentidos. A cada momento mi pluma pretende ese procedimiento. Pero no puedo. Un invencible disgusto me invade cuando lo intento. No lo rechazo y, por él, escucho la Musa advirtiéndome la inconveniencia de la enumeración como la de ciertos colores para translucir el tiempo invisible que nos toca. Por cierto que, gracias a la intimidad que alcanzan las palabras en una carta, me atrevo a hablar de la Musa sin temer que se confunda su clara realidad con una figura literaria que disimule cualquier otro significado. Sin embargo, no acierto con el camino que comienza en este disgusto ni encuentro las palabras que no nombran. Me limito, entonces, a obedecer tal contradicción y, aunque te escriba nombrando, me excuso agregando que no me gusta hacerlo.

A través de esta falla o quebradura puede que distingamos los límites del útil artificio de la literatura. Y por otra parte, si es verdad que toda quiebra o partidura de un límite descubre lo que éste nos ocultaba, tal vez, sea esa la expresión adecuada para decir lo que ofrece este año de 1964, en la medida en que pueda señalarse. ¿No es esa la simple y conmovedora tarea del poeta? Recuerdo, sin pretensiones, aquello de que el profeta no adivina el tiempo sino que lo proclama. Puestas de lado forma o informa que resultan siempre poemas, te escribo esta carta vuelta hoja y por eso, ella también, imagen, aunque mínima que, al dividir la página con su caligrafía o el aire con tu voz, revela, reuniendo, tal como las puertas, aquello que indica.

Mundo y Realidad

Aunque parezca pretencioso, a propósito de esta carta de parabienes, quiero escribirte acerca de una distracción que tuve hace diez y seis años, y cuyos efectos aún me duran. Seguramente has estado, como tantas otras personas y no pocas veces, medio a medio de una distracción larga e involuntaria que suele ser anuncio de ciertas melancolías. Tú sabes que en esas circunstancias el ánimo anda suelto, disponible y, porque nos mantiene desprovistos, nos deja como quien escucha. Mientras dura, no se produce la cómoda y habitual separación entre pasado, presente y futuro; en cambio, los significados inhabituales comparecen simultáneos y distintos como cuando al entrar al mar, el agua te llega, al mismo tiempo, por todos tus costados. La sensación dominante, si se puede hablar así, es la de un curioso confort para el espíritu suspendido y oyente, confort semejante al de ciertos diálogos que, entre dos desconocidos, fluyen justos y reveladores mostrando, al par que se desarrollan, una paz imprevista.

Durante aquella distracción me apareció el modo de hacerse del mundo. El mundo sobrevenía a medida que se desplegaban las formas dormidas en nuestro cuerpo bajo la invisible solicitud de la naturaleza. O bien, desde otro punto de vista, como ocurre con el río que con su ritmo propio reúne y da contorno en sus reflejos a lo que por fuera va extraño y sin bordes. Y lo hace –creo– gracias a la tensión de su superficie y a la transparencia o forma en la que todo límite se suspende para dar paso a la luz; acaso porque la clara expectación ajusta y ordena. Así, las cosas del mundo se me ponían delante con propiedad muy íntima hasta parecerme naturales las extraordinarias y convenientes las que debían contrariarnos. Como si el bien y el mal que existen entre nosotros hubieran servido, aún a pesar de ellos mismos, la realidad que es la forma como nosotros, los hombres, atestiguamos la verdad durante la existencia. En la especial transparencia de ese estado los hechos y las cosas, a solas consigo mismos, se contenían, de modo que toda la realidad, sujeta en serena discreción, daba, por su simultánea presencia y retiro, cabida a lo invisible. Y lo sentí, no sin maravilla. Pero lo propiamente invisible, por serlo, y aunque presente, es innombrable, acaso porque no nos corresponde y es propio de los dioses. No me pregunto, por inútil, ni la razón ni las consecuencias de una tal creencia. Me limito a constatarla. Toda explicación sería disfraz para colmar una evidencia que altera esquemas o que puede servir a la malicia. Pero falso sería confundir la realidad de ese vínculo con lo que hagamos invocándolo. Aquella distracción era un acto donde hechos y cosas, desprendidos ya de los trabajos que los formaron y libres, entre sí, de toda antología, se abrían como un sentido. Despojados de intenciones se descubrían en su origen con las rarezas de un mundo que despierta. Acaso el juego o drama que se desenvuelve para producir la realidad, una vez producida, muestra, a solas, aquel vínculo de origen que durante los cuidados solemos olvidar y que, con necesidad, nos conduce por la tarea, a los hechos y a las cosas. De esa manera el mundo se declaraba donación. Me pareció que lo invisible da siempre pidiendo y que de semejante encuentro surge la confluencia o sacrificio. Porque los dioses piden –y con ello ponen en juego nuestra libertad– la aptitud para el regalo. La medida, en medio de la naturaleza, les pertenece y los hombres la recibimos en el trabajo, de modo que, aún rechazándola o negándolo, siempre nos instala. Así la piedad, que es también la extensión abierta para nuestro hacer del mundo, excede toda desilusión o esperanza y forma nuestro arbitrio.

