Un rayo en la oscuridad

De Casiopea




DescripciónTexto leído para el acto de San Francisco, en octubre de 2018, en el bosquecillo entre el Anfiteatro y la capilla de la Ciudad Abierta.




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TítuloUn rayo en la oscuridad. Cómo San Francisco oyó de la boca de un lobo ferocísimo.
Año2018
AutorJaime Reyes
Tipo de PublicaciónPoema
ColecciónPoética
CiudadCiudad Abierta
Palabras ClaveSan Francisco, fábula, acto

Fábula

Escúchame -dijo el Demonio, apoyando la mano en mi cabeza-. La región de que hablo es una lúgubre región en Libia, a orillas del río Zaire. Y allá no hay ni calma ni silencio. (Edgar Alan Poe. Silencio)


Hubo un tiempo en que Francisco moraba en la antigua ciudad de Gubbio. Un día de invierno atravesó el monte Ingino para adentrase en los bosques de la comarca en búsqueda de un grandísimo lobo, terrible y feroz, que no sólo devoraba a los animales, sino también a los hombres; hasta el punto de que tenía aterrorizados a todos los habitantes, porque muchas veces se acercaba a la ciudad.

Caía gélida la noche y la luna brillaba a través de una fina niebla, cuando Francisco lo encontró bebiendo en el remanso de un arroyo al cobijo de un gran abeto.

Hermano lobo –dijo Francisco– Por compasión con los aldeanos he venido a encontrarte; para que no causes más grandísimos males, maltratando y matando hombres, para hacer las paces entre tu y ellos, de manera que tú no les ofendas en adelante, y ellos te perdonen toda ofensa pasada, y dejen de perseguirte hombres y perros.

El lobo lo vio y se acercó mansamente.

Escúchame –dijo el lobo, apoyando su pata en el regazo de Francisco– He aquí un rayo en la oscuridad. Has venido a encontrarme bajando el monte Ingino, por el río Camignano, atravesando los bosques de Umbría, desde la antigua ciudad de Gubbio, porque los humanos te han hablado del terror de mi ferocidad y de la muerte que he esparcido. Pero los humanos no conceden, de hecho, nada al otro. Por ejemplo, nada a los demás animales y criaturas. Hacen que la menor diferencia sea del todo por el todo. Los humanos dicen: ellos son un error total, insoportable su manera de aparearse, sus dialectos, de comer, de gruñir, ellos deben ser destruidos.

Te han hablado de la única forma de relación que nunca ha dejado de existir, entre nosotros, hasta nuestros días; en general fueron obreras la violencia y la guerra. En lugar de las conversiones radicales en vistas a la paz de la unión, para que haya paces y el perdón de las ofensas, prefieren la violencia y la guerra.

Pero en este bosque, si así lo quisieran, ronda la fiesta.

donde –ya sin pertenecernos ni vínculos, aún pocos seremos multitud, descompuestos, descarado –

ronda la fiesta

Francisco sorprendido y sin entender quiso hablar, pero el lobo prosiguió:

Tú, Francisco, que conoces y has celebrado las mascaradas; aquellas cabalgatas con música y danza en las plazas y los pórticos de la antigua Gubbio, donde los humanos cantan, y vestidos de fantasías interpretan las alegorías que halagan a los príncipes y señores del reino, ve y habla a los humanos. Diles que el lobo de Gubbio, te habló de la fiesta. Yo sé que su cadencia o frontera impide preveer los movimientos y tantea toda ocasión al coraje. Entonces el cuerpo desaparece en la figura, los gestos inhabilitan el baile y prospera la carne sola en colores. Porque la fiesta no aflora en contornos.

Deja que lo oculto se muestre oculto, como cuando a quien la luz no basta llama ciego, con poco o todo, bestia asada, vimos densos sudores y sexos. Y allí, en la conveniencia que fecha seremos pobres o maneras interrumpidas y en las fatigas que aíslan los sentidos o en la advertencia sensual y en las piedras resucitadas en el joven extranjero donde ya nadie sabe – creyendo – lo que hace, allí florece la simpatía sin semejanzas

–¿juegan?– dices

En piedad o plazas, en país o calles, entre ahorros y venganzas… idos, apenas, ni forma ni informe. Porque cuando nada es vulgar, extraordinario o referido, el pan cotidiano –máscara muda– transluce la impropiedad común de la muerte, fiesta ineludible…

Don más que guerra, Francisco, don más que guerra.