Tratado de la Santa Hermandad Orquídea

De Casiopea
Orquidea portada web.jpg




TítuloTratado de la Santa Hermandad Orquídea
Año1981
AutorGodofredo Iommi
CoautoresClaudio Girola
Tipo de PublicaciónLibro
EdiciónTaller de Investigaciones Gráficas, Escuela de Arquitectura UCV
ColecciónPoética
CiudadViña del Mar
Páginas12
Palabras Claveorquídea, hermandad, poesía, constel
Carreras RelacionadasDiseño Gráfico

A Efraín Bo, Gerardo Mello Mourao, Juan Raúl Young, Napoleón Lópes Fihlho, Abdías do Nascimento y a Francisco Coelho.

… el secreto…


(1)

Tras
ni el móvil
azul
de inasible retiro
en el erial
con las hermanas usadas por el agua
y otra, la menos,
muerta en el extranjero murmullo.

Fuera del vasto vaivén
retenía los soles
la arrogancia generosa
en el porte distante
premonición austera hasta ver
en el error
el margen
dulcemente involuntario
del otro país.

Inaprehensible autoridad del despojo
muchachas fortuitas
en la corona de adiós
para mantener el océano
alejándose inmóvil
de la isla
entre presos inocentes
ciegos en su maleza.

Ni la altura irreverente
- intento de los durazneros
bajo la voz del sacerdote,
la existencia temeraria
de armonías
en el naufrago
su masa repetida -
sólo puede desasirse
la palabra,
la sólida hipocresía
que nos pronuncia.

No ha sido más
Que tenerte -
agrupados en el disimulo
como el adiós
que solo olvida.
Pues
había algo más que los héroes.


(2)

De rodillas el niño
comprendía la imposible
sorpresa.

- hubieses un jardín,
un modelo cansado
de distancia
sin saber nunca
el rio, el río después de las vías.
Que el silencio demora
en la fascinación
mas no existe
y las carreras
en el espeso barro
con los celos figurados
por la ingrata mentira del fuego,
su réplica sangrienta
de harapos
lunares,
persiguiendo el destello
de una estatua en el fondo
de las conversaciones
del enrarecimiento
amoroso entre la carne
y la obsesión funesta
de abrir una palma
como una ciudad
Las dos jóvenes tomadas de la mano
sin sentido.

Muchos debieron desaparecer
tan despejados los pies
porque si aun
el coro
cuida los hogares de la cripta
y el juego natural
se desenvuelve en el pinar
goza la incredulidad
del camino.
El aire nos había enseñado
a retener lo arbitrario,
la superficie
bajo toda mudanza:
una despedida invisible
y total
a la caída de los pájaros
sobre el árbol
sumiso al latido
del sol.


(3)

Con cuanta premura
las formas ondulan
barca abajo su imagen
como el placer posesivo
de las piernas
en el intacto desaire
a la verdad festiva
plácido arroyo descendiendo.

Acaso vuelvan especies
a hundir vecindades,
la naturaleza
reprimiendo sus medidas
antes de adivinar
el desliz.
Se escucha sin oírlo
sin trazos,
ni la cortes advertencia de la puta.

Secreto en el cuerpo
que nada
acceso ardiente
sin posición
en el descenso.

Todos los pulmones grises
del paraíso
se echaban a sus reflejos
como una niebla
audaz, inofensiva
y los líquidos verdes
femeninos
se empeñaban en hundirnos,
herida la arboleda
por la precisa belleza
del grupo.
Un vigor nuevo
por las disimilitudes.


(4)

Las campanadas refutan
el sendero,
traen
a esta quietud
desligada del gusto,
la aldea,
los humos extranjeros
que expiran incesantes
aquellos que mueren.
No queda sino
inclinar la cabeza
a los paseantes
para una representación diferente
donde quiera
esos matices indelebles
de azul nevado
en el canto oculto
por la nube baja, exilada.

Mis pies desunidos
rehusaron esos rescoldos
afinados en otra edad
irrevocable ante aquellas mujeres
aun por el frío
con que el norte
las conduce
y en sus rostros
la apacible señal de las tumbas.

Después del bosque
que repara un orden,
tan blancas e iluminadas
las retenciones en sus ramas
y las huellas
del amor
descubiertas, aquí y allá,
en el gran lecho callado
y pudoroso,
después
entre tanto límite muerto
el que grazna
me distingue,
sabe, ausente,
la grava que intimida,
el calmo engaño
junto al lago
que no pudo ocultar
mi nacimiento.

Una y otra lengua
en la madeja de risas
por sus plazas
que cambian de colores
para apresar los tiempos
y de rondas
para proseguir su paso
sin sospechar
la altura justa del junco
bote arriba
el la subida acuática
y el extravío.

