De las Relaciones entre Estudiosos

De Casiopea





TítuloDe las Relaciones entre Estudiosos
Año1995
AutorAlberto Cruz
EditorialEscuela de Arquitectura UCV
ColecciónOficio
CiudadViña del Mar
Palabras Claveestudio, constel
Carreras RelacionadasArquitectura
NotaNota: Amereida V. Amereida y Palladio. Carta a los arquitectos europeos. Cuadernos de Amereida V.

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Introducción

Sirva de introducción el reciente examen de un Taller Arquitectónico (fotos a, b) sobre la Travesía a Chena; lugar próximo a Santiago de vestigios de los aconcaguos pre-colombinos. En este examen, como siempre, se da cuenta de las labores realizadas durante la etapa; aquella de los profesores y aquella de los alumnos –esta vez titulantes. Fue un examen al aire libre. En las dunas de arena de la Ciudad Abierta. Y los profesores explicaban el orden de lo ocurrido delante de un conjunto de pizarrones colocados allí con tal propósito. Los pizarrones habían sido previamente dibujados. Con planos, esquemas y textos, llevando a que los profesores se desplazaran de un extremo a otro. Como si se tratara de una partitura.

Lo que se quiere señalar ahora, es el hecho que en ese momento todo el estudio, toda la relación profesor-alumno pudo yacer –digamos– ahí. Por cierto, en cuanto al orden de su consistencia y completitud. Y es esta experiencia del examen la que ha llevado a adjuntarle notas –unas veinte– al texto ya redactado de este “cuaderno”. A fin que su texto reciba también un correspondiente momento de examen. Cabe agregar al respecto: los pizarrones conformaban el ábside –ahí los profesores– de una nave –ahí los alumnos en la duna. Entonces, la nave del texto, recibe ahora el ábside de las notas.

Por último, evidentemente no se trata de cualquier dibujo. Por eso se acompañan dos notas finales dedicadas a éste (19, 20).


Tanto el texto como las notas y lo relativo al capítulo final del dibujo, disponen de un conjunto de carpetas-cajas, que forman parte del Archivo de esta Escuela, adjunto a la Biblioteca. Y las posibilidades de consultas están identificadas a través del sistema de letras (CC) al margen del texto y de las notas.

Este cuaderno corresponde a la investigación interna de la Universidad Católica de Valparaíso, Nº 103.735/95, “Lenguaje arquitectónico: encuentro entre arquitectos de formación heterogénea, a la luz del texto Amereida-Palladio”, del año 1995.

Por cierto, el tema de este cuaderno puede ser ampliado en los futuros cuadernos. Precisamente esta forma de cuadernos permitirá que los temas permanezcan desarrollándose, presentándose algo concluso en cada uno de ellos.


Se trata de un estudio acerca de las relaciones entre los que estudian. En este caso, de nuestras relaciones con otros; del sentido que intentamos darle a ellas. Todo lo cual, si bien alcanza ya a más de cuarenta años, sin embargo, sólo en los tres últimos años dicho intento de construirle un sentido a las relaciones con estudiosos nos preocupa y ocupa de una manera continua y cabalmente consciente. Conforme a ello, entregamos ahora el material que hemos recogido, y que guardamos en el Archivo de la Escuela.

Al respecto, cabe volverse para explicar por qué la preocupación por las relaciones de estudio demoraron tanto en ser ellas, objeto de estudio. Su respuesta exige, a su vez, de una reflexión. En cuanto a ésta, nos decimos: nuestra marcha en el estudio comienza en el año 1952 con la formación de un Instituto de Arquitectura, que buscaba abocarse al estudio, al par teórico y práctico, de la relación entre la poesía y los oficios, los oficios artísticos, a partir del oficio de la arquitectura. En el Instituto habían poetas, arquitectos, escultores pintores, que llevaban una vida en común (fotos a, b, c), de manera que se daba una relación muy próxima. A decir verdad, la más próxima posible. Tal relación fue la que encarnó claramente todas las posibles relaciones. Por eso, sólo, en un segundo período,[1] el actual, comienzan relaciones no tan próximas, ni tan continuas. De ahí que este estudio sea precisamente sobre relaciones no continuas y, así mismo, no próximas. Vistas ellas, se entiende, desde esa experiencia inicial antedicha.

Por cierto que en esa primera época no faltaron las relaciones con otros, con terceros, que particularmente se dieron con poetas y con algunos arquitectos. A quienes considerábamos como huéspedes; pues venían a visitarnos y permanecían un tiempo haciendo algún tipo de vida en común con nosotros. O bien nosotros podíamos ir donde otras personas haciendo unas salidas –podría interpretarse. Así una salida, la primera, fue a Buenos Aires, pues poéticamente se consideró que la ciudad –eran los días siguientes a la caída del régimen peronista– pedía que se concurriera a ella par hablar. En dicha ida se entró en relación de amistad y de estudio con los arquitectos Jorge Vivanco y Valerio Peluffo, quienes luego vinieron como huéspedes nuestros dos veces, cada uno. Vivanco fue organizador de la Escuela de Arquitectura de Tucumán, años antes del cincuenta, la que, con la colaboración de arquitectos europeos, quería crear una suerte de libre internado –puede decirse– en lo alto de los cerros sobre la ciudad. [2] A ambos arquitectos argentinos hemos de agregar a César Jannello que enseñaba en la Universidad de Cuyo, en sus sedes de Mendoza y de San Juan, y que también fue huésped en dos ocasiones.