Historia sin Sucesión

Cierto es que todavía imaginamos lo lejano, digo la posibilidad de historia, y se nos hace difícil ver hechos y cosas fuera de una sucesión: por eso me es imposible describir aquella distracción. Tampoco puedo construir, de modo equivalente y con palabras, un artificio para darte, por lo menos, el efecto que me produjo aquel estado. La razón es simple. No lo descubrí yo a punta de lápiz ni con el discurso, como suele suceder y en los poemas, sino que me sobrevino suspendiéndome. Inventar o entregarme a un arte que reproduzca o narre no me gusta. — ¿Pues qué es contar? ¿Hay realmente 63 entre 1 y 64? Si contar es agrupar y distinguir es decir, calificar, produce referencias: antes y después. ¿Cómo podría yo referir o describir la sensación de un tiempo que, si bien durando, no se clasifica?

Prefiero indicarte la consecuencia de aquel momento que todavía me ronda y sorprende. Te diré primero cómo bajo esta nueva sensación me aparecen los grandes trazos que nos tocó vivir. Y enseguida trataré de señalarte cuánto ya me va ocurriendo.

La Política Poética

¿Recuerdas la prudencia? ¿Ese arte de cuidar para el amor su riesgo genuino? En edad tan poca, ¿no nos muestra la política o modo propio de la prudencia –a pesar de sus contradicciones y con una riqueza apretada, tal vez nunca vista antes– su claro sentido? En cuanto a la riqueza, piensa en Ulianof y Trotzky, en Gandhi y Ataturk Kemal, en Mussolini, Stalin e Hitler, en Mao Tse Tung y Kennedy y en ……………… te confieso que había escrito: Ulianof Gandhi Kemal, reduciendo esas palabras a signo: Uliagandhemal poniendo a continuación los epítetos de su procesión: Lenin, en cuyas manos el oro se sorprende metal; Gandhi, que separa la justicia de la espada; Kemal, que con un nuevo lenguaje recomienza su país. Escribí, además, algunos borradores hasta reducir tales palabras a objetos que admiten, sin decirlas, múltiples significaciones y resonancias como el prisma sus colores. A menudo decimos que tal es la riqueza de la simplicidad; sin embargo, esa forma ya no me parece la adecuada y discreta.

¿No estamos viendo al pueblo más joven, casi diríamos sin origen, encabezar, al par que crece y se constituye, la tarea humana como un pájaro? Piensa en ese continente viejo y negro que entra por primera vez al mundo, te diría, casi como una novia. En el reencuentro, en diálogo, con Asia. Y me pregunto si alguna vez el mundo fue tanto tierra – peculiar y distinta. Piensa en la quiebra de las ideologías con esa parte de sublime que todo ideal arrastra bajo el señuelo del futuro, sucedida en la guerra civil española. Tal vez para indicarnos la vanidad de apostar a lo que podría ser y forzarnos en cambio, a tomar cuenta del presente. ¿Y con Malatesta y Durruti, no late en la realidad dormida, cuando aún no se despliega, un sueño de la verdad? Y los grandes asesinos. Ellos también. Porque acaso Stalin, matando, comenzó a reducir el simulacro de la pobreza genuina a temple cotidiano. E Hitler, matando, mató, tal vez, la íntima cobardía de nuestras existencias, tendida siempre como un anzuelo desde el refugio de un pasado al porvenir improbable. Porque había que abrir mucho mundo como una herida, a causa de nuestra ceguera para que aprendiéramos a recibir cada acto humano como un regalo. Para que supiéramos que la más simple presencia también emerge continuamente desvelando el riesgo. ¿No es Mao un poeta que reanuda un mundo apostando la humanidad? ¿Qué íntima destrucción necesitó el pueblo misterioso de occidente para llegar, sobre todo deseo, al lugar? Hablo de los judíos a quienes tal vez, nunca comprenderemos, saludándolos, saludándolos aunque vuelvan a equivocarse.

Cierto ninguna hecatombe antigua se compara con la que marca el paso de cuanto nos ha sido dado porque hemos sido pedidos. Pero, acaso, han muerto más hombres que nunca para dejar que una piedra sea nada más que una piedra y cada instante todo el tiempo. Me esfuerzo para que ninguna paradoja me confunda porque sé que, a través de todos, los dones llegan e instauran.

