Las tentativas

De Casiopea



TítuloLas tentativas
AutorGodofredo Iommi
Páginas5
Imágenes9
Ancho 20 cms.
Alto 26,5 cms.
Fecha1982
ColecciónPoesía
FondoIommi-Amunátegui
ConjuntoAutónomos
Número de Ingreso018
NotaOriginales manuscrito en tinta azul sobre páginas blancas de composición; pertenecen al «Cuaderno Celeste Torre» sin fecha; se propone 1982 –año que se lee en del poema.
PDFArchivo:Las tentativas.pdf
Código
IOM-POE-IAM-AUT-TEN-982-018


P. 1

ninguna flor conmueve los límites
bajo el anuncio
[—————]
y el largo tintineo marino tras la colina.
Acaso recibirte en la cámara dorada
cuando descalza
[—————]
hacia la brasa,
atraída,
     desde la muerte
entrabas,
        residente.
Sin dejar de ocurrir los
                                           azules,
             la delicadeza nueva
que cubre esta merienda;
una aserción
retiene el elogio que descorre su cuerpo en
la palabra. La niebla fina
                  Siquiera afín pero más aún
la libertad
                      jardín abajo
hasta las plazas siniestras
donde yace el dios


P. 1r

inútil, intáctil y en la extensión
soberbio.
                  Tus pasos descubren los [seres]
y el desnudo
leve
del margen bajo sinuosas mujeres con chal
– otros nativos
con que la historia cruza la emoción.
Aparto la claridad del sueño
hacia
el barco
quebrado en la imagen
de la cruz,
            la versatilidad de sus pliegues
jamás recurrentes
hasta los labios sorprendidos
del amante
           que nunca conoce su aventura
ni la despegada
razón de los deleites
          y el reencuentro
siempre diferente
               de la luz y el pajar.


P. 2

Lejos
sin necesaria copa
que ya no gobierna el médano
tendida la memoria
en el fresco zaguán
y los quejidos cada vez más distantes
del gallo
enceguecido por el sol.
                                     Ninguna advertencia
guarda tu entrada,
alta voz sensual
orando
              sin verte,
todavía junto a los platos
rientes
con imperceptible melancolía
en las puntas de ambas manos
demasiado filiales
para un final.
Las nubes bajan al leño agorero
hunden su pájaro tenaz,
                              en los intensos velos


p. 2r

Una bella cesión
sin formas adecuadas
de giro a giro
              en el pasillo penumbroso
donde el eco desfigura los recuerdos
y el pabilo
acierta y no acierta su luz
atento a la insinuación del héroe
              que ha de llegar.
                                       Tal paso
desciende al calor,
     a la lenidad de los hombros
     en las vagas cosechas; ante la estatua
           los ruidos aconsejan
pero nunca el mar invierte sus secretos
y el hueco
       impide la repetición.
Arriba
        el águila distrae sus virtudes en el viento,
no he de quejarme aunque quieran
pues sus pisadas
se posan
Desde la invisible comarca
en mis huellas
anterior a la mesa enriquecida,


P. 3

al sabio licor de las noches
con una cabeza breve
                           indiscreta
                     Todavía al poblado
vuelven mundos
en las aguas
                   y el coraje se [afina o afinca]
en los techos sagaces, invernales.
                            La edad lleva sus brillos
en el muro
y la joven, sin merced,
rehusa las auroras.
                  Entre lomas lentas
preparan, al cabo, la fiesta
y el cielo
demora en sus cabezas
piadosamente.
                            Aún los guerreros
distantes
sostienen el cuadro
y se inclinan
reverentes
sobre sus picas
al silencio


P. 3r

que desangra.
                          Pero ni el cruce
de las chispas y el sendero
ni el viejo adagio
que encierra su carne
desliza
                del rostro
esta inmóvil libertad
de reina
desposeída. Sacaba del baño
las puntas de los pies
hasta el admirable silbo
del cuchillo
entre sus pechos
                       y sonreía
con el adviento
sin objeto posible
en la piedra tumbada,
sacrificial
y [rata]. Yo solía reponer el oro que perdía
para ajustar sus plantas al bosque
una aptitud
para volver de los muertos
al beso.

No basta el acervo
del alma,


P. 4

ni la sutileza de tales persecuciones
en la verdura
que nubla, juvenil y certera
la pasión inteligente,
                          ni el cuerpo de perfil
en la osadía
masiva, irrelevante.
Toda coincidencia oprime
en el vaso último, audaz
del generoso acantilado,
hasta la suerte
que entre sus olas luce
         donde dejarte
herido, abierto, libre
bajo la tormenta si
     la lluvia bruñe en la paz de este cerro.

Una esperanza aún
y el discurso
a las ropas confusas del portero
su inicua espera
entre los cuerpos
            cuando los sordos llamados
            devastan el sentido
Una altitud mental


P. 4r

para la comisiva;
[una noche su paso atraviesa]
los sueños de todos,
                                 cambia
                                      [dejo] en rito.
                         En el establo lleno
nadie invoca
                                     Los fuegos
de la estación vencida
                  y el árbol esquiva
su armonía ante la rama

Ninguna impiedad en mi derrota
y la celeste versión del ciego,
pero el sigilo
de los sembradores nocturnos
trae sus filtros al deseo,
las vergüenzas inundan sus perdones
y el carromato se pierde
en la muerte de los henos.


P. 5

La ronda
en ocasión del matrimonio de Eliana y Claudio, 1982.

A veces tras la piel
en tus playas apartadas
mueven el silencio en sus sonrisas
y el aire despeja su cuidado,
La palabra.
                Ningún paisaje las recuerda
ni el corazón puede apagarlas
ellas descienden o suben del crepúsculo
hasta el temple irónico
sobre la cena–
El rigor de la arena
modula su gesto,
la cautela de la luz
rima los pasos, canta
donde el viento huye de la memoria
y del acierto.
                        La visita
adelanta la penumbra
su índice tenue al desconcierto,
retorno paulatino
del hombre a la cesura

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Fondo Iommi-Amunátegui / Autónomos I:

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