Una apariencia de prisa
en la cercanía de la mesa
a frasco roto
y lejanías retenidas
hondo.
De par en par,
antes que la tarde
module sus retornos,
el viento,
solo el viento
del desaparecido.


(5)

En las costas, él
vivía únicamente de murmullos

Hubiera yo creído
en mis blancas cicatrices
civiles,
en las exaltaciones ocultas
distinguiendo
su eco
en los sentidos
con el ligero hilo de sangre
orgullo abajo mientras en el patio
el carpintero
afinase sus encastres y
y la alondra que adelanta
su presagio.

Era el único
que no se había desembarazado
que nada
hasta llegar al fin de los mármoles
ya funestos,
lisos e informes
retirándose del rostro,
encegueciéndose
hasta entrar en el alma
y dejarnos a su alrededor
subrayando la mesa. Las manos limpias
sin patrias.


(6)

La suave prevención
en la densa verdura
con sonidos de antiguos navegantes
cuando el último cayó
junto a nosotros indemnes
aunque muramos
en la dura elección
de estos límites
involuntarios y sagaces
que sobreviven
a la verdad

paz a paz
las donaciones largas, prescritas
en las fases
del circuito vedado, familiar,
en nuestra dudosa exploración
por aguas quietas
como girones de alfombras
hasta en las estribaciones
que callan su figura
en el estuario

otra virtud
nace en los desenlaces
con que reprime
el héroe

su saludo
la tribu indígena
vigila, no distante,
la rumorosa llegada
la turbación del viento
entre sus pelos muertos
y el mentón al este
temblando siquiera
el placer.


(6)

sin saber por poco

hendir
y la veloz intimidad
disuelve el relato
mar adentro
al inexperto y generoso
poblado

el sabor crudo de la cena
se repartía la cabeza
con la historia

los menos necesarios
junto a los pájaros
cuidan el cielo mudo
entre los dedos
hilan la mañana
y en la rutina feliz
mueren los viejos

pero aquellos renacían
de superficie en superficie
adivinaban sus cuerpos
por las primeras estrellas
en la demorada
luz del día

Otros guerreros
tomaban el valle
sin destruir los viñedos
asegurando el premio
y sin embargo cuando
cruzaron el horizonte
apenas los amigos
lanzados a la última vez
sin alcanzar a verse
silentes

yo sé
que los hubiera deseado

(7)

Las estaciones se abolían
en estas riveras
en el transcurso oculta lento
resiste
la tormenta

ellos se separaban
con distancias breves
bajo palabra
durante las fiebres
sustraídas aún al aire
que desde abajo
los pobres entonaban.

La memoria se deshace en sus garzas,
sus ondas felicísimas
y blancas lavan
los aislados
por almas sin despechos
y el precioso recorrido
en trapecios vivaces
de sueño en sueño
cuyos voluptuosos desprendimientos
fortalecen el deseo
aguas arriba
sin más.


(8)

Detenida por las formas
la piel del crepúsculo
entona
el semidiós de la balaustrada
ignorado
en el desastre de los armónicos
ya ultimadas las vacilantes
palabras del muchacho
hasta el interior
de gran café por la hora incierta
solidario

un redoble justiciero
a espaldas del recinto
que no es plaza ni patio ni calle
diluyendo en sus murallas
las nostalgias
de la pareja fugitiva

hasta caer el paso del sereno
cuando el alma
cede a la apariencia

mientras que casi inmóviles
como gente que conversa
entre lo construido
el tiempo pierde otoño en estos muros,
difícil no ser mejor
entre las arquitecturas
con la coloreada admisión
que sigue a las victorias
a la antigua sonrisa atlética
de otra realidad
sin naturales

detrás
los vendedores vocean la tarde
y en tanto
la modulación del mar
por la ventana alejada
no nos abandona

un gesto repetido entre sus paños
cadencias de contorno
las manos juegan con sus bordes
abren la figura
de la frase
pero estos pájaros ya no bajan
a la trama del suelo
y los apegos oscuros
invitan a otro deleite
que junto a los desgraciados
solo presentimos.
La sombra nos protege
de la noche.

se oyen unos ruidos
detrás de la muerte
y auque insistiésemos
de alusión a alusión
en el himno
en el relente de estos ríos
que circunvalan
la ciudad en ruinas
trabaja deslizándose
voces abajo
en la primera lámpara
Octavia,
del angulo del palacio
la cubre,
paso sin dejar recado
cuando lo más alto de sí
subía el vapor
a ocultarse en la brisa,
éramos
pocos, sentados,
ajenos a las suturas
ora en la espada,
ora en los muslos
pues el roce,
sólo el roce…