Se trataba de relaciones que se establecían y alimentaban en el común intento de lograr que fructificara la Vanguardia artística en nuestro medio. Pues ella era ya conocida; lo que concretamente se intentaba era que fuera enseñada. Esto, se entiende, en el campo de la arquitectura. Pues la poesía, la escultura y la pintura no se enseñaban (foto d), sino que participan en el acto de enseñar de la arquitectura. La relación que partía de esta base, a su vez, se ocupaba y alimentaba de vivir esa relación de huésped, antes indicada, lo que significaba la construcción de un momento o lapso de continuidad.

Ciertamente los tres arquitectos argentinos eran –en el fondo– los más próximos, por eso fueron ellos y no otros. Sí. Sin embargo, cabe considerar esa relación desde el punto de vista de los afectos anticipados americanos (ver Amereida-Palladio) donde se habla de los afectos de los europeos que se venían a América eligiendo anticipadamente el país de llegada o de establecimiento definitivo. Por eso, conjeturamos ahora, que la relación se apoyaba en la vida, para desde ella alcanzar o entrar en el estudio. Cosa que en verdad, apenas alcanzó su inicio, [3] o sea, no alcanzó a conformar iniciativas que pidieran de un largo aliento. Acaso esto se deba no tanto a una indigencia, sino al hecho de que atravesamos un período de contractación que no de expansión. Cosa que hoy vemos y que expondremos al hablar de el momento actual.

Al mismo tiempo, nosotros los del Instituto, más que viajar, residíamos por un tiempo en Europa (fotos a, b, c). No todos en conjunto –se entiende–, sino de a uno o dos, pero con los cuales manteníamos una continuidad de vida por medio de cartas, muchas de ellas ilustradas. Tal material pertenecía al Instituto de Arquitectura y no propiamente a la Escuela, y las cartas podían así ir y venir del estudio a la vida, las familias y de sus intimidades. Poetas, arquitectos, pintores escultores en París. Un arquitecto largo tiempo en Londres y en Boston. En París se concibió Amereida –el libro de la Escuela de Arquitectura– y vueltos al país realizó la primera Travesía del Cabo de Hornos a Santa Cruz de la Sierra (fotos d, e, f), capital poética de América del Sur (1964) y dio origen a la Ciudad Abierta (fotos g, h, i) –vida, trabajo y estudio– no lejos de Valparaíso, junto al mar (1965). En ese momento un poeta y un arquitecto partían a invitar a los estudiantes de las escuelas de arquitectura, aquellas desde Lima a Vancouver, a venir a construir esta Ciudad Abierta.

En ese primer viaje de Amereida, en dicho momento, habían poetas americanos y europeos; pintores y escultores también europeos y americanos; un filósofo europeo; no hubo otros arquitectos. Puede tenérselos a todos ellos por Amereidianos. O más precisamente por una relación Amereidiana. Una intimidad creativa; mejor, una creatividad poéticamente creativa. La que se dio, naturalmente en el tiempo de artistas y poetas, éstos con ese modo suyo de irse, de irse de su propio decir; en cambio, ante estos poetas y artistas, los arquitectos comparecían como unos sedentarios, que permanecían en su lugar. [4] Así también, a su manera, el filósofo. En cuanto a los estudiantes americanos del Pacífico invitados, algunos pasaron en sus viajes, uno que otro tal vez, intentó permanecer. Pero de todos ellos, no contando a los estudiantes, queda el libro Amereida, hecho por todos esos Amereidianos y ordenado por un poeta. Tal orden, como todo lo poético expone y oculta, muestra los frutos y oculta los árboles en su huerto. Y Amereida es un libro sobre el continente; en que esos afectos anticipados de los arquitectos argentinos, no son ya anticipados, sino algo presente, no son primeramente afectos, sino que habría que decir que son efectos, ésos de oír la voz poética.

Pero en ese tiempo, nadie de nosotros pensaba en la evolución del relacionarse y de las relaciones; así, no se reparaba en el tránsito antedicho, sino que se los tenía por momentos independientes, autónomos. [5] Que emergían de oír a la palabra poética en su ir diciendo. Por eso no se daba una preocupación por recoger el material escrito. Lo que sí, gracias a uno de nosotros, se conformó un archivo fotográfico, pequeño pero elocuente como un álbum familiar. En verdad, si nos atenemos a este recuento, puede decirse que siempre se dio un hilo de archivo, que bien enfocaba, las celebraciones que no las relaciones, en esa época nuestra de contractación.

