Reflexiones sobre Valparaíso

De Casiopea




TítuloReflexiones sobre Valparaíso
Año1964
AutorJosé Vial Armstrong
Tipo de PublicaciónEnsayo, Inédito
EditorialArchivo Histórico José Vial Armstrong
CiudadValparaíso
Palabras Clavedoc, valparaíso
LíneaCiudad y Extensión
Carreras RelacionadasArquitectura, Diseño Gráfico, Diseño Industrial, Náutico y Marítimo, Ciudad y Territorio, Formación y Oficio,
«Doctorado en A&D» no se encuentra en la lista (Arquitectura, Diseño, Diseño Gráfico, Diseño Industrial, Náutico y Marítimo, Ciudad y Territorio, Formación y Oficio, Interacción y Servicios, Otra, Magíster) de valores permitidos de la propiedad «Carreras Relacionadas».

Nota

El presente texto es la transcripción de un documento de José Vial. Pertenece a la colección Documentos de nuestro Archivo. Además lo presentamos en un PDF con la transcripción acompañada de las páginas mecanografiadas originales, en la carpeta especial Documentos Varios.

Reflexiones sobre Valparaíso

[mecanografiado]

Hace dos años, se inició por los diarios una campaña que se llamó “para que Valparaíso sea grande”.

Esta campaña pretendió reunir ideas para impulsar la vida de la ciudad, que todos ven, y sienten, decadente.

Es una campaña para los que saben leer, que busca en el fondo un nuevo destino para Valparaíso.

¿Qué defecto tuvo esta campaña? que careció de ideas. ¿Qué realidad verdadera reflejó? el anhelo de un destino fuerte. Y como todo anhelo real, su manifestación por los darios tuvo una virtud: señalar casi todos los defectos que nos impiden tener ideas.

Primero

¿qué nos impide tener ideas?

El hecho de que hemos heredado un lugar, este, frente al mar, y ya no comprendemos qué fuerzas nos están gobernando, que hacen que este lugar se nos convierta - ahora - en un lugar inhóspito, del cual muchos emigran, que nos sumimos en la pobreza, y que los que aquí vivimos apenas si tenemos voz en el destino del país, que carecemos de posibilidades para desarrollarnos individualmente, cada uno, en forma parecida a como ocurre en las grandes ciudades, tanto material como espiritualmente, y que todo lo que emprendemos resulta costoso y limitado, y que todo lo que emprendemos halla su término pleno en otras partes. Que carecemos de fuerzas. Todas nuestras antiguas grandes casa comerciales se han extinguido, o han emigrado a Santiago; lo mismo ha ocurrido con nuestras antiguas grandes industrias, que han nacido aquí y se han ido. Las nuevas industrias, de gran escala, no nos eligen como lugar, y las pocas que hemos logrado, ha sido tras una lucha amarga con las autoridades centrales, haciendo valer nuestro abandono y al mismo tiempo acusando a Santiago de codicia centralizadora. Así lo conseguimos, a fuerza de cultivar nuestro resentimiento que se nos infiltra sin saberlo, imperceptiblemente, y haciendo valer –a la vez– nuestra debilidad. “Centralismo”, se llama nuestro resentimiento. Las reparticiones públicas, en gran parte, se mantienen para mantenernos: y algunas industrias también: su lugar natural sería Santiago. Sólo nos queda nuestra vida tranquila, burocrática, que sólo alcanza alguna expresión en “hobbys” y en recuerdos. Nos desgarra esta situación, cuando la comparamos con nuestra antigua ciudad, que tenemos presente a los ojos - porque tampoco tenemos el dinero para renovarnos.

¿qué nos hace perder las fuerzas, y por consiguiente, tener ideas?

Segundo

La pobreza.

Nosotros somos pobres, como país y como ciudad.

La pobreza nos pide un estilo de acción muy distinto al de la riqueza. No podemos imitar a la riqueza y consolarnos siendo modestos, porque entonces siempre iremos atrás, y seremos nostálgicos, y resentidos.

Hay que alcanzar los bienes de la riqueza con la pobreza.

Y para ello, debemos suplir con inteligencia, midiendo con extraordinario ajuste nuestros medios, para que estos medios sean empleados en aquellos puntos esenciales, que rendirán el mil por ciento.

Esto hace que –a diferencia de otras ciudades– nosotros tengamos que preguntarnos con toda severidad, si nuestra propia organización actual responde verdaderamente a nuestra situación, y si es adecuada ella para proceder con esta justeza.

Y este situarnos a la pobreza, nos permitirá alcanzar la riqueza. A su vez, nosotros sabemos que, como ciudades turísticas, precisamente los ricos nos visitan. Demos entonces construirles a los ricos, y darle a ellos el ámbito que ellos necesitan. Ser motivo de la visita de otros, es nuestra propia posibilidad de riqueza. Y no debemos confundir nuestra vida de pobreza imponiéndosela a los que nos visitan, porque se irían. Así es que, debemos mantener –sin resentimiento– esta dualidad de vida. Y aún más, tenemos que impulsar y anhelar esta dualidad de vida, y saber con generosidad, al mismo tiempo concebir el lujo, que concebir la modestia.

