Taller de Amereida 2014/2T/Clase 2

De Casiopea


AsignaturaTaller de Amereida
Del CursoTaller de Amereida 2014
7
Fecha2014/07/09

Clase de Jaime Reyes

Nota 46. Amereida II

“También el olvido es bello, olvidar, por ejemplo, que el arrojo es la travesía y no la vida de un obstáculo, en este caso, el perro. Pero la hermosura cuenta menos que la ruta y esto sí que es difícil aprenderlo. ¿Qué es la ruta? Es sólo seguir partiendo siempre, es mantener el rumbo abierto. ¿Será un comienzo sin fin, como el amor? Hacer tal ruta, abrir tal rumbo, tal vez de tales cosas, interrogaba Kant a los capitanes de barcos balleneros, aquellos que Melville dijo que buscaban la ballena blanca y tal vez Ajab sea el nombre de la musa de toda pura travesía.”

Bitácora

La nota 46 corresponde a un episodio de la primera travesía, ocurrido el 30 de agosto de 1965.

“Un poco más allá la huella por donde andamos se bifurca. Una mujer nos dice que siempre es la de la derecha.
Ya en el camino firme un perro duerme en medio de él. Boulting que está sentado al lado de Fabio, gesticula y grita en inglés y finalmente trata de dar vuelta el volante. La sola idea de que el perro pudiera ser atropellado lo ha trastornado.
El estupor nos causa cierta indignación y quien más y quien menos trata de explicarle a Boulting que en América los perros se salen del camino. Godo, alterado, cita incluso tres casos similares fatales - que no detalla.”

La hermosura y la ruta

Muchas veces he intentado explicar lo que me parece merece la atención de esta nota. Son varias cosas.

Lo primero es aquello de que la hermosura cuenta menos que la ruta. Implica que el aparente fin último y superior de toda obra de arte, la belleza, es menos importante que la ruta hacia ella. No quiere decir que la belleza sea inalcanzable, sino que aún cuando en alguna obra la alcancemos, aún cuando consigamos la belleza expresada, palpable y sensible en una obra de arte, de arquitectura, de diseño o de cualquier tipo, esa belleza es menos relevante y tiene menos valor que la ruta hecha y recorrida hacia o hasta esa belleza. Consuena esto con lo que les decía la semana pasada en cuanto a que en nuestras travesías la obra no es el objetivo; por cierto es acaso lo que merece las más de nuestras atenciones y dedicaciones, pero en el fondo y al cabo de todo no vamos de travesía en pos de una obra considerada como objetivo. Por supuesto que los oficios se juegan en ella su materia, pero no su razón de ser.

La belleza fue durante mucho tiempo el objetivo de las artes y la alcanzaban o perseguían los artistas a través de la armonía (una relación en que cualquier cosa que se agregue o se quite es para peor). Pero la modernidad cambio la armonía como objetivo por el desconocido como horizonte. Un horizonte es aquello que siempre está más allá, el inalcanzable Norte de todos y cada uno que contaba la nota 23, de la clase pasada. El inalcanzable Norte de cada cual y del continente americano. Tener un horizonte es equivalente, en este caso, a tener una ruta. ¿Qué es la ruta? Es sólo seguir partiendo siempre, es mantener el rumbo abierto. Nosotros hacemos travesías para seguir partiendo siempre. Lo que importa es que mañana partimos a recorrer América. 25 años haciendo travesías; más de doscientas obras y no interesa esa cuenta. Lo que importa es que mañana partimos a recorrer América. Claro que nuestro recorrido es obrando; es en el estar yendo junto a la obra. No hay que confundir el trayecto de un viaje de travesía con la ruta poética de la que estoy hablando. No se trata de los kilómetros recorridos para llegar a tal o cual lugar, sino de la ruta poética, el atravesar mismo que no es otra cosa que mantener y sostener lo abierto, una y otra vez, siempre presente, siempre como el regalo, siempre a través -atravesados- de la gratuidad. Nuestras obras se juegan en el saber hacer, el buen hacer, pero ellas son el proceso que nos conduce no hacia el cumplimiento del mero hacer, sino hacia el ser. No se trata de un modo de hacer, sino de un modo de ser. La obra de travesía es un modo de ser, no una manera de hacer cosas. El obrar del oficio es un modo de ser, no un conjunto de características o circunstancias que distinguen cada realización o acción.

Sin fin como el amor

La clave del asunto la da lo siguiente ¿Cuantos de ustedes se han enamorado y han comenzado una relación amorosa? Usted, cuando inicio su relación, ¿se puso un plazo determinado para sostenerla? ¿la pensó con objetivos a cumplir? ¿quién no ha iniciado sus amores creyendo o queriendo que será siempre y para siempre? La ruta de la que hablamos entonces ¿Será un comienzo sin fin, como el amor? Lo primero es que el amor se comienza sin tener el fin por delante. Es decir, nunca va a cumplirse, pues a la hora que quede completo es que se ha acabado. Y lo que sigue es que si no tiene plazos u objetivos que se vayan cumpliendo es que siempre se está comenzando. El amor es un comienzo sin fin. Según la nota 46 el filósofo Immanuel Kant interrogaba a los capitanes de barcos balleneros sobre hacer tal ruta, abrir tal rumbo. Pero Kant sólo pintaba paisajes marinos; nunca se subió a un barco; ni siquiera conoció el mar. El que sí sabía de esto era Melville. Y la nota termina con una sugerencia terrible, porque dado todo esto que hemos hablado, Ahab podría ser la musa de toda pura travesía. Digo terrible porque Ahab era un personaje aborrecible, lleno de odio y movido por la sed de venganza. ¿por qué, entonces, el poema propone que sea nada menos que la musa de toda pura travesía?

Ahab en el fondo es un personaje trágico y épico, no aborrecible. Es el protagonista y héroe trágico de la épica moderna, como Aquiles o Ulises o Eneas lo fueron de la épica clásica. Una épica escrita y contada no en griego ni en latín, sino en inglés, uno de las lenguas de América. Además es una épica íntimamente americana, del mar americano. Ahab es el fundador del mito y la leyenda moderna y occidental.

¿Por qué su aventura es también nuestra, por qué continua aún hoy? Porque Ahab vivió siempre en la ruta, lo suyo fue el seguir partiendo siempre tras un inalcanzable inaudito. Partiendo y yendo sin interrupción hacia el desconocido inefable, y empeñar en ello todo su oficio, todos sus conocimientos, todas sus fuerzas y sus desvelos. Hasta consentir en ello incluso su propia muerte. Para desgracia de Ahab y para suerte nuestra, la ballena blanca aún hoy vive en los mares de América. Porque para que ustedes sepan Moby Dick es americana, y chilena además. Pero eso ya es otra historia.