La Escuela de Arquitectura encaraba en sus estudios a Valparaíso (fotos a, b, c) y actuaba públicamente cuando estaba en juego –como ella lo advertía– el destino de la ciudad. Por ello actuó a nivel nacional en el caso de la Vía Elevada proponiendo otra obra: la Avenida del Mar (foto e). Y nos planteamos que debían ser los arquitectos los que fueran los jueces que dirimieran sobre las obras a realizar, y por esto viajamos a Buenos Aires, entrevistándonos con Ferrari-Hardoy, con Amancio Williams y con Horacio Pando; en Río de Janeiro con Lucio Costa, Oscar Niemayer y Sergio Bernardes (foto d). Ellos emitieron sus veredictos que fueron publicados por la prensa santiaguina y porteña. Fue, en verdad, una relación de índole semejante a aquella primera con los argentinos. Se trataba de luchara por la realización de concepciones de vanguardia. De una vanguardia, que en nosotros, al oír a la poesía, veía y sostenía destino. Luego podía producirse una divergencia de fundamento entre funcionalidad o funcionalismo y destino. Pero dicha divergencia entre ellos y nosotros no compareció, pues primó el aunarse en torno a una lucha, acción que es una manera de ser de vanguardia –se entiende. [6] Sin embargo, hay que agregar otro ingrediente no habitual, sino todo lo contrario, excepcional. Estos arquitectos eran requeridos para que ejercieran su autoridad. Una autoridad máxima y en lo público. Lo público no sólo del país, sino del continente.

Y están las exposiciones públicas que se realizan cada diez años, en que la Escuela expone su obrar y abre un foro para quien quiera intervenir. Así a los 20 años, a los 30 y a los 40 (fotos f, g, h). El lenguaje es de aquel que expone el pensamiento que se encarna en una obra. Por tanto que requiere de esa precisión que exige la fidelidad. Al par, no se trata de convencer a nadie, sino simplemente de mostrar. Por tanto no se plantea un interlocutor preciso, sino de una interlocución general. En dicho caso, uno habla dando testimonio, en el caso nuestro de ser testigos del desenvolvimiento de la relación de la palabra poética y el arte de la arquitectura… y un testigo primeramente ha de hablar para sí mismo. Es, entonces, un extremo de la contractación. Por eso en el foro uno ha de mantenerse en aquello de dar un testimonio. Ahora bien, en una faena de diez años, para toda pregunta acerca de cómo se ofició el oficio, siempre cabe encontrar un testimonio pertinente al respecto. Sólo en una ocasión dos arquitectos chilenos pidieron reunirse posteriormente para mejor entender. Pues la exposición mostraba faenas sin señalar referencias. Por tanto cuando ella decía, había que penetrarlo sólo a través del camino que abría la exposición. Tales reuniones se llevaron a cabo; pero el propósito habría pedido de un largo, largísimo trato.

Con el correr del tiempo fueron llegando a la Ciudad Abierta mayor número de visitantes (fotos a, b, c). Sea arquitectos nacionales o internacionales que, por ejemplo, habían concurrido a las Bienales en Santiago; sean estudiantes por su cuenta o aun en sus cursos. También arquitectos viajeros que habían oído hablar de nosotros. En algunas ocasiones se llegaba primero a la Escuela para ir desde allí a la Ciudad Abierta, otras veces se llegaba directamente a ésta. Allí se los recibía, muchas veces almorzando con ellos, como una medida de vida, por aquello de “vida, trabajo y estudio”. También vino un Taller de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Cornell USA, en el año 1993, que trabajó en obras que estábamos edificando, durante todo un período universitario (foto d), bajo los profesores Guillermo Jullian (exalumno de la Escuela) y Ann M. Pendleton, la que publicó en Spazio e Societa el artículo: “La strada che non é una strada e la Citá Aperta di Ritoque, Cile”, y que en la actualidad prepara un libro al respecto. Salvo el caso antes dicho, las visitas son breves, de un medio día generalmente. El tiempo se hace corto. El visitante trata de informarse de lo que hacemos. De cómo somos. No es fácil salirse de un aire de inventario. [7]

Un caso opuesto, es el de una pareja de jóvenes arquitectos norteamericanos y de un joven arquitecto escocés que vinieron, por su propia cuenta, a estar con nosotros; durante un año participaron de nuestras preocupaciones y quehaceres. Participación que les hizo que se volvieran cada vez más a los lenguajes, el de ellos y el nuestro. Una experiencia de la traducción comenzó así a configurarse. Tanto que el escocés colabora en un estudio de una traducción castellano-inglés en el libro Amereida-Palladio. Estos arquitectos se pusieron, al igual que los alumnos del primer año de la Escuela, a aprender a observar, [8] aportando el hecho de que los textos eran bilingües. Ellos sobrepasaron largamente, entonces, la información para entrar a la formación.