Tercero

El primer despilfarro.

Las fuerzas que construyen la ciudad, se han ido en busca de lugares vecinos. Quilpué, Villa Alemana, El Sol. Si toda esta capacidad constructora hubiese quedado en Valparaíso, la ciudad se habría renovado en gran parte de su habitación. Y en un doble efecto, la población concentrada, permitiría la existencia de un comercio y de instituciones con una potencia fácilmente del doble de la actual.

El error: la idea de la ciudad y sus límites. Las aldeas satélites se han considerado ciudades independientes, cuando en la realidad conforman con Valparaíso una sola ciudad. Aún hoy, Viña –administrativamente– es considerada una ciudad vecina a Valparaíso.

En una ciudad pobre, no puede descuidar que la localización de sus habitantes es una capital valioso, y esencial. Pensemos en un teatro, en un mercado, en un acto público, en la difusión de las ideas, en la competencia que crea el comercio de alta jerarquía. Difundidas en pequeños grupos, la población no adquiere por ningún concepto el nivel que significa la gran ciudad. En este sentido, somos contrarios al plan regulador, que sólo decide administrar un tipo de expansión propio de otras ciudades, en que esta expansión no implica, tal vez, la pérdida de factores vitales.

Cada ladrillo que se coloca, cada tubo de alcantarillado, cada metro de pavimentado de calle, de alumbrado, cada resolución que ocupa tiempo y esfuerzo por conformar estos pequeños pueblos, para seguir siendo pueblos, es un golpe a Valparaíso.

Enormes fuerzas disipadas, estériles, negativas, en cuanto ellas nunca rendirán fruto, y cada vez distancian más de las verdaderas posibilidades. Establecer este control, vivir esa justeza, es tarea ardua.

La ciudad original, establecida en el plan y los cerros de Valparaíso frente al mar, he quedado poco a poco como un residuo, con el traslado en masa, primero a Viña del Mar, y después a la cadena de pequeños pueblos ínfimos del interior. Y este residuo es el que ocupan los inmigrantes del campo, convirtiendo el anfiteatro magnífico y único de Valparaíso, en una sola gran población callampa. Este proceso está predicho por Le Corbusier hace 30 años. Conservar la ley del mar, es un origen que es destino. Sin él, la ciudad se “disipa”.

Cuarto

El segundo despilfarro

Es parecido al primero.

¿Cuánto vale, en dinero, Valparaíso y sus instalaciones?

Sin embargo, las relaciones de la capital, con el borde del mar, y del valle central con el borde del mar, se establecen según las leyes parciales de algunas industrias, que canalizan a San Antonio –por ser más corto– la salida de sus productos. Por una pequeña suma, hacemos morir un puerto ya ejecutado. Nos vemos en la obligación de financiar dos puertas en lugar de uno, y así, en la pobreza, instalar dos mal, contra uno bien.

A su vez San Antonio crecerá: tendrá su propia potencia regional, y con su esfuerzo, rebajará la capacidad de acción del conjunto.

¿Quién ha hecho la operación económica que significa la habilitación futura de las relaciones del valle central y Santiago con el mar?

Nadie. No hay planificación regional unida a una planificación nacional, guiada por una idea. Sólo hay pequeñas planificaciones parciales de aspectos también parciales, los cuales, por la ley de la economía, siempre van a estar destinadas a conducir al centro. El centralismo es también un producto de la pobreza, que ocurre en casi todos los países sudamericanos. Más aún, si esta ley de economía es dejada a que actúe espontáneamente.

Por consiguiente,

solamente con una reagrupación de fuerzas –de las que hoy hay– alcanzaría la ciudad una revitalización. Y no sólo eso. Conseguida esta revitalización, toda ayuda, toda nuestra protesta, una vez conseguida, proyectaría un resultado diez veces superior al que obtiene actualmente.

Es una reagrupación de fuerzas, conciencia de la pobreza, primer paso vital.

Quinto

El tercer despilfarro

Nuestra organización.

¿Quién puede hacer esta reagrupación de fuerzas, realizar los estudios, y tener la autoridad para realizarlos?

Actualmente, nadie.

Porque nosotros hemos perfeccionado un sistema administrativo organizativo destinado a “administrar” lo existente, pero que en absoluto se presta a re-hacer lo existente, a ser nuevamente pionero.

Y nuestro momento actual es, pide, hacernos nuevamente pioneros, confesando previamente que nuestros 135 años de existencia independiente aún no nos han convertido en país constituído, como los son las grandes países industriales, que llevan en sí la acumulación de varias centenas de años de elaboración. El sentirnos país constituído, es prematuro, y nos deja en manos de los que han perfeccionado sus métodos. Ellos sí administran, porque tienen “qué” administrar. Nosotros, en cambio, al igual que nuestros vecinos, tenemos casi un tercio del país aún sin explorar.