Ida donde Larrea

De Casiopea
Larrea portada web.jpg




TítuloIda donde Larrea
Año1977
AutorVarios Autores
Tipo de PublicaciónBitácora, Inédito
EdiciónCiudad Abierta
ColecciónCiudad Abierta
Páginas47
Palabras Clavepoesía, viaje, ciudad abierta, constel
PDFArchivo:CCA 1977 Viaje Larrea.pdf
NotaOriginales a plumilla con tinta china sobre papel diamante. 24,5 x 21 cms.

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IDA donde LARREA

31 de Enero - 6 de Febrero

1977

Amereida

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A principios del año 1973, una noche, durante una cena sobre la arena, al final de un día de phalène en que actos poéticos encargaron obras a ocho nuevos arquitectos, Godo leyó en voz alta toda la poesía de Juan Larrea.

En ese lugar junto a los pinos, señalado por el pintor Enrique Zañartu, se comenzaron a levantar las actuales hospederías de Amereida. Allí, entre muchos otros, trabajó María Pedrina, cuyo proyecto de título fue entonces concebido como una carta arquitectónica que se enviaría a Larrea a Córdoba, Argentina, donde sabía que vivía.

Y este año 1977, una noche, a mediados de Enero, en la hospedería se habla de ya no sólo enviar esa carta sino llevarla, para invitar así al destinatario a venir a ser huésped de la hospedería que su misma voz poética, sin él saberlo, ha cantado.

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una cara de la carpeta la otra de unos 50x50 cms

De ahí en adelante sucede.

Un cálculo de los que van: Tomás Browne; y la puesta a punto y en regla de su Klein Bus comprada un mes antes donde caben ocho, donde es así posible ir un número de ciudad, donde es también económicamente posible 10 US. diarios para el que quiera ir o invitar a ir; donde no es un viaje demasiado largo o demasiado corto. Hasta el último día no se sabe cuántos –quiénes van. Parten seis, Alberto Cruz, Isabel Margarita Reyes, Boris Ivelic, Carlos Covarrubias, Tomás Browne, Ignacio Balcells, llegan siete: más Juan Baixas. Un cálculo de lo que se lleva: Boris Ivelic hace una carpeta, caja de poliester cuyas tapas llevan incrustadas los dos dibujos hechos por Alberto Cruz en esa cena sobre la arena del año 1973, Antonio Vicente hace diez grandes fotografías de las hospederías, del palacio, del cementerio, etc., para que Larrea vea; María Pedrina y Juan Mastrantonio a las fotocopias de las primeras veinte páginas (las escritas) del proyecto de título le dibujan encima unos croquis orlas; Iván Lara pone un libro de Amereida nuevo y una copia del reglamento del cementerio.

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Un cálculo de la despedida: Cecilia Morgado, Paula Mujica, Sonia de Cáraves toman tres poemas de Larrea.

"BRISA LOCA" "EL OLVIDO EN ESTADO SALVAJE" "AUNQUE BAJO EL TEMOR" los transcriben con el abecedario de Vicente Prieto en unos enormes pliegos blancos con los títulos en colores y en la tarde de la partida los cuelgan en el palacio, donde los leen los que se quedan y los que se van. Al partir Iván Lara encamina, con Patricio Cáraves y su mujer, yendo hasta la tumba de Huidobro en Cartagena.

Un cálculo de la ida: Carlos Covarrubias e Ignacio Balcells, invitan a salir donde Larrea por la tumba de Vicente Huidobro en Cartagena, y a partir sin saber de Larrea sino que hace un par de años vivía aún en Córdoba; sin avisarle, dejando la ida así pendiente.

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Letras hechas en moldes de papa.

BRISA LOCA Un esplendor sin velos en el hueco del aire a quién no ama a las gaviotas que desprenden tus buenos modales quemando impaciencias en el corazón del mar deja ondear el ritmo de una veleta altanera por otra parte nada es más digno de ti que el pudor de un párpado humedecido. < Pero tú te equivocas de tristeza y de lámpara soñadora pequeña casa gris tristeza de la lámpara de las abnegaciones en el fondo marítimas por una extraña coincidencia. Camisa gris apenas con toda el alba esencial de una botadura de barco me deslizo camisa hacia el infinito me deslizo camisa con placer>

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31 de Enero

Partimos desde el palacio.

Allí, unos en voz alta otros en silencio, leemos los tres poemas de Larrea que penden entre las columnas.

Es la despedida.

Mastra toma fotos de esa lectura para que las desarrollemos en el viaje y las incluyamos en la carta.

Luego subimos a la Volkswagen Alberto Cruz, Boris Ivelic, Isabel M. Reyes, Carlos Covarrubias, Tomás Browne, Ignacio Balcells.

Son las 6 de la tarde. Queremos llegar a Cartagena a visitar la tumba de Vicente Huidobro con luz, para después ir a alojarnos en Santiago.

El trayecto es silencioso, hablamos poco, hasta que pasado Viña el silencio lo interrumpe la primera lectura de poemas de Larrea dentro de la camioneta.

Al llegar a Cartagena están esperándonos Iván Lara, Patricio Cáraves y Sonia, su mujer. Nos han venido a despedir desde Ritoque, adelantándonos.

Juntos averiguamos del lugar de la tumba; antes de llegar allá volvemos a preguntar pro el camino y quién nos responde es el cuidador mismo; lo llevamos dejándolo en la puerta.

La cuidadora de la casa nos hace entrar y rodear la casa hacia la tumba y a medio camino nos deja seguir solos. Vamos por un sendero en medio de un bosque de eucaliptus no muy tupido, cerro arriba. Subimos en silencio. Termina el bosque y se divisa arriba la tumba: una explanada de 7 x 9 mts rodeado de una reja de 1 mt de alto.

Al llegar, en medio de la explanada hay una gran piedra que dice:

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ABRID LA TUMBA AL FONDO DE ESTA TUMBA SE VE EL MAR

Estamos todos de pie y en frente leyendo. Tomás saca fotografías que también serán para Larrea.

Nacho interrumpe el silencio: "Nosotros, por la libertad que aquí nos trae, somos los que podemos abrir la tumba y ver en el fondo de ella el mar... En nombre de esa libertad nombro aquí a Vicente Huidobro el primer muerto huésped del cementerio de Amereida.

