El ritmo constante e irrumpido de la sinuosidad

De Casiopea



TítuloEl ritmo constante e irrumpido de la sinuosidad
Palabras Claveensayo, ritmo, celosía
AsignaturaTaller del Habitar 2016
Del CursoTaller del Habitar 2016
CarrerasDiseño Industrial
Alumno(s)Doyma Henríquez Atlagić
ProfesorMarcelo Araya, Carlos Chávez

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Ritmo, del griego rhythmós, podemos definirlo como 1. cualquier movimiento regular y recurrente, 2. simetría; es decir, un flujo de movimiento, controlado o medido, sonoro o visual, generalmente producido por una ordenación de elementos diferentes del medio que los contiene. Es una forma de sucederse y alternar una serie de cosas que se repiten periódicamente en un determinado intervalo de tiempo. En lingüística, Octavio Paz hace referencia a esto y nos dice que el vocablo nunca se da aislado; que el idioma es una totalidad indivisible y que una palabra aislada es incapaz de construir una unidad significativa.

Valparaíso, nuestro idioma, está conformado por estas palabras que resulta ser todo lo que lo convierte en idioma, lo que nos preguntamos como esencia propia de él; lo que vale contar como estos elementos o espacios que son indivisibles e incoherentes si es que se llegase a separar de su contexto. Un vivo ejemplo de esto es la manera en cómo se interpreta la urbanización en la pendiente de Valparaíso. Ambos elementos poseen una relación simbiótica, en la que forman más elementos a partir de ella, como la manera de habitar esta pendiente. Así emergen sucesivamente un montón de nuevas palabras que dan con este idioma. Una palabra, y una frase nos lleva a otra(s), tomando un papel de unidades discretas.

Dice Martinet, sobre la unidad discreta en el contexto poético:

Las unidades discretas son, pues, aquellas cuyo valor lingüístico no resulta afectado en nada por variaciones de detalle determinadas por el contexto o por circunstancias diversas


«Pero en la poesía sucede que las unidades discretas son tales porque confirman sus distingos con las demás impidiendo que se las confunda, con el agregado que implican fijación de contexto y circunstancia. La unidad discreta en el poema existe como tal, pero cada una trae consigo determinaciones contextuales que impiden cualesquier variaciones de posición. El propio Martinet subraya con agudeza que la lengua económicamente ideal sería aquella en la que cada una de las palabras, cada uno de los fonemas pudieran entrar en combinación con todos los demás, produciendo cada vez un mensaje» (G. Iommi, elogio a la unidad discreta)

Podemos desambiguar el ritmo en el campo de la composición visual, en el que se habla de que éste se encuentra cuando existe una ordenación determinada en sus líneas de movimiento o una repetición armónica de una línea, una forma, un color o incluso en un foco lumínico. En las artes visuales, los objetos o figuras pueden yuxtaponerse para producir una composición rítmica. Entonces, nos encontramos con que estos objetos toman una forma para dar con un sentido. Paz nos dice que sentimos que el ritmo es un ir hacia algo, aunque no sepamos qué pueda ser ese algo. Todo ritmo es sentido de algo. Así pues, el ritmo no es exclusivamente una medida vacía de contenido sino una dirección, un sentido.



Godofredo Iommi, en cuanto al sentido nos plantea lo siguiente:

La pregunta por el sentido debe situarse a partir del hecho mismo que la combinación e invención de unidades discretas, cuyo objetivo es perfilar un mensaje, se cumplen, precisamente, con unidades discretas y no de otro modo. ¿Qué sentido tiene que ello ocurra así? ¿No envuelve esta pregunta –a su vez– la pregunta misma por el sentido de la lengua como tal?


Y, uno se ve preguntándose a sí sismo a modo de reflexión, ¿cuál es el sentido de estas palabras? Estas frases y este idioma que crean, ¿es este Valparaíso? Buscando ver el sentido de qué lo diferencia de sí mismo, o de Viña del mar, por ejemplo. Buscamos lo propio de él, donde se encuentran las pendientes y lo habitado, los recovecos y lo no habitado, el océano como un gran punto de atención colectiva, etc. Dar con este genius loci.

Genius loci es un concepto romano. De acuerdo a las creencias romanas antiguas, cada ser independiente tiene su genius, su espíritu guardián. Este espíritu da vida a la gente y a los lugares, los acompaña desde el nacimiento hasta la muerte y determina su carácter o esencia. En 1960, Lawrence Durrell escribió:

Tú tienes que conocer a Europa lentamente, degustando sus vinos, sus quesos, y el carácter de los diferentes países, de esta forma te das cuenta que la determinante fundamental de una cultura, es después de todo, el espíritu del lugar.


Si bien en un lugar a escala como Valparaíso abundan, nos centraremos en una más pequeña, sólo a profundizar en el Cerro Concepción.

Al caminar el circuito Paseo Gervasoni – Templeman – Papudo, se reflexiona en primer lugar sobre lo que puede mostrarnos el reflejo de la imagen deformada por una especie de espejo esférico, tal como el autorretrato en esfera reflectante de Escher. Este ejercicio nos daba otra visión de la realidad, brindándonos tal vez no nuevas formas geométricas a través de ella, sino las mismas pero con cierto énfasis. La acción de ir y venir con la esfera y tener la libertad de posicionarla, develó una vista poco usual para el lugar. En la altura de la pendiente, el objetivo tiende a ser lo lejano, este horizonte común que hace de Valparaíso un Puerto. Por lo tanto, visualmente es poco es lo que se privilegia lo propio del cerro; no se le da una mayor importancia a lo que está “ahí” que lo que está “allá”, por lo mismo es que constantemente estamos interviniendo este lugar. El océano pareciera ser siempre el ideal principal, y esto es lo que genera espacios, es en el fondo una especie de genius loci.

Lo que la esfera me devela resulta ser, en palabras concretas, el tendido eléctrico del lugar. Pero va más allá de unos cables pendiendo de un lugar a otro: el objeto tiene un ritmo, y como todo ritmo, tiene también sus elementos.

A medida que recorremos el circuito, notamos en este objeto una sinuosidad cuya dimensión coexiste con el espacio en el cual se transita. El antinodo que forma el objeto que pende, atraviesa la calle en su extensión, y es su amplitud la que varía con la altura del recorrido. Llegando al plan, las calles amplían su extensión y con ello la extensión de la sinuosidad pendiente y su antinodo. Habiéndonos fijado en esto y reflexionando el contraste, damos con un ritmo constante e irrumpido, en el cual es el mismo objeto el que lo irrumpe. En lo visual, se destaca este acrecentamiento de lo sinuoso en lo plano, y el énfasis debido a la acentuación de la primera develación del objeto.


Por último, Iommi escribió:

La continuidad, pues, supone la articulación compleja de unidades discretas. O bien, la lengua puede con el supuesto de la continuidad tender, moverse, articularse a fin de exponer, poner de manifiesto la discreción misma, y entonces su sentido sería, ya no la continuidad, sino lo discreto mismo.

Por cierto, la continuidad no se alcanza por la mera voluntad de conjugación de tales o cuales unidades discretas y reglas ordenadas para fines semánticos.