En estos últimos años no se dan sólo las visitas sino que se llevan a cabo interpretaciones. Sea de la orientación y labora en general: curso en la Universidad de Harvard sobre la arquitectura latinoamericana, dictado por el arquitecto Fernando Pérez (foto e), y que presentó en la Harvard Architecture Review Nº 9 en 1993; una obra; un proyecto de 4 plazas para la ciudad de Santiago de Juan José Ugarte, con el Taller de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Católica de Chile, que parte en su fundamento de la tumba de René Lincomán de Amereida. Evidentemente en esta obra el sentido de formación se da con fuerza. A ello hay que agregar un estudio dentro del Post-Grado de la Universidad Católica de Santiago acerca de la Ciudad Abierta vista desde la fenomenología. Y lo que han dicho arquitectos nacionales en entrevistas acerca de nosotros. O en revistas europeas. (Para no entrar más en esto, por el momento). Al respecto, tomamos diez de los textos de estas entrevistas que guardamos en un archivo que ha venido creciendo y ordenándose con el tiempo, y con ellos hicimos, mejor construimos, un artículo para la Revista Panamericana (fotos a), en un número dedicado a las ciudades sudamericanas, que incluía como término a la Ciudad Abierta. Ahora bien, cada texto de los arquitectos, que era una cita de algo de lo que había dicho, iba haciendo pareja con una cita nuestra, de modo que la visión del arquitecto pudiese encontrarse con la visión de Amereida. Encuentro del todo inicial, y que por tanto significa una invitación para continuarse, para proseguirse en adelante. Por eso no había en tal encuentro ninguna rectificación, ni menos –se entiende– aires de polémica. Sólo el encuentro de dos miradas. Por tanto en estos últimos años hemos cruzado una extensión en que se nos mira y nosotros tratamos de encontrarnos con miradas.

Desde el primer día, allá en 1952, hemos sido varios y hemos estudiado, concebido y realizado en común; a este modo lo hemos llamado “Ronda”. La Ronda que durante muchos años fue interna, contractada a nosotros, ahora, en los últimos años comienza a expandirse. En razón y virtud de Amereida. Es por la Ronda, entonces, que se actúa en la revista Panamericana como se lo hizo. Y es por la Ronda que se actúa en los diferentes casos de las relaciones. Desde luego, cabe señalarse que pensar en la expansión de una ronda, que de suyo pide vida, trabajo y estudio; mejor larga vida, largo trabajo y largo estudio, es una utopía, algo irrealizable. Pues bien, una ronda, que no sabemos por cuales caminos podrá avanzar, pero que llegará a que la relación de la arquitectura con la poesía sea materia de todos, cual si se pudiera dar una suerte de Era en que refulgiera la palabra poética; no toda, ni cualquiera, sino la palabra que canta el “ha lugar”, [9] esa es exactamente la utopía que nos lleva.

Tal sentido de la utopía ha llevado a concebir y estar realizando un libro, que es una suerte de carta que dirige Amereida a los arquitectos europeos (fotos b, c, d). A fin de que americanos, sudamericanos y no sólo nosotros seamos los que nos reunamos, pero aún más, con europeos. Y nos reunamos en una ronda. Sin embargo, una ronda de dicha índole no puede pretender, sin más, darse por realizable directamente. Eso puede pensarlo alguien que sólo se mueva dentro de la información. Se hace, entonces, necesario un intermediario, y ese intermediario es el arquitecto Andrea di Piero, el Angel Palladio, el ángel que se impuso preservar los valores de la cultura. Y que uno de los nuestros ha estudiado tanto aquí, como en Italia, a lo largo de los años, visitando todas sus obras y los estudios que él hizo en Roma y Nimes para realizar sus obras. No se trata de ser Palladiano, ni menos proponerse mantener sus formas, el estilo de ellas; sino que él puede entrar, sí, entrar, como intermediario [10] en una ronda con los arquitectos europeos, a los cuales se les propone realizar en conjunto una inscripción. Al modo de la de Julio César, en que él daba cuenta de sus propósitos y hechos. Ambos a la vez.

Dentro de estos propósitos de una ronda que, sin dejar esa actitud creativa de contractarse de los inicios, intenta ahora comenzar a expandirse, se elaboró la posibilidad de una exposición en Madrid, en la Casa de las Américas, una de índole individual; pero –se entiende– que dentro de esas libertades que se atienen a aquello que hoy se considera una exposición. Tal posibilidad no pudo llevarse a cabo. Pero un arquitecto español trató, por propia iniciativa, que algo resultara, y que todo no se perdiera. Nosotros lo invitamos a venir. Vino. Estuvo en la Ciudad Abierta, en la Escuela y en Valparaíso. Pensó que sin este puerto la Ciudad Abierta no sería lo que es. Y se dijo: comenzaré estudiando a Valparaíso. El hacía clases en la Universidad Politécnica de Madrid. Podía venir con su Taller en uno o algunos semestres. Pero nosotros le propusimos que concibiera, allí, en su Taller un hospedaje para nosotros cuando llegáramos a España, para permanecer allí o avanzar a otros países. Como buenos sudamericanos, pensábamos conforme a la accesión –al acceder–, tal como los primeros españoles en América, que nos legaron tal heredad. Este arquitecto, José Ignacio González Pérez, aprobó nuestra proposición y la realizó en su Taller, ubicándola en el Alambra de Granada. Enviándonos los trabajos de los alumnos (fotos a, b, c). Luego, en una segunda fase, concibió que podía estudiar el hospedarnos en algunos de los últimos pisos de los edificios en altura de Madrid. Trabajo que no pudo llevarse a cabo; pero tres alumnas suyas, vinieron durante el verano europeo a permanecer con nosotros, concibiendo un proyecto para el cerro Santa Lucía en Santiago, como manera de expresar su permanencia.

