El Arte que ya no existe

De Casiopea




TítuloEl Arte que ya no existe
Año2014
AutorJaime Reyes
Tipo de PublicaciónEnsayo
ColecciónPoética
CiudadValparaíso
Palabras Clavearte, hobsbawm, diseño, arquitectura
LíneaFormación y Oficio
Carreras RelacionadasArquitectura, Diseño Gráfico, Diseño Industrial, Náutico y Marítimo, Ciudad y Territorio, Formación y Oficio,
«Doctorado en A&D» no se encuentra en la lista (Arquitectura, Diseño, Diseño Gráfico, Diseño Industrial, Náutico y Marítimo, Ciudad y Territorio, Formación y Oficio, Interacción y Servicios, Otra, Magíster) de valores permitidos de la propiedad «Carreras Relacionadas».

Lectura aplicada sobre “Un tiempo de rupturas; Sociedad y cultura en el siglo XX, de Eric Hobsbawm [1]

Arte de ayer y de hoy

Se trata algo que, según mi punto de vista, afecta al corazón mismo de los principios de nuestra Escuela. Cuando decimos en esta Escuela que la arquitectura y el diseño son un arte, estamos hablando de algo que ya no existe. El arte, como se lo entiende en esa proposición, ya no existe.

La concepción de lo artístico creada por las vanguardias a comienzos del siglo XX en Europa y recogida luego por Godo y los fundadores de nuestra Escuela no funciona en la realidad de hoy. Esto no quiere decir que esté superada la modernidad, porque esta, desde mi punto de vista, desvela un aspecto de la condición humana y no está basada en un ideal sujeto a las circunstancias históricas. La modernidad es una condición de los tiempos cambiantes –la mutabilidad de los tiempos–, y no una cualidad de un programa artístico o político o social. Incluso si llegara a ser superada será por su propia naturaleza, es decir, porque la íntima sed inagotable de la humanidad por ir hacia lo desconocido conduzca a la especie hacia su propia extinción.

La luz [2] -cultural- que nos venía de Europa hoy no ilumina del mismo modo que antaño ni el acontecer ni el quehacer de un mundo que ha derivado hacia otros rumbos por efecto de la globalización o mundialización, la tecnología, la multiculturalidad, etc. Esto no significa que en América nuestros usos y costumbres, antiguas y nuevas, estén siendo arrasadas sino que están siendo reconfiguradas en nuevas extrañezas y sincretismos. América requiere de nuevas respuestas o nuevas preguntas y mientras nos dejemos arrastrar por la concepción vanguardista del arte y por la exigencia universitaria imitadora y fantasma, no daremos con el rumbo hacia nuestro horizonte. Cambiar nuestra íntima concepción de los oficios es muy difícil, porque se requiere reconocer no ya los aciertos sino que, con una fuerte autocrítica, también las propias miserias.

Las artes han sido embestidas por el mercado, la tecnología e internet, y su posición social, reservada hasta ahora para una elite culta y rica, está desestabilizada. Las artes son modificadas, desde hace muchas décadas, por las tecnologías de la reproducción y la comunicación. No todas las artes son transformadas de igual manera ni a la misma velocidad. Algunas pueden sobrevivir como formas de artesanía de lujo que no se industrializan (aunque tal vez sí se digitalizan), es el caso por ejemplo de la escultura y la pintura, aunque sus obras únicas e irreproducibles no llegan más que a públicos muy reducidos. Otras artes adoptan más rápidamente nuevos soportes y nuevos modos de concebir su hacer y su ser. Ya le sucedió a la poesía con la imprenta y por tanto esta nueva revolución la encuentra, junto a la literatura, mejor preparada. Aún así en las nuevas generaciones –ustedes– la palabra impresa o escrita es desplazada por la hablada en pantallas. La arquitectura resiste pues no es un lujo como la pintura, pero no sabemos qué clase de edificios necesitará la sociedad en su conjunto ahora y mañana (¿estadios, teatros, malls?). La música es ahora omnipresente; ha desaparecido el silencio. La fotografía domina la percepción social de la realidad. Los artistas entonces hacen instalaciones y vídeos.