La Nueva Guerra

¿Recuerdas la buena guerra que Hesíodo nos indica? ¿No es la técnica la cara humana donde la tierra se conforma? ¿No hemos visto ya cómo ella atrae la naturaleza para extender el campo de combate que es su juego? Hablo de la luz que nace de una esclusa, de las lluvias torrenciales del trigo atravesado por el sol tras largas filas de máquinas guerreras, de la rapidez que expone, mejor que los vientos, la forma escondida del aire y la une a la tierra. ¿Recuerdas entre otras cosas el Lotus en una vitrina de Londres y de qué modo, entre una máquina y nosotros, la alegría se posaba como un pájaro inédito? Y gracias a la técnica, la aventura o viaje olvida el valor, esa frontera de la prueba, para darnos el estremecimiento propiamente humano del reconocimiento y con ello las estrellas.

¿Recuerdas la ciencia cuya virilidad enciende la tarea?

Ella encuentra hoy su propio secreto y con ello desnuda, no sin asombro, nuestro organismo moral.

Ya no busca entender una naturaleza, sino que desde su arte, tantas veces gratuito, puede reproducirla distanciándonos de su maternidad para dejarnos adultos, con fuero, independientes del sol en nuestra misma tierra. Y me digo en silencio, sin escribirlos, los dulces nombres.

Y si, complacientes, no tomas en cuenta las posibles significaciones de las obras –¿no abrieron los autores, en nuestros sentidos, la admirable inexistencia de la sucesión y del espacio para que comparezcan los nacimientos de modo que el propio hacerse de la obra fue la obra?–. Piensa en tantos pintores, músicos, escultores que desnudaron nuestra mirada. Desde Chirico y Picasso a Pollock. Y piensa en quienes tendieron el lenguaje como un color insospechado para que se transparente el puro salto desde lo invisible gracias al que vivimos –de Trakl y Joyce a Breton–. Y en aquellos ánimos que recobrando un principio con su cálculo inauguran y mantienen la vigilia con que la existencia descubre su ritmo –desde Kierkegaard a Wittgenstein–. ¿Y no hemos visto la piedad de Occidente o vínculo con lo desconocido, remontarse a su palabra y a su rito hasta volver al centro –digo Jerusalén– para ser iglesia y reanudar las diferencias?

Fin de la Analogía

Sin embargo, releo lo que te escribo y me parece que se desprende un sentimiento o idea unificante como si hechos y cosas dispares o semejantes se resolvieran en una síntesis que las contiene. Sabemos que las palabras, por ser signos, traen, de suyo, el equívoco y que además lo que te digo no pretende precisiones; doble razón, entonces, para recordarte que la sensación que aún me dura procede de una multiplicidad en la que cada cosa era propia permitiendo, al mismo tiempo, la presencia, que no visión o referencia, de lo invisible. O si prefieres, como en lo oscuro la aparición de cada estrella señala la noche del cielo. Desde aquella distracción que no puedo, ni quiero reproducir, mis pasos han cambiado. Cuando miro un árbol lo veo palpitar y desplegarse en un hueco constante del que surge y se sustenta gratuitamente. Veo cada edificio o calle o plaza flotar en una ausencia primera y nutricia, y, si un hombre o palabra: el silencio que pronuncia. Así el instante se me hace presente porque expone su origen. Y la belleza la mejor transparencia. Siento, entonces, que el mundo pierde temores y terrores y que la envidia, de la que nos llegan avaricias, se aminora. La analogía que aún gobierna la comprensión se hace menos necesaria y el canto: silbido.

El Juego o Tiempo Nuevo o Paternidad del Vacío

¿Qué significa ya para nosotros la propiedad sino la libertad del uso?

¿Qué la patria, sino la confluencia donde los hombres reciben de los dioses una medida? ¿Qué la familia, sino la admiración cuidada y renovada de los nacimientos? ¿Y qué significa ya para nosotros el amor, sino el testimonio, en medio de la especie de la sola aparición que como tal se suspende y muestre su aparecer? ¿Y el cuerpo o trabajo en la danza, qué, sino el múltiple juego del aire y nuestros sentidos revelándonos sin tregua la incesante paternidad del vacío? ¿No nos sobrevienen ya en la humanidad las razas como esas inaprehensibles y distintas melodías a que alude la música con sus cálculos?

¿No crees tú que, ya para nosotros, la simple pobreza de estar suspendidos de la vida –pues la pobreza no se mide con riquezas– nos sostiene siempre como figuras en juego?

Por la pobreza –quien sabe– un tiempo que a mayor libertad nos da más juego. Hablo, por cierto, de juego, porque sucede e incluye y en su riesgo mejor nos singularizamos. ¿Pero no es ya para nosotros la existencia esa irrupción de la partida, que sólo la libertad sostiene?