Una de las Travesías que fue a Santa Cruz, capita poética del continente americano, encontró a dos estudiosos de esa ciudad: un historiador, Alcides Pareja, y un arquitecto, Virgilio Suárez, que se empeñaban en establecer una tradición que mantuviera vivo el espíritu de las misiones jesuíticas. Para ello concebían la obra del mestizo. Por tanto, la envergadura del mestizo mismo. Los invitamos. Vinieron en 1994 y expusieron su visión ante la Escuela, amigos y conocidos nuestros. Les señalamos que Amereida ve a los mestizos desde “ser latinos”. [11] Se abrió entonces, la posibilidad de un encuentro (fotos d, e).

Lo último, es la venida del profesor Antonio Gómez-Moriana y de la investigadora Mercedes Durán Cogan, de la Simon Frazer University, Canadá. Nosotros le pedimos que nos ayudaran en lo siguiente. (consideramos del caso incluir el texto de una carta nuestra).

Llevamos adelante un estudio acerca del continente americano. En estos momentos estamos abocados a Sud-América, y dentro de ella, a la parte de los españoles. Pero quisiéramos adelantar pudiendo conocer algo de Norte América. De acuerdo a la naturaleza de nuestro estudio quisiéramos comenzar a darnos cuenta de lo que llamamos la “extensión”. Se trata de la extensión en el sentido geográfico. Aquel de la geografía física. Pero, al par, de la geografía urbana. De la tierra habitada. Vale decir, de la tierra ya habitada, la por habitar, la no habitable. Ahora bien, lo que nos interesa saber, es que la extensión en una época es habitada por los primeros exploradores, conquistadores, colonos. Y en seguida, con el correr del tiempo, ese modo inicial de habitar se va densificando, complejizando, aumentando en cantidad; hasta que llega un momento en que este habitar evolucionado aspira y alcanza a tener una figura de gobierno, [12] una figura pública con su correspondiente vida política organizada. Así ha de haber acaecido en la costa del Pacífico de los Estados Unidos, en que la “extensión” se llegó a constituir en los estados de Washington. Oregon, California… Cosa semejante, aunque seguramente por otros caminos, ha de haber sucedido con la costa del Pacífico de Canadá. Lo que sería muy valioso para nosotros sería saber del período en que se va de un territorio que aún no tiene una figura propia de gobierno a una que la tiene. Y dentro de dicho período lo que más nos interesa, es el inmediatamente anterior al momento que se establece el régimen de estado, por ejemplo. Es el momento, entonces, de la expectación –digamos– de una figura de gobierno. Para nosotros, poder captar la expectación [13] de la extensión por adquirir una figura, es algo realmente importante. Lo es para una comprensión arquitectónica del continente. Aparentemente tal comprensión no es primordial para un arquitecto, sin embargo para nosotros lo es; dado que consideramos que la obra arquitectónica conjuga, no secundariamente sino en lo principal, la realidad del contingente, la de éste propiamente dicho.

Agradecemos mucho cuanto pueda decirnos al respecto, sea indicándonos criterios generales o particulares para desarrollar nuestro estudio, recomendándonos trabajos que Ud. encontrara del caso que lleváramos a cabo, en fin, cuanto convenga al cumplimiento de nuestro propósito. Por cierto, si todo ello cabe dentro de algo que pudiera interesarle, podríamos ampliar esta breve nota, en la medida que resultare oportuna.

El nos envía un libro. Pierre Boudon “Le Paradigma de l’Architecture”, Preface de Philippe Hamon. Colection L’Univers des discours, Les Editions Balzac. Québec 1992. Al que nosotros contestamos:

Un libro sobre la arquitectura, como éste, pone de manifiesto la diferencia entre mirar, comprender, expresar lo ya realizado a lo por realizar. Dicha diferencia toca al texto: a los esquemas dibujados, en fin a todo. Puede decirse, que en el primer caso, de lo ya realizado se viene descendiendo y en el segundo, lo por realizar se va ascendiendo; en el primero, el cuerpo con menor peso de gravedad se expande, en el segundo con un mayor peso se contracta. Y cuando el cuerpo se expande parece que pudiera desenvolver múltiples gestos, ante los cuales toma uno; en cambio al ascender se consigue el único gesto posible. Por eso al leer este libro uno tiene la sensación de estar recibiendo una versión –digamos– de lo que se trata. Y una tal versión, tiende –eso parece– a tornarse homogénea. Sin lagunas, ni menos contradicciones. Tiende a hablar en lenguaje unívoco. Pero un unívoco de carácter generalizante –me digo. Seguramente por aquello que se trata de una versión. Todo lo cual lleva a entender que un tal hablar no va dirigido precisamente al crecimiento del lector. En cambio un escrito que asciende, casi es un llamado a que el lector se vuelva un acompañamiento, un acompañante que se pone a asistir.