Nos damos vuelta hacia Cartagena y el mar y luego vamos descendiendo hacia la casa donde están los autos. Allí Iván, Cáraves y su mujer nos despiden. Ya en viaje Nacho cuenta lo conversado con Iván, bajando desde la tumba:

"Estar ante esta tumba es como estar ante un monumento; no es un lugar de silencio como cuando se está en un cementerio…"

"Sí esta tumba estuviera en el cementerio de Amereida, llegarían hasta allá quienes en Chile tienen una afinidad poética con nosotros. Afinidad por la poesía de Huidobro y afinidad por ese acto de ir a saludar a un poeta en su tumba…"

"Esta es la primera embajada de la Ciudad Abierta"

Y luego hablamos todos: "Huidobro es un poeta sin patria. Si tuviera patria sería una realidad que su tumba se abriera y al fondo apareciera el mar:

allí, la inscripción es mera literatura"

"Otra seña de ello es la desolación de su tumba"

"Es una tumba sin arquitectura"

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"Para darle patria al poeta hagamos un cenotafio en el Cementerio de Amereida donde tenga cumplimiento lo que dice la lápida. Abrir su tumba será, así, a la vez, abrir el recinto de los huéspedes. Su cenotafio puede ser la primera puerta del recinto de los huéspedes del cementerio de Amereida.

"Ofrezcamos a la familia hacerle arquitectura a la tumba, sin costo para ella. Cenotafio y tumba pueden ser así el uno réplica de la otra y viceversa" "Ya este viaje y lo que hablamos es una tumba de Huidobro –carta que podemos formular y enviar a Iván y Mastra, bitácora que podemos llevar a la manera que en francés un Tombeau (Le Tombeau de Poe –Mallarmé– Tombeau de du Bellay –Deguy, Le Tombeau de Couperin en música, etc.) canta lo ya fijo e invariable de alguien..."

Alberto propone llamar por teléfono en Santiago a uno, a Fabio, para contarle... Para ello decidimos comer juntos, y en Melipilla Carlos llama a la casa de sus padres para que nos esperen con comida.

Llegamos a las once. Comemos juntos. No podemos encontrar el número de Fabio y es demasiado tarde para averiguarlo con otros. Alojamos en casas distintas.

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La disposición de una capilla, por tanto de una instancia, es que la profundidad es levemente mayor que el ancho, un cuadrado modificado.

Martes 1 de Febrero

Hemos alojado: Alberto donde Tomás, Isabel donde parientes, Boris donde un hermano, Nacho donde Carlos.

Salimos de Santiago alrededor de las 9.30 de la mañana. Apenas cruzado el río Mapocho se lee –desde el último asiento– el poema en prosa ATIENZA de Larrea, de una sola tirada.

Llegamos a Los Andes. Allí Tomás hace el trámite de aduana de la camioneta. Nos vamos a la plaza y buscamos un café (café del Hotel Plaza) donde escribirles a Iván Lara y Juan Mastrantonio. Cada uno a su turno le va escribiendo a ambos una misma carta bajo el título de...

Los Andes, 1º de Febrero 1977.

Tumba de Huidobro.

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La tumba fue colocada en lo alto a una distancia acaso al modo de Renacimiento, tratando de permitir una conversación, una reflexión.

La tumba queda –nos decimos– como un instrumento. Queda en un exterior.

En cuanto al silencio que ha de envolver a las tumbas es uno el que ha de traerlo, esta vez.

"Al fondo de esta tumba se ve el mar" en la tumba de Huidobro el fondo no al frente sino atrás. La misma inversión del eje natural, del eje natural, de la quebrada del cementerio en el eje abstracto del cementerio mismo. Pero esta inversión no resulta de un eje único invertido, sino uno doble; tal vez en un esquema en horizontal mar mar en vertical tumba tumba tumba tumba mar mar lo inclinado tiene que ver con el fondo, es decir, se trataría de una tumba inclinada.

Fondo: aquello que podría decirse, aparece como sin límite.

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Lo inclinado tiene que ver con el fondo (es decir se trataría de una tumba inclinada) inclinado de doble manera –por la tumba, por los cuerpos de tal manera que el recinto sea perimetral de más de 4 frentes. Entonces el lugar –entorno– y la tumba aunados en lo inclinado (fondo)

En la dedicatoria que Larrea escribió "a Jimena y Godofredo" de su Versión Celeste dice: ir en el aura de Vicente Aura ...Aura Aura Aura Aura Aura Aura Aura Aura Aura Aura Aura Aura Aura Aura Aura ...

el cuerpo no coincide con su hueco.

(En la carta también se narraba el día anterior)

La ponemos en el correo y partimos hacia Caracoles. Allá pasamos la aduana chilena expeditamente y continuamos montaña arriba hasta el Cristo Redentor, donde cruzamos la frontera a cuatro mil metros de altura. Enseguida comenzamos a bajar al lado lado argentino. Carlos le pide a Tomás que pare. Justo en frente hay un planchón de hielo –nieve eterna en la montaña; montaña abajo, en el fondo de un abismo, se ve Las Cuevas.

Bajamos de la Volkswagen y nos dirigimos en fila india y resbalando por la tierra hacia la mancha de nieve que está a unos cien metros del camino. Llegados a ella, entramos y nos paramos equilibrándonos.

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Nacho anuncia que "en este suelo caído del cielo" Carlos Covarrubias leerá un poema. Pero a Carlos antes de leer se le viene de repente a la memoria la madre de Lucas Molina y el cenotafio que hay de ella en Amereida donde dice "... CAIDA EN LAS CUEVAS" Y así nos la recuerda. Luego, lee de Larrea:

SIN CONFINES

Mis pies están fuera de la noche como el hueso está fuera de la médula infatigables se encuentran por todas partes los miramientos que el error rinde a las maravillas El límite de los sacrificios ha sido alcanzado la frente pone un dique al otoño un cepo inagotable reabsorbe los caminos donde la sombra rarifica cada vez más sus caricias se techa de pizarras el embarazo se abozala el vacío sin dejarle nada al olvido la llama incuba sus azares la lluvia se queda a la puerta rechazada por los suyos Ya no puede uno perderse lo imposible se torna muy paso a paso inevitable.