¿Y si jugar es poder salirse? ¿No es ya, para nuestra existencia en juego, la muerte misma salida; la muerte o sustento de la libertad porque en ella nos salimos a lo invisible? Me parece, también, que en la existencia que se juega, los actos propios, con los que abre juego, son trabajo y utilidad y la palabra que los revela su fiesta y lugar más que poemas. ¿De qué modo y cuáles las formas que duermen en nosotros están ya despertando al llamado de la naturaleza? Mundo.

Don de la Muerte Atómica

No me supongas entregado a viejas o nuevas ilusiones.

Mira de nuevo en ti mismo, a tu alrededor, detrás de los deseos –conquistas o frustraciones– también detrás de las dudas. Mira sobre todo la tristeza que tanto nos afecta. Ven en la melancolía o mundo que se nos retira, nuestro ser desnudo porque se nos ha pedido mucho para darnos con exceso. Te señalo que la melancolía que fecunda y que tantas veces el miedo de recibirla la impide como quien rehúsa el encuentro probable del regalo para legalizar su orgullo. Y bien sabemos, desde Camoens, que también para los tristes hubo muerte porque la angustia o tristeza no es nunca pago de intercambios sino umbral de inauguraciones que por avaricia esquivamos. Todavía convivimos –y nos gobiernan– con quienes temen abandonar el mundo en herencia. Puede que falten muertos y que la envidia y sus policías imaginan alargar las estaciones del año. Tal vez aún no nos acepten y asesinen a Kennedy. Pero a pesar de tales hechos y cosas –y si persisten a través de ellos mismos– la realidad siempre declara y de nuevo, el testimonio de la verdad.

Sé bien que cuanto te digo es únicamente posible si el sacrificio o borde donde se encuentran los hombres y dios fue de una vez y para siempre pasaje del regalo: presente –momento y reconocimiento–. Nombre, en el que silenciosamente creo. En cuanto a razones, no tengo sino dos –acaso demasiado simples para ser convincentes– que así me mueven a saberlo y escribírtelo.

La primera es aquella distracción que no cuento y sólo indico y cuya verdad conozco porque “e ancor mi distilla / nel core il dolce che nacque da essa.” y “più di largo, / dicendo questo, mi sento ch'i' godo”. La segunda razón es que la muerte, la muerte de todos, poseída, se cuenta entre nosotros. Ya la hemos recibido y sobre todo proyecto o memoria luce como la nieve, es el sol esparcido sobre el suelo. Antes, desconocido era el morir. La guerra, el suicidio o la propia consumición no interrumpía el mundo. ¿No era, entonces, la suerte, esperanza o resignación? Pero hoy, la muerte de todos se sienta en nuestro almuerzo, bosteza en nuestros jardines, modela el cuerpo que formamos y más familiar que el pensamiento nos custodia para que la apuesta humana difunda su propia libertad. Porque ya no es de nadie sino de todos y tierna como un perro duerme entre el miedo y los deseos.

¿Podemos realmente destruirnos? ¿Pero no nos descubre ella, con su límite, la propia luz de lo posible?

La Nueva Libertad, Saludo y Juego

Así ando por esta realidad en que vamos y cada acto es real y propio sin depender de quien surge o lo recibe, y, suspendido, se extiende y muestra como en el viento las alas. El tiempo, entonces, en vez de producir novedad, destrucción, nostalgia, irradia desde toda aparición a su propio nacimiento –como el vuelo desde el pájaro al aire que lo sustenta–. Un sentimiento sin borde me sobrepasa y hace saludar, contra toda convención, agentes, hechos y cosas que suceden por las calles y por las rutas. Tal gesto, a veces, entre un orden que no lo registra ni clasifica, me extraña. Pero volverme agresivo por su causa o aceptar ese exilio involuntario sería desmentir el gozo que lo provoca. Y aunque bien sé que cada vez lo podré menos y menos, trato de no mirar mucho lo que veo a fin de disimularme en la ciudad y convivir sobre todo sin resentimientos. Y porque ya no temo a mi propia cobardía no me preocupo de lo que debería hacer. Semejante disimulo –por el que los hombres nos guardamos aún en la cronología– es el discurso y en cambio, el lenguaje, como la aparición, es sólo saludo.

hay una hoja en el árbol
      (eso es todo)

hay muchas hojas en el árbol
      (eso es todo)

hay ramas límpidas en el árbol
      (eso es todo)

La rosa equivoca sus vientos
      si el alba
       cuando

la voz forma la jarra de su cuenca. [1]


Notas

  1. La cita italiana es Dante, Paraíso XXXIII, 62-63 / 92-93.