Nosotros, aquí, vamos, según el realizar. Dirigiéndonos a cada cual a fin de alcanzar un tal acompañamiento. Pero al dirigirnos, lo hacemos de un modo como proceden los constructores. No sólo longitudinalmente. Sino al par transversalmente. [14] Es decir entrando en cuanto permite y atañe a que se avance hacia adelante, en la longitudinal. Vale decir, al igual como habita el hombre. En razón de esto, es que aquí y ahora nos detenemos en todas estas acotaciones antedichas. Pero ello no implica que busquemos el acompañamiento de los que se preocupan y ocupan de lo ya realizado y lo que hacen longitudinalmente. Como se dijo el modo del constructor es imitar al lector, más allá del mismo. Todo lo cual no implica un secreto desencanto ni tampoco una exaltación secretamente defensiva. Sino la realidad –nos parece– de las relaciones en el campo del estudio.

Ahora bien, dentro de esa superficie que conforma la longitudinal que avanza y la transversal que alimenta. Nos proponemos proponernos –si cabe hablar así– relacionar lo visto en el libro de arquitectura con esa otra situación que pudimos esbozar cuando Ud. estuvo por aquí. La situación de esos territorios que en un momento dado se constituían en estados. Por ejemplo en los Estados Unidos. Antes de aquel momento se iba ascendiendo. Después se venía en descenso. Por eso encontramos de una manera muy general –bien se entiende– que el envío del Paradigma de la Arquitectura es del todo una respuesta. Una primera respuesta. El hecho de enviarnos el libro nos hace ver esta respuesta primera como algo cargado al par de la longitudinal y de la transversal. Considerando, por cierto, que se trata de una colección que Ud. dirige.

Ahora bien, el motivo que nos hace estar escribiendo este texto mismo, que sirve de introducción al material de archivo de las relaciones entre quienes estudian la arquitectura, como dijimos en un comienzo, es que nos encontramos en un momento de reflexión. Lo que provoca no poca dificultad para proseguir. Para lograr –hablando americanamente– acceder a la Ronda, a la utopía de esa ronda que llegará a ser una era –como se dijo. Cabe entonces reflexionar si nos encontramos en el momento de un punto crítico, o bien, nos encontramos a lo largo de una situación, que a la manera de la ascensión a las montañas, cada metro se vuelve más dificultoso porque el aire se enrarece. Es que el hecho es, bien parece, que el mundo actual se expande. Las relaciones se vuelven en expansión. Así todos viajan, todos visitan, todos se encuentran, todos se informan. Aún más, el informarse, se diría, se presenta como una finalidad. El acometer y consumar la información de lo que el otro es y hace, es algo que se cumple, que se colma a sí mismo. Poseer un bagaje de información, también lo parece, es habitar, es habitar en, con y por el mundo y su construcción; su construcción como obra. Por tanto, se trata de esta interlocución. [15] Y de una tal intimidad. Por cierto que la utopía de la ronda no se conforma con ello; aún cuando se dé cuenta que ese colmarse antedicho, parece ser algo hoy, imbatible. Este texto, esta presente investigación, es para darse fuerza, a fin de proseguir en la faena de la Ronda.

Es, entonces, una investigación que primeramente es afirmación, y de ninguna manera tanteo. Y por otra parte, siendo afirmación, no es tampoco en manera alguna, aplicación. Todo lo contrario, es decirse cómo a pesar de todo es aplicable. Es que aquí, un acto de reflexión es al par un acto de voluntad. En dicho sentido, puede decirse que es una investigación acerca de la voluntad en los oficios. Y hoy. Por eso paradojalmente este texto habla de cosas pasadas en estos cuarenta y más años. Pero habla lo pasado para colocarlo como prosecución. Una prosecución –como señal– en lo enrareciente, ese antedicho de la montaña. También podría ser el tema de esta investigación: lo enrareciente. Sí. Pues voluntad en lo enrareciente es “Santidad de la Obra”, [16] la cual es palabra poética acerca del obrar.

Y caemos en la cuenta. Todos los esfuerzos han sido llevados adelante encarando, acometiendo y consumando aquello que es totalidad. [17] Siempre se mira para ver totalidades. Acaso diciéndose que de lo que se trata es, en el fondo, de la totalidad. Sí. Pero el camino de accesión, el camino de conquista, ese con los antiguos castrum, no lo es de accesión con y por la totalidad. Sino que, justamente por el contrario, por la parte. O si se quiere, no por el volumen sino por la superficie, o no por ésta sino por la línea, o no aún por ésta sino por el punto. Veamos, por ejemplo, en el caso de Gómez-Moriana, ese momento del gobierno de la extensión, momento que va hacia su propio término…

Y dentro de dicho período lo que más nos interesa, es el inmediatamente anterior al momento que se establece el régimen de estado, por ejemplo. Es el momento, entonces, de la expectación –digamos– de una figura de gobierno. Para nosotros, poder captar la expectación de la extensión por adquirir una figura, es algo realmente importante.

Ese momento de acceder subiendo y no bajando, en que los juicios no alcanzan a decir su todo, como en la bajada que tantas veces dicen su “sobre-todo”.