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Nos devolvemos al auto, y comenzamos la larga bajada hasta el fondo donde está Las Cuevas, la aduana Argentina. Allí esperamos más de tres horas, y pasamos alrededor de las 5 y media de la tarde.

Seguimos lentamente –camino de tierra– hasta Polvareda.

Paramos en Uspallata a comer algo.

Poco antes de llegar a Mendoza, cuando íbamos en silencio y anochecía, Nacho lee los últimos poemas del día. La voz se escucha de manera muy nítida, casi recortada, de túnel en túnel, junto al río Mendoza.

Comenzamos a entrar a Mendoza a eso de las ocho de la tarde, y ya en marcha por la Avenida General San Martín, Juan Baixas salta al medio de la calle haciéndonos señas de que paremos. Sube. Ha llegado recién del aeropuerto. Viene sin equipaje. Ayer estaba en Viña despidiéndonos.

Entre no poder creer la manera de encontrarnos y las preguntas que le hacemos acerca de cómo es que decidió venir a alcanzarnos, vamos todos juntos a buscar un hotel donde alojar.

Damos con el Royal calle Las Heras, uno B: pieza de seis camas. Isabel Margarita en el Palace a media cuadra.

Luego un bar: Alberto un Martini, Boris un Vermouth, Nacho un Whisky. Luego un restaurant (Don Angelo). Boris, super bife, Isabel, Carlos, Alberto, Tomás, Nacho, filete con salsa Rochefort; Juan Baixas sesos a la Romana. Luego una heladería. Luego una cafetería. Conversamos de la llegada de Baixas y de la partida a Córdoba mañana.

Acordamos salir a las 9. Nos han dicho que hay 465 km. y calculamos 7 a 8 hrs. de viaje.

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Miércoles 2

Partimos a las 10.30 de la mañana. Saliendo de la ciudad hacia el Este comienza la lectura de poemas de Larrea de esa mañana, que dura lo que una autopista doble que sale de Mendoza.

El día es espléndido y no hace calor.

Vamos por un interminable camino de viñedos a ambos lados.

Las grandes extensiones sólo pueden admirarse en un solo punto de referencia lejano que es el camino. A los lados hay un corredor que miramos desde la altura inhabitual de la camioneta.

Tomás y Carlos van al asiento de adelante; en el del medio Alberto, Boris, Isabel; atrás Juan que duerme, y Nacho.

Terminan las viñas y comienzan las plantaciones de maíz; luego una zona de arbustos como los del Chaco (Alberto) pero más bajos. Esto es ya San Luis. Nos detenemos en un lugar que se llama Desaguadero, donde el agua aflora por todos lados formando y algunos barriales. El agua de beber es salina, como la del mar.

Alrededor de las tres llegamos a San Luis donde almorzamos. Allí sabemos que aún nos quedan 450 Km y que con suerte llegaremos a Córdoba a las once de la noche.

San Luis está desierta a esa hora, y por eso misteriosa.

Al salir hacia Mercedes entramos a las praderas de la pampa. Enormes extensiones sin la menor elevación.

Hablamos de esa manera de poblar la pampa por pequeños puntos arbolados, distantes unos de otros y sin relación con el camino, lo que parece diferente a la manera de poblar la extensión en Chile, y parecido más bien a la de Ritoque.

Atardeciendo pasamos Río Cuarto por fuera, rodeándolo. A lo lejos se ven los edificios altos que parecen amurallados, por las casas de un piso, techo plano y antena, que los rodean por miles, como en un recinto.

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Entonces, cerrando el día se leen varios poemas de Larrea y entre ellos Espinas Cuando Nieva En el huerto de Fray Luis Suéñame suéñame aprisa estrella de tierra cultivada por mis párpados cógeme por mis asas de sombra alócame de alas de mármol ardiendo estrella estrella entre mis cenizas Poder poder al fin hallar bajo mi sonrisa la estatua de una tarde de sol los gestos a flor de agua los ojos a flor de invierno Tú que en la alcoba del viento estás velando la inocencia de depender de la hermosura volandera que se traiciona en el ardor con que las hojas se vuelven hacia el pecho más débil Tú que asumes luz y abismo al borde de esta carne que cae hasta mis pies como una viveza herida Tú que en selvas de error andas perdida Supón que en mi silencio vive una oscura rosa sin salida y sin lucha

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La detención de la mano que dibuja es opuesta a la detención del ojo que mira, esto es:

la mano que dibuja lo próximo descansa en lo pequeño

la detención del ojo, se da a través de lo pequeño y se detiene en lo exterior.

Entonces lo pequeño es un medio para lo externo y lo pequeño carece de medio.

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Llegan al patio los ruidos crecientes del día de la ciudad. Pero ese ruido no es el signo y el símbolo del alma de la ciudad porque la tal alma es una metáfora.

Para seguir hasta Córdoba, sin saberlo, hemos elegido el camino más largo que es el que va por Alta Gracia rodeando varios embalses grandes como lagos. Son los balnearios de Córdoba en la Sierra.

Entramos a la ciudad a las 11 y media de la noche por una avenida que va por la parte alta. Después de averiguaciones y un cambio de rueda encontramos un hotel antiguo con la entrada justo en la esquina de la Plaza de Armas. Alojamos otra vez los seis en un departamento dividido en dos: Isabel en una pieza cercana.

Comemos alrededor de la una de la mañana en una pizzería. Para llegar a ella atravesamos la plaza arbolada, oscura, desierta y súbitamente iluminada con focos desde el lado hacia el que íbamos: es la Prefectura de la Policía.

