Ensayo sobre el período Barroco

De Casiopea



TítuloEl arte barroco como primera manifestación del arte total
AsignaturaPresentación 4.5 ARQ 2013
CarrerasArquitectura
Alumno(s)Felipe De La Sotta

PREÁMBULO

En esta investigación se plantea como hipótesis que durante el período histórico-cultural conocido como Barroco se manifestó por primera vez, de la mano de uno de los más grandes exponentes del período, Gian Lorenzo Bernini, la idea del arte total, entendiéndose ésta como la confección escenográfica de un acto, y que sería propuesta teóricamente más de doscientos años después por el compositor Richard Wagner, durante el período conocido como Romanticismo.

Esta investigación se dividirá en tres partes. En una primera, se estudiarán las obras de Gian Lorenzo Bernini en el contexto del período Barroco; En la segunda se les relacionará con el concepto de arte total definido por Richard Wagner a partir de diferentes obras: De Bernini, el Éxtasis de Santa Teresa y la plaza de San Pedro, y de Wagner, el Teatro del Festival de Bayreuth. En la tercera parte y final se llegará a las conclusiones.

PRIMERA PARTE: EL PERÍODO BARROCO

CONTEXTO HISTÓRICO

Durante la primera mitad del siglo XVI, la Iglesia católica romana se halla en crisis; Un movimiento, llevado a cabo por diversos grupos al interior de la institución, pone en entredicho sus costumbres, rechaza la devoción a los santos, y, entre otras cosas, afirma que las Sagradas Escrituras deben ser la única fuente de doctrina, cuestionando así la autoridad del Papa en materias religiosas fundamentales. Estos puntos, expresados en una reforma, generarían una división interna de la Iglesia, y estos grupos serían conocidos por el nombre de protestantes. Comenzaría entonces una serie de guerras religiosas en Europa occidental, en donde no sólo se utilizaría la fuerza de las armas para obtener la victoria, sino también la de las artes.

UNA IGLESIA CATÓLICA REFORMADA

Como una de varias las formas de resistir a los embates críticos del protestantismo, la Iglesia católica esgrimió el arte como un arma de persuasión para recuperar la legitimidad de su hegemonía religiosa sobre el continente europeo. Luego de la contrarreforma llevada a cabo tras el concilio de Trento -convocado para reformarse y detener el avance de la doctrina protestante- los papas se convirtieron en mecenas del arte, e impulsaron, a través de sus artistas, una nueva forma de comunicarse con sus devotos: La expresión formal del barroco no apuntaría solamente al público ilustrado, sino al total de la población. Se necesitarían nuevos métodos para promulgar la fe católica, y una de las maneras de lograr esto fue promoviendo el culto a los santos, especialmente a los místicos católicos.

LA MÍSTICA COMO INSTRUMENTO DE EMPATIZACIÓN SOCIAL

Señala Janeth Rodríguez-Nóbrega, en su artículo Teología mística hispana y el arte barroco que

"El término místico viene de la expresión griega mystos, acepción que se utiliza para definir aquello que se mantiene secreto u oculto. Fue el filósofo griego Platón (428-348 a.C.) quien comenzó a utilizar el término para describir el conocimiento de la divinidad que el hombre puede alcanzar. Este es un conocimiento misterioso, que no se puede expresar racionalmente, sino que se sugiere intuitivamente por medio de imágenes y símbolos. (…) Además, este conocimiento no proviene de la actividad voluntaria, sino que es fruto de una gracia especial. "

Sin embargo, como se afirma en el mismo trabajo,

"(…) la Iglesia Católica nunca vio con muy buenos ojos la vida mística, por su carácter estrictamente individual, que establece una relación entre Dios y el alma sin la participación de intermediarios y, por ello menoscaba la importancia de la Iglesia como institución mediadora entre la divinidad y el hombre. En menor medida la ha admitido cuando se intenta masificar (…)"

Y justamente, esa era la situación de la Iglesia tras el protestantismo: Debía recuperar el terreno perdido. En esta guerra propagandística, la Iglesia cambiaría su forma de ver la vida mística y abrazaría los motivos sobrenaturales como instrumento de empatización, pues ellos gozaban de amplia popularidad entre la gente común:

“A pesar de los esfuerzos de la Iglesia, la sociedad europea estaba empapada de santos milagrosos y relatos de singulares experiencias sobrenaturales. La proliferación de fiestas, peregrinaciones, textos hagiográficos, imágenes, y la veneración supersticiosa de las reliquias transformaron el culto a los santos en un serio rival del culto a Cristo. El tráfico y la venta de reliquias, que adquirieron proporciones descomunales, se convirtieron en una de las tantas razones alegadas por los protestantes para iniciar una reforma a partir de 1517. El Concilio de Trento (1545-1563) no modificó en gran medida el culto a los santos: simplemente confirmó su invocación y la veneración de sus reliquias como una práctica católica.”

Así fue que dichos santos católicos fueron conformando una nueva iconografía, exclusiva de la Iglesia católica.

“A partir de la Contrarreforma, el misticismo y sus experiencias sobrenaturales gozan de mayor prestigio entre las autoridades eclesiásticas, no porque se consideren como una prueba de santidad, o porque se vea con buenos ojos el desarrollo de una espiritualidad más afectiva, sino porque se han reconocido como un arma excelente para atacar a los reformistas protestantes, que no podían comunicarse con Dios como los místicos católicos, ni realizar milagros. Son percibidos como los nuevos héroes de la cristiandad porque demuestran con sus experiencias sobrenaturales que Dios se encuentra en el bando católico.”