Entonces se tiene que estos últimos años han alcanzado, mejor, que están recién alcanzando un distingo entre totalidad y parte. Entre enfocar y asir una y otra. Lo que ahora se desprende es de remirar la faena realizada, las distintas iniciativas emprendidas para volverlas a tomar y llevarlas adelante, no ya desde la totalidad, sino que desde la parte. Una tarea, entonces, que recoge lo ya recogido. De donde, la concepción de lo que es el archivo mismo es re-mirada. Esto no es ya lo invariable. Sea a la manera de la estatua de un personaje, sea la huella de una de sus pisadas. No: el archivo no es depósito en el sentido habitual. Sino que, en verdad, un puerto desde donde parten todos los días los barcos nuevamente. Entonces, cabe volverse a las faenas de Santa Cruz de la Sierra en América, de Granada en España, por ejemplo… a fin de que ellas no permanezcan, en último término, en la experiencia de trabajos, sino que de estudios. Por eso, esta investigación bien puede entrar a llamarse “Del original en las relaciones arquitectónicas”. [18]

Remirando, a su vez, esto que se viene diciendo, puede uno preguntarse por los frutos que se han podido obtener a lo largo del historial de estos años. Sí; pero ello ya es asunto de otro capítulo de esta investigación, que deberá ser llevado adelante según propios y nuevos métodos, lo que, por cierto, lo serán desde la “parte”, que no de la “totalidad”.


Notas:

19. Nota del dibujo. En primer lugar, es dibujo, que no escritura. Como cuando los profesores o conferencistas “escriben” círculos, o mejor, redondelas. No; son dibujos que se esfuerzan por alcanzar un ante y dentro, propio del espacio de la arquitectura. Por eso el dibujo adquiere grandor. Se ha llevado adelante una experiencia de dibujar dentro del propio dibujo, podría decirse. Por tanto se ha ido adelante por un cálculo que implica una voluntad. Un cálculo y una voluntad propiamente arquitectónicos. Por tanto, no puede tratarse de una sola dimensión, sino de construir en varias. Así en la dimensión luz: el dibujo es en blanco sobre fondo negro. Lo que coloca ante el hecho que no haya alguna línea demás: ascética, artística.

20. Esta experiencia del dibujo comenzó a cobrar forma en el estudio de Palladio (ver nota 10).

Y ha proseguido perseverando ya unos doce años. Por tanto, ha venido recorriendo una peripecia de naturaleza arquitectónica. Esto ha de cuidar la perseverancia de la voluptuosidad. Aquello que se ejerce en el toque mismo del trazo mismo. Tal “voluptas”, bien o mal, así quisiéramos llamarla, es la que permite comprender el Taller Arquitectónico (ver Introducción). En cuyo examen se dio cuenta de la Travesía a Chena, lugar de vestigios pre-colombinos. Pues el primer, y acaso el único vínculo con ellos –eso parece hasta ese momento– es la voluptas del dibujo.