Lo que se impone hoy es la “idea”. Es decir, ya no vale la obra en sí misma; no interesa que la obra esté “bien hecha”; su valor no es debido a la calidad creativa ni porque sea repositorio de una belleza objetiva, sino es bien considerada en cuanto representación de un pensamiento subjetivo. Esto implica que todo y nada es arte. Por eso florecen los marchantes y los curadores que se auto atribuyen la capacidad de relacionar y disponer sentimientos e impresiones mediante una línea conductora que puede ser profunda y sincera, pero que muchas veces resulta arbitraria o fundada en una relación antojadiza y superficial, o bien adecuada a cualquier moda. Ellos son los que deben explicar lo que quiso decir el artista, pues la obra no puede hacerlo en cuanto muchas veces es sólo un conjunto de piezas o elementos ininteligible. Incluso las obras de esta Escuela hoy desfilan y se exhiben en grandes centros y museos occidentales junto a los trabajos de otros artistas, relacionados entre sí mediante vínculos conceptuales. Esto es lo que nuestros estudiantes –ustedes– conocen.

Yo, en cambio, fui formado escolar, familiar y universitariamente en una idea del arte como algo elevado, un medio conducente hacia lo superior de lo humano. Y que produce siempre “obras de arte” aún cuando el sueño del surrealismo y las vanguardias, del que somos herederos, fuese superar la obra. Pero hoy se estima lo cultural en función de relaciones teóricas que se establecen entre dos conceptos, ideas o recuerdos, que tienen algo en común o entre las cuales se puede establecer una implicación intelectual o emocional sugerida: es arte aquello con lo que muchos pueden identificarse, no aquello que posee intrínsecamente una belleza.

El problema es que yo, un profesor ya mayor, sigo hablando en el léxico de las vanguardias que, aunque intentaron abolir la obra de arte, acabaron produciéndolas en masa, como bien reconoce la “Carta del Errante” de Godo [3]. Y ustedes están formateados con otros programas. Yo fui estudiante antes de la irrupción de la era digital y de la revolución en los transportes y las comunicaciones. Podía entender lo que mis maestros me decían. Hoy parece que predico en el desierto. Hasta hace no mucho tiempo seguía teniendo sentido exponer nuestro presente cada diez años en el Museo Nacional de Bellas Artes; ya la última vez, en 2012, la exposición olía a formol. La descomposición no estaba en los contenidos de la exposición, sino en la pretensión de que esa forma de mostrarse a los demás (y a nosotros mismos) pudiese dar cuenta del estado de nuestros estudios; expresar un presente (aunque considerándolo así, tal vez justamente eso hacía). Esto sin considerar que cada diez años es lo mismo que decir cada diez siglos.

La concepción de arte recogida por nuestros fundadores respondía a la necesidad o la costumbre de considerar que los artistas eran indispensables para provocar el cambio del mundo. Pero los que asumieron el cambio fueron el crecimiento económico, la prosperidad y la sociedad de consumo. Y las personas, entre el ágora y el mall saben muy bien qué escoger.

Pero por otra parte, el progreso extraordinario de la ciencia y la tecnología ha dado lugar a una “sociedad de la información” en la que producción y economía dependen más que nunca de la actividad creativa; es decir, de los hombres y mujeres con estudios universitarios y de los centros en los que se forman, las universidades. Porque para la mayoría de las personas que viven en sociedades prósperas es normal habitar diariamente en una contradicción esencial; por una parte disfrutan de las condiciones de la vida actual pero no saben atribuirle a ningún marco intelectual la responsabilidad de crear esas condiciones. Y la política tiembla. Además todos usan la tecnología sin problemas, aunque no tengan ni la menor idea de qué se necesita para seguir desarrollándola. En el siglo XIX y el XX los que sabían desarrollarla eran los graduados universitarios, en el XXI son los magísteres y doctorados. Gottfried Benn tenía razón[4] y los cambios del mundo no los produjeron las artes vanguardistas, sino las matemáticas junto a la ciencia, la tecnología y los mercados de consumo de masas, con el aliciente de permitir el acceso de millones de personas a bienes culturales que los artistas se habían reservado siempre para sí mismos.

Nos ha quedado en pie la idea vanguardista de que todos los oficios pueden hacer arte, aunque su formalización concreta se de sólo en los actos poéticos y en la phalène, y a pesar de que la mayoría de las veces esta poesía hecha por todos se realice entre unos pocos iniciados y nunca sea un evento masivo. La promesa del arte hecho por todos o cualquiera sólo tiene expresión en la poesía, y a condición, además, de que el poeta esté presente y que el público o los participantes sean un grupo pequeño (la música popular, gracias a la técnica, claramente alcanzó otros volúmenes de audiencia; cualquiera que haya ido a un concierto de rock con más de 50.000 almas sabe lo que digo). De todas formas esta idea o posibilidad sí nos acerca humildemente a los demás oficios y otras disciplinas; especialmente a la ciencia. El hecho de que sólo la phalène persista es un indicio de que las artes plásticas tradicionales no pueden por sí mismas ejecutar el sueño de la interpelación masiva.

