Visita en el monte Alvernia

De Casiopea





TítuloVisita en el monte Alvernia
Año2017
AutorJaime Reyes
Tipo de PublicaciónOtro
ColecciónPoesía
CiudadCiudad Abierta
Palabras Clavesan francisco, poesía, acto
Carreras RelacionadasArquitectura, Diseño, Diseño Gráfico, Diseño Industrial, Náutico y Marítimo, Ciudad y Territorio, Formación y Oficio, Interacción y Servicios, Otra
NotaTexto leído para el acto de San Francisco, en octubre de 2017, en la quebrada de la Hospedería del Megaterio de la Ciudad Abierta. Para las fuentes de este relato ver página 82 del poema de Amereida.

Francisco es conducido por los hermanos León, Angelo, Illuminato, Rufino y Masseo hasta la cima del monte Alvernia. Ha pedido a los hermanos que le dejen allí 40 días y 40 noches en soledad y ayuno. Está ciego y enfermo, pero no sabe que está al final de su corta vida.

Sentado sobre una roca al caer una tarde, oye ruidos a su alrededor y piensa que es alguno de los frailes que le vigila y cuida en secreto, preocupado por su salud.

–¿Quién está ahí? Os he pedido que me dejen solo, que no me acompañen, estaré bien.

–Francisco soy tu hermana. Te he traído un obsequio.

–¿Quién eres?

Francisco siente y huele un aroma desconocido cerca de su rostro. Es el aroma de las flores árticas-inexistentes.

–No es posible– dice Francisco y la visita replica:

–Pero sí hay flores árticas-inexistentes.

–Me refería a ti, sin nombre, no es posible. Aún en los comienzos más terribles, como en el caos inicial del mundo, aún en lo siempre inminente donde reside la chispa inicial de toda mutación; de donde seguramente provienen estas flores; aún allí has de haber tenido un nombre…

–Francisco, yo sé que has emprendido una aventura de transformaciones y que has alcanzado la desnudez que se requiere para reconocer los cultos y los ritos más recónditos y hondos. Sé que aún te perturba la antigua querella con tu vicio más serio. Te has desistido incluso del espíritu de pobreza que va siempre aún más lejos. Sabes que no basta con ir en el sentido contrario que el de los bienes que se acumulan.

Francisco la interrumpió:

–Es cierto, he quemado en mis ojos los deseos más fuertes para intentar mis cantos en la total impropiedad, ya sin ilusiones, ya sin revelaciones. Acaso entonces he nacido de nuevo en los desprendimientos. Pero aún allí todavía mis labios reciben la música de los desconocido, para cantar loas a todas las criaturas de esta creación y las he nombrado en las alabanzas. Pero tú, hermana inminente, has conseguido llegar hasta la cima del Alvernia esquivando la vigilancia de los frailes…

Ahora Francisco fue interrumpido:

–Francisco, ningún hombre puede vigilar mis pasos ni escapar de mis visitas. Los poetas de la historia, como tú, saben del desierto que hay entre la cosa y el nombre y que todos los esfuerzos por reconocerme serán vanos y que quedará intacto y sin inserción el primer nombre, ese nombre de nombres, el más fascinante de todos. Porque es infranqueable la protección que me rodea, redoblada por la expulsión que me preserva de todo reconocimiento y de todo juicio de identidad.

Entonces comprendió Francisco que todo poema es una repetición simbólica, de variación ritual, de danza-transposición de esta visita de la hermana sin nombre, en todo desvío, en todo momento inminente. Que todo poema es un esfuerzo por anticipar a esta hermana, figurándola, por izarse a su altura, por ser capaz de acoger su más intensa suspensión. Que todo poema, cantar o cántico, es para incitar e imitar al último, buscando la palabra final, la incógnita en todo lo conocido.

Entonces cuando los hermanos frailes vinieron a buscarlo después de 40 días y 40 noches de soledad y ayuno en la cima del monte Alvernia, Francisco dijo al hermano León:

–Hermano, nuestro Cántico de las Criaturas no estaba completo. Escribirás y agregarás este último verso:

Laudato si mi signore per sora nostra morte corporale

da la qua nulla homo uiuente po skappare.