Jueves 3 de Febrero

Levantada. Desayuno. Reunión en el altísimo patio de luz embaldosado del hotel. Nos sentamos en Corro en sillones de mimbre blanco. Lectura de poemas a media voz; no hay nadie más que nosotros. Entre otros:

DE UNA VEZ PARA SIEMPRE

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Elige tu más hermosa claridad y tu corazón preferido Es hora de sentarse en medio de la vida Ya no te queda sino este poco de agua que azularon al temblar por ti los que te amaban Tus cabellos son tan débiles que tu cabeza puede apenas sostener la noche Cuando la felicidad se hastía y llora tanto como el atardecer la gota que la colma Cuando el clima es al cielo pensativo lo que un sombrero viejo es a la mano Que tus inclinaciones son a tus brazos lo que la rapidez es a los trenes No siendo ya la luz una lejana ausencia de iniciativas Ni ofreciendo la penumbra las sólidas apariencias de las bestias de carga Dispensa a manos llenas cuanto hay de alma todavía entre tus dos orillas Aprovéchate de tus cabellos para atravesar el otoño Antes de averiguar nada de Larrea, Nacho invita a calcular el resto del viaje. Que éste no termine en cuanto se vea a Larrea, si es que se lo encuentra y se le ve; que la vuelta no sea una vuelta sino la ida que continúa. Invita a cada uno a recordar ese bajo vientre poético del viaje que hasta ahora se ha llevado y a calcular el retorno como una reparación de él, y como un olvido o una suspensión. Personalmente, él invita a que nuevamente se vaya a la tumba de Vicente Huidobro en Cartagena, y se lea la inscripción de la roca desde atrás mirando hacia el mar; que en la Cordillera nos detengamos al pasar en el Cementerio de los Andinistas antes entrevisto y los saludemos; que se vuelva a leer un poema en recuerdo de la madre de Lucas Molina, esta vez con un pie desnudo sobre la misma mancha de hielo-nieve en Las Cuevas. Que los demás digan también qué se ha de hacer al retorno.

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Carlos invita a que leamos poemas de Vicente Huidobro como hasta ahora se ha hecho con Larrea. Es el otro libro que se ha llevado.

Tomás parte al teléfono del hotel, guía en mano. Los Larreas (tres o cuatro de Córdoba) no contestan. Llama a la Universidad; después de mucho le dicen que no conocen a ningún Larrea, que seguramente está equivocado. Vuelve.

No sabemos qué hacer. Salimos a buscar sus libros en las librerías, todos juntos. En tres o cuatro no lo conocen. En la cuarta nos dicen que en otra, la librería Paideia, tienen más libros de poesía. Allá tampoco lo tienen, pero los libreros llaman por teléfono a un amigo de Larrea que ellos creen que sabe de su paradero y teléfono. Se lo piden diciendo que venimos a ver a Larrea desde España (¿?) Todo fluido. Rápido. Milagroso. Volvemos al hotel, número en mano, y llamamos. Casi contesta él. Dice que está de viaje... que vayamos a las tres; son las doce y media. (En la tarde, después de la visita a Carlos y Nacho en otra librería les advierten que Larrea es misterioso, imposible de encontrar). Almorzamos, nos cambiamos de ropa en el hotel y partimos.

En la visita Larrea habla, podría decirse, juvenilmente pero, a la par, madura, mejor, ancianamente, como antiguo miembro de una asamblea de ancianos de la ciudad;

... sin ya los juveniles arrebatos de los "SI" ni los tercos resentimientos de los "NO". Distante pero no desinteresado. Participando pero no formando parte ni menos cerrando filas. A los ochenta y tres años, vivaz.

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Europeo en América. Europeo, de un continente gastadamente viejo en lo nuevo, según él. En el Nuevo Mundo, dice, lo nuevo: el mito de lo nuevo. Mito: conocimiento del pasado, que es lo objetivo. En un momento dado Nacho le dice que a su parecer, sus poemas son más abstractos que los de Huidobro. El consiente. Pero toma lo abstracto como requerimiento de ese paso mayor que ha de dar un Europeo, católico, para establecerse como hombre del nuevo mundo, de América. Mundo que alcanza al fin una teleología. El cree haber dicho cosas importantes acerca de dicha teleología... Para él, lenguaje, palabra, poesía es lo mismo que cultura. En la cultura la poesía se vuelve objetiva: re-examina la historia y saca a luz sus mitos. Así, el hecho de que Colón descubrió América es un hecho reconocido y reconocible por todos. Pero Colón se llamaba "CRISTOFORO = EL QUE LLEVA A CRISTO", y "COLOMBO = PALOMA". Por ello se creía predestinado. Sus cartas al Rey así lo declaran. El descubrimiento del Paraíso Terrenal en el Orinoco. Su nombre. Mito e historia. La historia que no es lo que dicen los libros ni la que nos han enseñado.

Chile es, en una América = Nuevo Mundo, un país con una presencia especialmente cósmica. La angostura de su tierra entre esos dos infinitos cósmicos que son el mar y la cordillera, lo dicen. Quizás por ello tenga buenos poetas en este siglo.

El no sabe por qué –por algo dentro de la cabeza– aún no ha podido escribir sobre Huidobro. Pero lo tiene que hacer: es su deber.

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Huidobro le dio a él, desde el primer instante en España, una importancia desmesurada que él no podía entender. Porque él era uno que andaba en los rincones, a diferencia de Huidobro que estaba siempre allí al centro. Huidobro, más allá de su excesiva preocupación por ser obispo, presidente, Napoleón, Don Juan, o el primero de cualquier cosa; más allá de querer ser no sólo el primero, sino el profeta que se adelanta (lo educaron parece, así, cuando niño), es un poeta que hay que romperle la cáscara para saber quién es realmente. Sus rompimientos con todo y todos nunca alcanzaron a tocar su relación con él, ni con César Vallejo.

Cree Larrea que Huidobro, Vallejo y él, formaron una figura con trascendencia poética, porque estuvieron en un momento en que realmente comenzaba para el castellano un nuevo tiempo poético. Vallejo: el sentimiento; Huidobro: la inteligencia, y él, Larrea, quien echa el uno contra la otra, a luchar. Esto, más allá, se entiende, de otros buenos, quizás mejores poetas que pueden haber.

Esta trascendencia poética apunta a lo desentrañable. Lo desentrañable se da en lo que posee entrañas; una piedra no tiene entraña, no puede ser desentrañada. Una cultura es desentrañable a través de los Mitos. Así, ellos dicen de un fin. Dicen de un fin real y no de uno pretendido que se repita indefinidamente a lo largo de un sin fin de siglos. La vida es universalidad. Universalidad que habla de la presencia de Dios, pero no de uno antropomórfico. Lo cósmico: el cambio total del planeta.