Arquitectura y Diseño

En nuestra Escuela existen tres disciplinas, cada una con una relación propia hacia lo artístico.

En el origen del diseño gráfico en esta Escuela estuvieron involucrados los profesores que mejor representaban a los artistas de la vanguardia, y el discurso y método de este diseño actuales pareciera anclado a ciertos medios de producción que ya han sido superados como instrumentos de “expresar los tiempos”. Pero la dificultad del diseño gráfico es al mismo tiempo su máxima y extraordinaria oportunidad; en el diseño gráfico el medio es muchas veces también su obra.

Esta dificultad, a mi entender, pasa por su limitación técnica para interpretar o representar artística y profesionalmente el mundo actual. Sus intentos por “expresar los tiempos” a través de medios mecánico-manuales no pueden competir con nuevas formas de realizar muchas de sus funciones tradicionales (ediciones, publicaciones, comunicaciones). La gráfica debe emprender una lucha contra la obsolescencia tecnológica. La tecnología ha creado o ha permitido la existencia de las nuevas artes que han sido centrales para nuestra civilización, y lo siguen siendo: la cámara en movimiento y la reproducción del sonido. Su capacidad de emancipar la representación con respecto a la presencia física ha puesto las artes al alcance de un público que se mide por centenares de millones. De ahí vienen ustedes, nuestros estudiantes, y allí regresarán después a trabajar y a ganarse la vida. La oportunidad del diseño gráfico es que nadie mejor puede hacer de los nuevos medios el centro de su quehacer, porque es la disciplina que más cerca está de comprender la información (son los únicos, de entre nosotros, que pueden llegar a responder una extraña pregunta ¿cuántos bits tiene su obra, y cómo se ordenan?)

En la Ciudad Abierta, y acaso en las travesías y en la obra de nuestros egresados nosotros mismos hemos limitado la gráfica al hacer arquitectura libre de decorados, basada en la ley de la ausencia [5] ¿Será reinterpretable esta ley hoy?, porque la gráfica en la arquitectura debiese ser necesariamente algo distinto del decorado.

El diseño industrial ya ha emprendido esta lucha a través de su inmersión en el laboratorio de fabricación digital, creativamente paso a paso y con medios escasos. Sin abandonar la artesanía y el trabajo manual ha entrado a descubrir nuevísimos medios de producción. Incluso si estos medios son obsolescentes y pasajeros, le aseguran al DI un traspaso dócil hacia lo que sigue y viene. Por lo demás los criterios vanguardistas y de la modernidad tienen para el diseño industrial un valor práctico, que le ayudó a producir seriadamente para grandes públicos desde sus inicios. Por eso puede fácilmente aceptar la inclusión de nuevas herramientas mecanizadas, siempre y cuando sus costos no sean demasiado elevados. Le calza mejor la palabra construcción, que fuera un ideal artístico tanto de la Bauhaus como de sus predecesores en Inglaterra. Desde entonces no se trata meramente de mecanizar mediante esta o aquella herramienta el proceso de fabricación de un producto, sino de disolver en un colectivo ese proceso de fabricación. El diseñador no fabrica, sino que gestiona y coordina.

La arquitectura comprende bien esta división del trabajo desde siempre. Y en eso no se siente amenazada frente a la producción actual de bienes culturales tales como los conciertos de música popular o las artes escénicas, que usan y abusan de las tecnologías de arte visual (de hecho debe darles casa).

La arquitectura sabe que el mundo material seguirá construyéndose mediante las manos y las herramientas análogas o digitales y con materiales nuevos o antiguos. No le preocupa tanto la adquisición de medios productivos de última generación (que son por lo demás costosos). En este sentido sólo debe atender a ciertas nuevas necesidades que cada vez más se le plantearán como exigencias: la sustentabilidad energética y ecológica, la huella de carbono, el reciclaje y la innovación de los materiales, etc. Pero su ejecución seguirá dependiendo de las mismas fuerzas que la han sustentado hasta ahora: el patronazgo del Estado o bien el mecenazgo de ricos particulares; ya sea para obras pequeñas o para los grande hitos nacionales.

No se trata de reemplazar una herramienta por otra, sino de concebir el contenido desde otra dimensión. Se trata de lo que le sucedió al habla, a la viva voz, con la imprenta. Cambió la humanidad y la faz del mundo.

Quisiera ilustrar lo que digo con la fotografía y su aplicación en nuestras tres disciplinas. La fotografía, que alcanzó su principal cometido tradicional –representar la impresión de los sentidos sobre el ojo humano– con mayor facilidad, menor precio y mucha más precisión que la pintura.