La mística de los santos católicos, entonces, se convertiría en un tema clave del arte durante el período posterior a la contrarreforma, y sus experiencias, ejemplares, como forma de incentivar la devoción.

LA IMAGEN COMO DETONANTE DE REFLEXIÓN

Dentro de las experiencias místicas que serían utilizadas, veamos aquellas narradas elocuentemente por Teresa de Ávila (1515-1582) canonizada en 1622, y conocida desde entonces como Teresa de Jesús: Religiosa, doctora de la Iglesia Católica, mística y escritora española, fundadora de las carmelitas descalzas. En su Libro de la Vida, relata la reflexión que se produce en su interior al contemplar, en cierta ocasión, una imagen de Cristo

"Acaecióme que, entrando un día en el oratorio vi una imagen que habían traído a guardar, que se había buscado para cierta fiesta que se hacía en casa. Era de Cristo muy llagado y tan devota que, en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía: arrojéme cabe él con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle." (Santa Teresa de Jesús, El Libro de la Vida, Cap.IX,1)

Tal vez fuese que la Iglesia reconoció, en relatos de este tipo, la posibilidad de incentivar la reflexión en los fieles católicos a través de la contemplación de una imagen, y su latente posibilidad de ser usada como vehículo de meditación, ya que como le ocurrió a Santa Teresa en el texto anterior, la contemplación de una imagen bajo una circunstancia la condujo hacia a una reflexión meditativa sobre el sentido de un hecho religioso.

En relación a la utilización de la imagen como manera de enfocar una meditación, también tenemos el caso de San Ignacio de Loyola (1491-1556), fundador de la Compañía de Jesús, que en su Ejercicios espirituales, aprobados por el papa Paulo III en 1548, señala la técnica de la composición de lugar:

“imaginar alguna figura corporal, o imagen de lo que ha de meditar, haziendose presentes las personas, lugar, y demás circunstancias, según la materia de la meditación.”

Por ejemplo, cuando la materia de la meditación es el Infierno, recomienda imaginar

“un grande, y profundo pozo lleno de azufre y fuego, en donde las almas están sumidas.”

También Teresa de Jesús escribió prolíficamente. En este poema se puede apreciar la afectividad entre devoto y divinidad:


Ya toda me entregué y dí, y de tal suerte he trocado, que mi Amado es para mí y yo soy para mi Amado.

Cuando el dulce Cazador me tiró y dejó herida, en los brazos del amor mi alma quedó rendida; y, cobrando nueva vida, de tal manera he trocado, que mi Amado es para mí y yo soy para mi Amado.

Hirióme con una flecha enherbolada de amor, y mi alma quedó hecha una con su Criador; Ya yo no quiero otro amor, pues a mi Dios me he entregado, y mi Amado es para mí y yo soy para mi Amado.


Este poema describe el amor hacia Jesús de una manera que guarda semejanzas con el amor romántico entre un hombre y una mujer, dado cierto sentimentalismo Y esto corresponde a una de las características que definirán al barroco: El acercamiento de la experiencia divina con la experiencia personal. Si el Renacimiento fue una época de armonías, de lo apolíneo (Apolo es el dios del Sol, la claridad, la música y la poesía) el Barroco sería Dionísico (El dios del vino, el éxtasis y la intoxicación), una apelación a lo humano, a lo sensual. Más que un época de razonamiento, sería una época de apoteosis, de experiencias sensoriales.

Pero no sería a través de la literatura con que la Iglesia alcanzó la cúspide de la expresión mística, sino gracias al trabajo de un escultor y arquitecto, quien además se dedicó a la pintura, a la escritura de obras de teatro y al diseño escenográfico. Gian Lorenzo Bernini (1598-1680) expresaría, a través de la escultura, la elocuencia mística de Santa Teresa en una de sus más reconocidas obras: El éxtasis de Santa Teresa.

ÉXTASIS DENTRO DE UNA IGLESIA: LA EXPERIENCIA MÍSTICA EXPRESADA POR BERNINI

Si bien Gian Lorenzo Bernini gozó del favor de siete papas, hubo un período dentro de su carrera donde perdió parcial y temporalmente los beneficios de tal mecenazgo, como ocurrió con el papa Inocencio X. Fue entonces que el cardenal Federico Cornaro le encargó el diseño de una capilla en la Iglesia de Santa María de la Victoria, donde sería enterrado, y que pertenecía a la orden de las carmelitas, orden fundada por Santa Teresa, quien había sido recientemente canonizada. Como figura protagónica del diseño, Bernini esculpió un episodio místico de la vida de la Santa, descrito por ella misma: El éxtasis de Santa Teresa.

"Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces, y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. El dolor era tan fuerte que me hacia lanzar gemidos, mas esta pena excesiva estaba tan sobrepasada por la dulzura que no deseaba que terminara. El alma no se contenta ahora con nada menos que con Dios. El dolor no es corporal sino espiritual, aunque el cuerpo tiene su parte en él. Es un intercambio amoroso tan dulce el que ahora tiene lugar entre el alma y Dios, que le pido a Dios en su bondad que haga experimentarlo a cualquiera que pueda pensar que miento... "