El rompe con su medio natal. Tiene un hermano jesuita y dos hermanas monjas, allá en Bilbao, centro fuerte aún de la Contrarreforma.

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Fuerte en un sentido en que el catolicismo americano es, por comparación, laxo. El vio esto en Vallejo que era nieto, por padre y madre, de sacerdotes. Vallejo es un poeta que hay que leer, conocer, estudiar. Larrea lleva a cabo dicho estudio en la actualidad, poema por poema. Su estudio se va replegando sobre sí mismo, haciéndose más y más hondo. Todos los poemas están cifrados. Hace un par de años le encargaron desde España la edición crítica de las obras de Vallejo: Serán dos gruesos volúmenes. Y ya hace muchos años que edita en Córdoba una revista que se llama Aula Vallejo; edición con vaivenes.

En la Edad Media, la cultura era lo en común, esto es, las creencias. Aquéllas que responden más allá de comer bien, por ejemplo. Hoy hay un modo colectivo de lo en común que es ese de la comida y lo material, modo colectivo de las masas. Y hay también un modo colectivo de lo en común que es el espiritual. Larrea dice reconocernos a nosotros en esa zona de lo espiritual colectivo, para advertirnos de la gravedad de su peligro. Es una experiencia peligrosa pues pide desindividualizarse, despersonalizarse, para acercarse a lo en común de lo nuevo, que es ya el de la Edad Media y sus creencias. Que no es tampoco el marxismo, por cuanto él nada puede responder una vez logrados sus propósitos de alcanzar el modo común material de las masas. Desde este modo colectivo no puede responderse a la pregunta: ¿y ahora qué?

Europa ha terminado su lenguaje colectivo del espíritu. La experiencia del surrealismo lo confirma. Y su propia experiencia. Porque la vida es manifestación de universalidad; frente a ella la vida individual pretende hacer su voluntad.

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Pero la vida universal nos trae y nos lleva mostrándonos también, con su oscura voluntad, la existencia de una destinación individual. Lo nuevo, que es dejar lo ya sido, ha de iluminar tanto lo colectivo espiritual como la destinación individual. Así las creencias en la Edad Media satisfacían a lo colectivo y al individuo.

Nacho le pregunta por la patria en América, a él, un poeta que no cantó en su lengua patria y que vive expatriado, en América. El responde entonces hablando de las cosas que dejó, como si la pregunta por la patria fuera una pregunta por su libertad poética.

El dejó la lengua materna, se fue a Francia, escribió en Francés. Vuelve a escribir en castellano, pero ya en prosa, cuando adviene la República. De Francia se viene al corazón mismo de lo cósmico americano, al centro de la Cordillera de los Andes junto al lago Titicaca. Aquí lo cósmico, dice, comienza en su vida a manifestarse, apunta por doquier, acaecen hechos inexplicables, la historia enseñada hace agua por todas partes. La tarea entonces es alcanzar un lenguaje que nos permita conocer y reconocer lo cósmico, nuevo mientras éste, con su voluntad oscura –que nosotros llamamos vida– nos trata como pelota de foot-ball, de aquí para allá y de allá para acá.

Así él, que siendo archivero y con un futuro próspero asegurado en España lo dejó; que habiendo llegado a juntar "COSMICAMENTE" una valiosísima colección incaica la regaló al gobierno de la República; que se vino a América, al Perú –luego volvió a Europa– luego volvió al Perú, luego se fue a Méjico, luego a Estados Unidos y luego a Córdoba, donde fundó en la Universidad un Instituto del Nuevo Mundo, del que no queda nada, y la revista Aula Vallejo, y donde vive ahora solo con su nieto, "COMO UN NAUFRAGO" habiendo perdido hija y yerno en un accidente de aviación.

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Todo ello más sus estudios históricos, bíblicos, etc., es parte de lo que él llama la poesía de la acción, para diferenciarla de la poesía de poemas, que corresponde, en su decir, a un período muy determinado de grandes y profundas experiencias personales.

En esta visita habla Nacho, y al final Carlos; más dos breves intervenciones de Alberto y de Boris. Se dice algo y se calla mucho para no incurrir en el arribismo de una rapidez, para escucharlo, y posiblemente para que los cuerpos, tomados por la disponibilidad que les pide este viaje, le hablen por sí mismos. Y también porque estamos todos viviendo así, allí, el trance de un puro saludo, incesantemente amenazado por la necesidad de un reconocimiento o de una reciprocidad cualquiera o de algún botín.

Nos vamos después de dos horas. Nos va a dejar y curiosea nuestra partida en la camioneta. Al verla bromea: si tuviera diez años menos partiría con ustedes. Le contestamos que los tiene. Al pasar, curioseamos su escritorio que tiene la pulcritud de un tiempo benedictino que dejan abiertos los cuadernos para retomar la última palabra dejada.

Vueltos al hotel volvemos al patio de luz de la mañana. Nacho propone buscar en librerías las obras de Larrea; tenemos la lista pero no las editoriales. Boris recuerda el poema Atienza, recuerda que en él se nombra a la ciudad de Córdoba como con un nombre de emigración afortunada, e invita a salir a buscar señas en la ciudad de esa emigración del nombre.

Alberto propone que en ocasión de este viaje se dé algo a la ciudad de Córdoba.

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Isabel Margarita, Boris, Juan, Tomás y Alberto salen –primera salida del taller de Córdoba– antes de comida a observar la ciudad.

Dando paso así a la ocasión, y con ello a lo individual de que nos habló Larrea.

A lo individual –persona de Larrea– y a lo objetivo que constituye ciudad. Propone doblar los cementerios de Córdoba. No con una mera explanada sino con algo más complejo a estudiar. Estudio que implica constituir una suerte de taller de Córdoba; taller que podría ser el mismo que haga los trabajos en la tumba de Vicente Huidobro. Y así se podría trabajar con Larrea, escribirle de los adelantos del taller.

Carlos, al fin de la visita le reiteró que quedábamos a la espera de él; que principalmente habíamos venido a invitarlo a ser nuestro huésped en la Ciudad Abierta.

