La regla definitiva. San Francisco y la encrucijada entre lo uno y lo múltiple

De Casiopea




TítuloLa regla definitiva. San Francisco y la encrucijada entre lo uno y lo múltiple
Año2019
AutorJaime Reyes
Tipo de PublicaciónPoema, Inédito
ColecciónAmereida
Ciudadciudad abierta
Palabras ClaveSan Francisco, hermandad, desapego
LíneaFormación y Oficio
Carreras RelacionadasArquitectura, Diseño
NotaPara ir a las fuentes de este relato ver la página 106 del poema Amereida.

Estamos a comienzos del año 1223.

Hacía algún tiempo que Francisco vivía junto a sus hermanos en Fonte Colombo. Por esos días estaban ocupados en redactar la regla definitiva de los franciscanos, porque algunos consideraban que a la regla vigente le faltaba consistencia y definición. Francisco había sido un poco forzado a trabajar en esto, pues pensaba que la regla no podía ser sólo un conjunto de leyes o disposiciones; creía que su orden franciscana no debía estar fundada en un sistema jerárquico de rígidas estructuras. Sin embargo había presiones, tanto externas como internas para constituirse oficialmente mediante un precepto o decreto papal; por ejemplo como la llamada Religiosam vitam, mediante la que el papa, Honorio III había aprobado la Regla de la Orden Dominica, un par de años antes.

Se trataba de reglar al conjunto de órdenes que abrigaban y hasta hoy constituyen a los franciscanos. Y Francisco ya entendía que él y los suyos debían constituirse en una orden oficial de la Iglesia, y también pensaba que sus hábitos habrían de ser los de una comunidad. Pero algo estaba faltando.

Una tarde cuando bajaban del monte y antes de entrar en la ermita que los alojaba en el pueblo, Francisco pidió a fray León y a Fray Bonicio que lo acompañaran dando un rodeo por los campos. Durante la caminata Fray León dijo:

-Francisco, si queremos que sea aprobada esta tercera orden y además las anteriores, debemos atender a los requerimientos que los obispos nos han encomendado en las últimas cartas… pero hay algo en estas amonestaciones que mediante privilegios puede convertirnos en un grupo tan normado como inmóvil.

Fray Bonicio agregó:

-No sólo eso sino que corremos el riesgo de que esta regla y sus preceptos nos conduzcan como si fuésemos una suerte de unidad pétrea, inmodificable, y tú bien sabes Francisco, que entre nosotros hay gentes de todas partes, venidos de tantas fuentes y alturas y honduras…

Francisco replicó:

-Es importante, y debemos recibir las advertencias: ante la encrucijada que tejen lo uno y lo múltiple una institución tomará partido y obrará en favor de lo uno y obra así pues canta lo notorio, no lo que oscuramente viene a quedar a horcajadas sobre nosotros, no esa brutalidad propia de lo múltiple. Así por ejemplo cada uno de los pequeños templos, que hemos estado construyendo nosotros mismos por todas estas comarcas, establecen lo privilegiado de lo uno.

Fray León comprendió que Francisco estaba abriendo una duda, y comentó:

Pero nosotros hemos persistido e insistido en estas formas que crean privilegios y representaciones y se constituyen en un símbolo. Estos símbolos padecen dentro de nuestra sangre una cierta pulsación, la pulsación que va y viene de lo uno a lo múltiple.

Entonces finalmente Francisco les dijo:

Es cierto, pero nosotros hemos logrado partir, vencer las antipartidas y estamos a mitad de nuestro caminar. Y ahora sabemos que el simple persistir no puede constituirse con la única medida de nuestra fidelidad pues de ese modo irremediablemente en la encrucijada entre lo uno y lo múltiple tomaremos partido en favor de lo uno.

Y el problema es que nosotros hemos trabajado y aunque nuestra obra no sea conocida de muchos, pero sí lo es nuestra dedicación. Y esa dedicación nos apega y aceptamos ese apegarse. Conformamos así nuestro trabajo desde dentro en un apegamiento que con el correr del tiempo –en su constancia– se torna fidelidad. Pero escúchenme bien, quien no se apega y por ello en un comienzo sufre porque nadie conoce su dedicación, accede a llevar consigo una suerte de incógnita y entonces su trabajo se acerca más a una perfección real y él es temperado por otra fidelidad. Entonces su persistir no es el persistir en lo único sino que en lo múltiple. Sólo así podremos abrir una orden y luego pueblos y ciudades que tomen partido en favor de lo múltiple. Este partido no en favor de lo uno sino de lo múltiple, a través del desapego, es en el fondo una hermandad entre nosotros y de nosotros con todas las cosas creadas.