Es paradójico que uno de los rostros principales de esta Escuela al mundo sean 30.000 fotografías colgadas en línea en una plataforma virtual del Archivo Histórico siendo que nosotros no estudiamos con fotografía más que como mero registro. Pero la paradoja no es tal. Las 30.000 fotografías en línea muestran nuestro quehacer, pero no son nuestro quehacer. Esta es la primera dificultad, confundir la obra con sus medios de expresión. Pero el problema no es tan simple. Dibujar la realidad es un medio de extraerle sus cualidades. Pero esto no se puede mostrar salvo a pequeños grupos reducidos de elegidos, capaces de estar presentes en directo frente al dibujo único e irreproducible. ¿Por qué no podemos tener a la fotografía como un medio de extraerle a la realidad sus cualidades? De hecho ya todos lo hacemos, profesores y estudiantes (y niños y viejos y casi todos), a través de las pequeñas cámaras portátiles adjuntas en nuestros teléfonos. Nos comunicamos a través de fotografías enviadas a espacios virtuales comunes. Esas fotografías dan cuenta de la realidad. Insistimos en el dibujo al natural, y está muy bien, pero me pregunto ¿qué hay en esta artesanía que deba suprimir el aprendizaje de la fotografía como medio de extraer las cualidades de la realidad? (de hecho los dibujos sufren necesariamente por un proceso digital antes de exponerse).

Tal vez la fotografía fue un medio caro y lento hace 20 años; preferible era el dibujo. Es evidente que la fotografía análoga hasta finales del siglo XX sólo era accesible, por costos de equipo y revelado, para un grupo pequeño y no podía ser exigida como medio de producción en una Escuela pobre de un país pobre del fin del mundo. Pero hoy nada de esto es así. ¿Por qué en nuestra Escuela no podemos enseñar ni aprender a fotografiar? ¿Por qué no estudiamos la fotografía como soporte, medio y mensaje de la modernidad? ¿por qué la fotografía no es para nosotros parte constituyente de la obra o bien de su proceso creativo? No se trata de convertirse en fotógrafos, sino de comprender como la fotografía sí puede hoy “expresar los tiempos”. Y desde allí adentrarnos en todo lo que pueda llevarnos a utilizar medios de producción más abiertos, democráticos y disponibles, que nos acerquen a los jóvenes estudiantes que buscan y buscan.

Nuestra libertad depende de que hallemos una relación poética con la tecnología y sus máquinas, no nos libraremos de ellas. Toda tecnología, o toda máquina, requiere una materia prima con la que actuar; esto es una idea genuina y creativa que abra nuevas posibilidades.

Casi al final del libro hay un anhelo del historiador inglés. Lo cito textual:

“Pero la experiencia artística, como todas las formas de comunicación humana, es más que «virtual». Por lo tanto, seguirá habiendo un sitio, sin duda, para actividades reales en lugares reales donde alguien pueda, de algún modo, seguir soñando con la fusión de la comunidad, el arte y el genius loci, del público y los artistas. Y donde, por un momento, el sueño se hará realidad.”

Me parece que esta es una buena descripción de la Ciudad Abierta.

Citas y Notas

  1. Hobsbawm, E. Un tiempo de rupturas: Sociedad y cultura en el siglo XX. Serie Mayor. Traducido por Cecilia Belza, Gonzalo García. Grupo Planeta, 2013.
  2. Las cuatro estrellas de la Cruz del Sur proyectada sobre el continente americano tienen nombre poético: Luz es la estrella que cae sobre el Atlántico; Aventura la que se posa sobre el Pacífico; Origen sobre el mar Caribe y Ancla sobre el Cabo de Hornos.
  3. “Se ha querido trascender la literatura, la “obra de arte”, las prisiones de la estética, y, a pesar de todo, se ha permanecido y se permanece todavía hoy en el poema, en el cuadro y en el objeto.” Carta del Errante
  4. “¿Quién cambia el mundo? – pregunta categórica – Respuesta: “Los técnicos y los guerreros. La poesía posee por principio una suerte de experiencias radicalmente diferentes a la de los técnicos y los guerreros y exige otras conclusiones que la de la mera eficacidad práctica o que del servicio al progreso” Iommi G. Hay que ser Absolutamente Moderno, 1982. Taller de Investigaciones Gráficas, Escuela de Arquitectura UCV. Valparaíso.
  5. “Fiel al ojo que me dictó la forma y no las formas. El cubo de luz y no geométrico ni de perspectivas. El cubo de la retención, el cubo ciudadano. La iglesia de la forma de la ausencia”. Cruz, Alberto. Proyecto para una Capilla en el Fundo Los Pajaritos, 1954. Universidad Católica de Valparaíso. Valparaíso.