Él, por su nieto, no puede venir este año. Tal vez el próximo. Nosotros quedamos de escribirle mandándole las fotografías de la partida en la tumba de Huidobro que no alcanzamos a desarrollar. Él, si puede, contestará: nos dio a entender que tiene una correspondencia muy grande.

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La plaza: un territorio. Territorio: un campo abierto. Campo abierto de la iglesia. Campo abierto: lo en-frente de la iglesia. Enfrente: el propio frente o fachada de la iglesia. La magnitud vertical de la fachada frente a la magnitud horizontal de la plaza. Magnitudes enfrentadas: lo único o lo notable.

El mirar de abajo a lo alto: una trayectoria que es gesto de lo único, lo único dice notablemente de la magnitud vertical. Ella adquiere dimensión cuando se encuentra con el cielo. El se hace presente en una situación detrás. La que es entregada por: "horizontal" > plaza, "vertical" > campanario.

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Se puede distinguir tres modos de frentes (fachadas)

- modo elemental, que es rasante a flor de tierra / defensa 1 - modo que es hueco o vacío / línea media 2

- modo, se lo comprende: el pájaro volando y su sombra en la tierra: el suelo y el cielo con proporcionales en un plazo (un arquero y la cancha de football) / delantera 3

El hueco o vacío tiene dos modos.

1. Por una pseudo-gráfica del espacio que se puede llamar lo "negro"

2. Por su desborde. Lo negro sitúa, sitúa entre partes semejantes y equidistantes. El desborde sitúa en un primer plano desfigurado, es decir, nuevamente ante "lo único" –aquello de único que tienen las iglesias frente a plazas.

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la relación vertical con el cielo punctual feudal y provinciano. Lo central embargo de España

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Después vamos a comer.

Quizás a lo largo de la comida se extienda un transfondo: Larrea habló varias veces que se debía ser convincente para alcanzar lo objetivo y lo común espiritual. Lo convincente es así, para él, una propiedad poética. El poeta es el convincente, y por ello la convicción ha de extenderse más allá de esa relación objetiva a la manera habitual, en que el factor racional es decisivo. Sólo el poeta es aquél que puede dar voz a una convicción tan general que llegue a ser cultura. La poesía por lo tanto es asunto de muchos, asunto del planeta. Nosotros, junto con otros que no nombró, somos para Larrea, atisbos, señas de lo cósmico –común– nuevo que comienza a manifestarse por todas partes. Somos, con respecto a lo que vendrá, un pequeño grupo, aún muy pocos.

Pero –hablamos– quizás hay otra dimensión que se contrapone a esa de ser pocos y que nos pueda caracterizar poéticamente en el sentido de cultura y de objetividad histórica que le da Larrea a esa palabra. Allá, en casa de Larrea, hemos estado siete personas cuyas edades van desde los veintidós de Tomás Browne a los sesenta de Alberto Cruz, todos como representantes de muchos otros, de un mismo lugar, de una misma visión poética, y de una misma vida. Ese rango amplísimo de edades presentes transparenta su ligazón… aún cuando nosotros mismos no reparemos en lo que nuestros cuerpos vienen así a decir. Y aún cuando, con ese apetito por desplegar el abanico entero de sus plumas que hace de un pavo un pavo-real, hayamos lamentado más de una vez el salto de edad entre Boris y Alberto, hueco que otro, yendo, podría haber… ¿transparentado?

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Viernes 4 de Febrero

Día de travesía. Alrededor de 700 km de camino entre Córdoba y Mendoza.

Venciendo sueños, hotel, desayunos, partimos a las nueve y media de la mañana de Córdoba.

La salida tiene pocos intermedios, con unos tramos de grandes carreteras en construcción, algunas industrias y el campo, aquí próximo a Las Sierras. Los cultivos son extensos y las pocas casas que se ven también aparecen con pocos intermedios entre ella y los cultivos, a los más algunos árboles y algún molino.

Comienza el día con la primera lectura de poemas de Huidobro en los aledaños de Córdoba:

Exprés Una corona yo me haría De todas las ciudades recorridas Londres Madrid París Roma Nápoles Zurich Silben en los llanos locomotoras cubiertas de algas AQUI NADIE HA ENCONTRADO De todos los ríos navegados Yo me haría un collar

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El Amazonas El Sena El Támesis El Rhin Cien embarcaciones sabias Que han plegado las alas Y mi canción de marinero huérfano Diciendo adiós a las playas Aspirar el aroma del Monte Rosa Trenzar las canas errantes del Monte Blanco Y sobre el Zenit del Monte Cenis Encender en el sol muriente El último cigarro Un silbido horada el aire No es un juego de agua ADELANTE Apeninos gibasos Marchan hacia el desierto Las estrellas del oasis Nos darán miel de sus dátiles

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En la montaña El viento hace crujir las jarcias Y todos los montes dominados Los volcanes bien cargados Levarán el ancla ALLÁ ME ES PERARÁN Buen viaje HASTA MAÑANA Un poco lejos Termina la Tierra Pasan los ríos bajo las barcas La vida ha de pasar

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Luego se leen varios otros. Una vez más pasamos Río Cuarto sin entrar. Se ve a lo lejos la ciudad de edificios nuevos con su cinta brillante de antenas de televisión. Tampoco entramos en San Luis, que parece una ciudad más alejada de lo que dice la palabra progreso.

La solitaria perfección de los cultivos a lo largo de cientos de kilómetros entre Córdoba y San Luis es lo que más nos llama la atención: casi no hay poblados o casas entre las ciudades.

Además, no hay nadie.

Al irnos alejando de las Sierras y adentrándonos en la Pampa de horizontes rectas la extensión cultivada va cambiándose en extensión natural. Allí la vista y el sentido del tiempo nos dicen de una extensión que sorprende aún más al mirar el mapa. La llegada a Mendoza es larga y gradual, llena de preámbulos.

Recorrido: Córdoba - Despeñaderos - San Agustín - Alma Fuerte - Holmberg - Sampacho - Villa Mercedes - Fraga - San Luis - La Paz - San Martín - Mendoza. Hay una detención principal cerca de La Paz, en la que recordando la condición de náufrago que se dio a sí mismo y que nos dio a nosotros (por vivir frente al mar) Larrea, Nacho nos invita a bajarnos de la camioneta, caminar –una cuadra o más– hasta la alambrada que separa la carretera de la Pampa, y mirar, cómo desde una orilla, esa imagen presente del mar interior americano que cantó Amereida. Allí, frente a los lejanos relámpagos de una tormenta que no nos alcanza, hablamos esto:

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Nacho pregunta ¿Cuál es la ida sin vuelta? a Alberto Cruz que responde: La libertad sin opción ¿Cuál es la ida sin opción? a Boris Ivelic que responde: La opción del Pacífico ¿Cuál es la vuelta al Pacífico? a Tomás Browne que responde: El origen ¿Cuál es el origen de la ida? a Isabel Margarita Reyes que responde: El nosotros ¿Cuál es la vuelta del nosotros? a Juan Baixas que responde: La búsqueda a Carlos Covarrubias, ya por última vez, uniendo la primera respuesta con la última pregunta: ¿Cuál es la libertad de la búsqueda? él que responde: seguir siempre con los pies en la arena Allí, junto a la alambrada, el suelo era de arena pura, todos la estábamos pisando.

El Angelus, una vez más, los poemas de Huidobro en voz alta, dentro de la camioneta.

Llegamos a Mendoza alrededor de las ocho y media. Ubicamos hoteles, los hombres el mismo, Isabel otro. Comemos algo. Vamos al cine donde dormimos una pésima película. Volvemos al hotel unos en auto, otros a pie. Ya hemos decidido partir mañana sábado al mediodía, hacer compras –regalos y encargos– en la mañana (estamos en el extranjero), llegar a alojar a Santiago, para volver el Domingo a Amereida por Cartagena.

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Se va mirando lo que se identifica al pasar nuestro. Lo que se identifica es de tamaño mediano. Identificación para ser dibujada. Fijada. Desde lo mediano se avanza a lo grande o lo chico, mayor y menor.

El dibujo se fija con el entorno. El que entrega, así, lo anónimo. Lo anónimo de este viaje. Ante los anónimos: los poemas dichos.

La pregunta: ¿la individualización de la tumba o la fosa común en América?

Huidobro: La tumba alcanza su máximo. Crea su propio cementerio.

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El epitafio de Huidobro.

"Al fondo se ve el mar". Ver el fondo no únicamente en línea recta. Como vi lo recto connaturalmente, él sólo llevase, hiciese. La profundidad. Lo curvo también ha de poder hacer lo profundo. El espiral ha de poder desenvolver la profundidad.

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Un cementerio alcanza la magnitud de un jardín o de "los jardines" públicos en esta época en que jardines luchan contra "playas" de estacionamiento. Un cementerio de pueblo que busca un pequeño montículo que permita la vertical de su primera tumba. Pues seguramente en los pequeños cementerios ha de haber una tumba primera.

Junto al camino una "animita" que parece haber echado hijos, más un arco en el frente de su terreno. ¿arco de triunfo? acaso porque da al camino. Cuando el camino se torna más urbanizado, otro cementerio eleva negros perfilados cipreses ante su entrada. ¿Sala hipóstila? ¿No tanto por el clima, cuanto por una forma heráldica?

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Los árboles. En las arboledas de las casas sin intermediarios, de la pampa; y de los caminos avenidas.

Es posible que el clima haya instalado sangre adentro la pulcritud con que se los cultiva. árboles sin cuenta. Incontables. Casi no como las casas que ya tienen su habitante. Ni menos como la ciudad que se alza en su sacar las cuentas.

La tumba, como la que más ha de sacar sus cuentas (aún cuando no repercuten los evangelarios de los antiguos islandeses para nosotros).

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Sábado 5 de Febrero

A mediodía en las afueras de Mendoza, retomando, Carlos y Nacho leen fragmentos de ALTAZOR. Es la más larga de todas las lecturas… dura casi hasta llegar a Uspallata.

Se trata de pasar Las Cuevas (aduana argentina) antes de las 5 y media de la tarde, hora en que nos han dicho cierran.

El viaje así es rápido hasta detenernos en el Cementerio de los Andinistas. Hay allí algunas personas sobre la pirca que lo rodea, que parecen estar esperando a que los vengan a buscar. Nos bajamos en silencio. Entramos en silencio. El cementerio es una roca notoria en el valle de la plena cordillera. Rodeamos la roca leyendo uno a uno, en silencio, los nombres, las fechas. Quedamos detrás de la roca, la gente ni se oye ni se ve.

Nacho invita: Que cada uno recoja una piedra. Estas piedras son las flores de estos muertos. Con ellas haremos un ramo para llevar a la tumba del poeta. Nos agachamos, cada uno recoge una piedrecita. Damos la vuelta a la roca, salimos en silencio y partimos.

Más allá, de repente Nacho pregunta: ¿Dónde está la tumba de los muertos con que acabamos de estar?

Uno a uno vamos cantando:

En donde falta el aliento / En el límite, en este arco de montañas, en sus raras flores / Al fondo de un cráter / Donde las incontables cosas anónimas se vuelven ahí nónimas / Entre las piedras y en la memoria / Desde que recogimos las piedras, están en el fondo / En lo no asible, en lo resbaladizo.

Cruzamos la frontera y comenzamos a ascender. En la altura, en la última curva antes de llegar al Cristo Redentor y entrar a Chile, nos detenemos y caminamos por la ladera hasta llegar a la misma mancha de hielo nieve, que reconocemos porque no hay otra.

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Entramos a ella y con un pie descalzo y apoyado en esa blancura, oímos todos en memoria de la madre de Lucas Molina, que allí murió y tiene un cenotafio en Amereida, el poema

OSRAM

un poema ártico de Vicente Huidobro Dame tus collares encendidos bajo el azul simétrico En el árbol inverso donde nacen las lluvias un ruiseñor en su cojín de plumas tanto batió las alas que dasató la nieve y los pinos blancos allá sobre los lagos eran mástiles reflorecidos jarcias bajo la bruma jarcias entre la espuma En las olas gastadas cuerdas de arpas naufragadas Alumbra el faro boreal mira las islas que danzan sobre el mar nunca fuiste tan bella al borde del camino arrojas una estrella Vamos Mi clarín llamando hacia los mares árticos y tu pupila abierta para todos los náufragos

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Y entonces Carlos Covarrubias saca una hoja y lee:

estas enrarecidas flores estas palabras cuidadas esta amplitud con que ocupamos la vida este temblor de los pies –sus cumbres y suelo caben Cabe tu soledad de náufrago Juan Larrea cabe tu tumba sola Vicente Huidobro

Cruzamos aduana y cordillera hacia Santiago.

Durante todo el viaje hemos ido cambiándonos de asiento. Las conversaciones, por el ruido del viento en el interior de la Volkswagen no pueden ser siempre para todos. Algunos recuentan el encuentro con Larrea. Dice Isabel Margarita: ¿no es para nosotros en la Ciudad Abierta, en Amereida, la viva voz del poeta lo mismo que Larrea llamó en su propia vida una VOLUNTAD OSCURA que lo llevaba de aquí para allá? ¿No es nuestra diferencia con él que lo que entre nosotros está dicho y es palabra, para él es algo oscuro que hay que desentrañar?

Al atardecer, luego de haber bajado la cuesta de Chacabuco se leen los poemas de esa tarde, Carlos adelante y Nacho atrás.

En Santiago vamos y comemos todos juntos en la casa de Tomás Browne. No hay nadie, la comida la hace él. Todos están demasiado cansados u olvidan lo que Carlos había pedido en el camino: pintar las piedras que llevamos a la tumba de Huidobro.

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Domingo 6 de Febrero

Es el calculado último día: hoy volvemos al lugar de Amereida.

Alberto, Tomás, Isabel, desde la casa de la madre de Tomás pasan a buscar a las nueve, primero a Carlos y Nacho a la casa de los padres de Carlos; luego a Juan y Boris a la casa de la madre de Juan. Y por Diez de Julio fuera de Santiago hacia Cartagena, tras parchar una rueda.

En las afueras comienza la jornada con poemas de VER Y PALPAR. Entre ellos

AH LOS LADRONES LOS OSCUROS LADRONES Ah los ladrones los oscuros ladrones En el acuario de los ojos Donde ella duerme sin el menor presentimiento Las emisiones llegan al coral de su corazón Se despierta y va a llorar Yo coloco en mi oreja el dulce caracol Para oír los gritos de los náufragos antiguos Tan cruelmente amarrados.

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El iceberg sereno como un emperador
Sigue su destino
Obedece ciegamente a las líneas de su mano

Os lo advertí hasta el cansancio
Cuando se viaja en busca de la niña América
Se juega a los náufragos y se atrae al abismo

Pero no tengan miedo
Pronto uno se acostumbra y hasta se siente cierta ebriedad
Y se pasa el tiempo
Mostrando sus dientes de leche a las perlas del juicio
Que preparan el Juicio Final

Luego el largo silencio. Silencio que interrumpen conversaciones iniciadas así: "Se acuerda alguien qué palabra decía Larrea para expresar su emoción ante nuestra visita, y que tanto repetía?", "Me parece que atónito…" "Sí, pero otra vez dijo que estaba muy impresionado". "Pero lo decía más bien como quien recuerda, como quien vive algo". "Tenía una cara, vivaz y alegre, para hablar y otra, seria, casi demudada, para escuchar…"

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Llegamos a Cartagena. Subimos y bajamos, subimos y bajamos hasta llegar a la casa blanca en el bosquecillo de Eucaliptus. No hay nadie. Entramos a pie y rodeamos la casa: aparece la cuidadora que nos reconoce, perpleja, y a la que saludamos al pasar. Subimos hasta la tumba y sin detenernos esta vez frente a frente damos la vuelta y quedamos detrás de la gran piedra vacía, mirando hacia la planicie que baja. Cartagena más abajo, y abajo, al fondo, el mar. Nacho dice: "Al fondo de esta tumba se ve el mar. Que cada cual ponga en ella la piedra que trae y diga la flor que es". Cada uno va tirando al pie de la gran piedra de la tumba la piedrecita recogida en el Cementerio de los Andinistas en la Cordillera y diciendo:

Esta es la flor del aliento
Esta es la flor de la nominación
Esta es la flor del fondo
Esta es la flor de la verticalidad en el horizonte
Esta es la flor de los otros
Esta es la flor de los peces petrificados

(Seis y no siete porque Juan Baixas la había perdido)

Luego bajamos lentamente el cerro y partimos en silencio hacia Viña del Mar.

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A poco andar Carlos dice: Invito a los que están aquí a que entre este lugar y la llegada elijan cada uno a uno de los nuestros como aquel a quien más íntimamente han de hacer participar de esta embajada, de lo que ella nos invita a hacer y vivir…

Alberto dice entonces que él ha pensado que esta bitácora o diario se publique (para nosotros, cincuenta ejemplares) ahora al empezar el año. Luego, espaciadamente, cada uno va diciendo a quien escoge según la invitación de Carlos: Carlos a Fabio, Tomás a Pino, Juan a Manuel, Nacho a Mastra, Alberto a Juan Purcell, Boris a Iván.

Antes de llegar a Algarrobo, Isabel nota que por segunda vez vamos pasando frente a un cartel que dice "campamento Ciudad Abierta Cardenal Caro". Nacho invita a que se le considere un signo, una advertencia y una invitación a no usar ya más, para lo que hacemos y vivimos, otro nombre que el de Amereida; cosa, la más difícil. Porque el nombre de Amereida es un nombre que hay que desentrañar (uno que vela otra vez, dice Carlos), y en cambio los otros nombres que usamos Ciudad Abierta, Ritoque o nos llevan a incluir y excluir o rodean y equivocan sin nombrar.

Entre Casablanca y Viña del Mar, un Angelus adelantando (son las dos de la tarde) es la última lectura de poemas de Huidobro a dos voces.

Llegado a Viña se baja Isabel Margarita, en Reñaca. Alberto en Concón. Juan Baixas, en Punta de Piedra, Carlos, Tomás, Boris, Nacho.

Todos en Amereida.

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