Notas

  1. Período. Se tiene la palabra poética, dicha. Y la palabra poética oída es un otorgamiento, algo que se nos otorga. Al hombre en general, al hombre de oficio en particular. Al arquitecto. Entonces, comparece un tiempo de oficiar el oficio oyendo a la poesía. Tiempo que se constituye como un curso. Como un discurso. Y es el discurso que se mide a sí mismo en períodos.
    Pero ese otorgamiento no es algo que se dé graciosamente; sino costosamente. Por eso se constituyen los períodos; para que el otorgamiento se aproxime a ser graciosamente recibido.
  2. En lo alto de los cerros sobre la ciudad. Esto, hoy, lo podemos percibir como una postura, una actitud ante aquello que es la reserva. En cuanto que la tierra yace reservada. Para una ocupación más plena. Tal sentido viene a hacer de contrapartida –nos parece– a Europa, con su tierra reocupada por sucesivas faenas y celebraciones.
    Pero dicho sentido de reserva guarda silencio. No avanza. Es uno el que ha de retroceder a esa alegría posesiva nuestra cuanto se ocupa la tierra (en Vivanco); o a ese quedar absortos al no tocarla aún.
  3. Inicio. En los oficios artísticos, en la arquitectura, nosotros oyendo a Amereida. Lo vasto del continente americano que ella canta. Lo vasto que es saludo y residencia de pájaros. Y si observamos el acto mismo de saludar, algo de suyo cotidiano, vemos que en él se dan dos momentos. Uno de conocimiento: comparece el saludado. Y un segundo momento de reconocimiento: que se vuelve sobre el saludo mismo y el saludador, a fin que guarden proporcionalidad con el saludado. Y los ojos de ambos brillan por un instante bajo el sol, que se torna intenso como un saludo.
    El inicio nuestro transcurría en la peripecia de un saludo, aún no de residencia de pájaros.
  4. Los que se van y los que se quedan. La intimidad entre ambos, bien parece que es al modo de una escena de teatro. Una escena en un escenario, en que éstos cobran existencia gracias a la prestancia de la presencia del actor y de su voz. Todo ello en lo estrictamente necesario, necesario solamente para eso. Por eso la escena teatral comparece cual la frontalidad en su pureza. La frontalidad en que toda dimensión se da en su verdadera magnitud.
    Por cierto, nuestra intimidad fue padecida sangre adentro, vale decir, de una manera apenas perceptible, como escena, escenario teatro.
  5. Momentos autónomos. Un trato en continuidad con la palabra y voz poética queda ubicado de una manera peculiar ante la duración. La peculiaridad consiste en que las cosas, todo, y aún las palabras y voces mismas parecieran indicar que van en el más largo, más dilatado, lentísimo exterminio. Los momentos vienen, entonces, a suspenderlo. Y es la palabra misma la que arma y levanta dicha suspensión. Ello es el temple –nos decimos– mirando la luz de ocaso, ella tan fija en su variar.
    Evidentemente, hay muchas suertes de temples. Pero éste es el que nos ha tocado padecer a lo largo ya más de cuarenta años.
  6. La vanguardia en lucha. Para cambiar el mundo llevándolo al tiempo de su espíritu nuevo. El que ya aflora por doquier. Y que ya impregna la creatividad real de los oficios y –puede decirse- el alma del oficiante. Impregna de una prestancia acuciosa hasta el último borde. Que eso requiere una lucha: último borde. Tal moneda se encuentra –no puede dejar de encontrarse– con su reverso: la indolencia. Que no es acuciosa de llegar a los bordes, sino que se mantiene en el centro, en fianza y confianza de la prestancia del centro, de lo céntrico.
    Nuestra experiencia es aquella de oír la voz poética cada nuevo día retumbando sobre sí misma. Hoy lo sabemos.
  7. Aires de inventario. En esto, todo vale uno. Uno: número natural, un dedo… Por eso, inventario va, es, en listas. Y así recuerda al dibujo de los niños. En que un círculo con dos puntos es ya, no sólo, el rostro de la madre, sino que ella entera. Es que no hay apetencias. De detalles. De los accidentes del existir; de atraparlos, que ellos no se escapen. El inventario=dibujo de niño, en que frutas, nubes, ondas del mar se tornan o vuelven a ser pura masa.
  8. La observación sale, anda, se detiene; mira, dibuja, escribe. Prosigue, vuelve a detenerse o a ser detenida, y retorna a mirar, dibujar, escribir como si fuera por primera vez. Vale decir, sin antecesor ni sucesor. Y ello porque se mira desde aquí lo próximo y lo lejano. Pero nunca más allá de los montes, en la vertiente opuesta a la nuestra. Cual si los montes fueren transparentes. No; ello es dejarse llevar a las Indias. Esas mismas que buscaba Colón.
    La observación en América, innegablemente viene a ser solicitada por las Indias; las que fueren.
  9. “Ha Lugar”. La propia palabra poética indica cómo un poeta puede cantar a la Cruz del Sur. Esta, se refleja en los ojos de la amada y a través de ella y de su mirada, la Cruz del Sur se va. Pero otro poeta, así, –Amereida, que es la Eneida de América o el encuentro con la patria– canta lo que se queda. Por eso canta a las cuatro estrellas de la Cruz del Sur: en que una es el origen, sobre el Caribe; otra es la luz, que nos viene por el Atlántico; una tercera, el ancla en el Cabo de Hornos; y la cuarta sobre el Pacífico, es la aventura.
  10. Intermediario. Una observación: el mar, sus marejadas, las olas, que recubren y descubren una roca, que uno ve oyendo un rumor. Aquel del de un sordo bramido que avanza y se retrae; pero muy pronto el rumor se retira. Quizás para alojarse en otras instancias. Sí. El rumor en la creatividad de los oficios; en la creatividad arquitectónica. El viene de los viejos a los jóvenes, de los de allá a los de aquí, como algo que no se disuelve en su nada pero tampoco se resuelve en algo. Por eso el rumor ha de ser dibujado.
    El dibujo, esta vez, a través o mediante el intermediario. (ver nota 20).
  11. Ser latinos. Amereida dice que no se nace latinos, sino que se principia latinos. Por ser una palabra-poética ella se refiere al par a la realidad de la latinidad en su época y a la nuestra, de hoy. Pero también, al par, a esas latinidades que habitan al otro lado de los montes (ver nota 8). Por tanto esta palabra, como todas ellas, las poéticas abren en nosotros una larga peripecia (ver nota 1). Es que la poesía no excluye, sino que incluye. Pero no incluye –y en este momento esto hay que traerlo– proponiéndose maravillar. Nada de eso. Sino incluyendo escuetamente. Sin Indias.
    Dicha condición de lo escueto es la primera condición para “principiar” latinos –nos parece.
  12. Figura de gobierno, figura pública. Nuevamente una observación: una casa dentro del régimen de ciudad-balneario, en Viña del Mar, y que por tanto se la habita en permanencia. Y ella es del todo correcta. Sin embargo, ella se recubre con una enredadera, de esas de copiosas floraciones, sobretodo en la puerta de entrada. Bien; la casa se insiste para ser. Ha de ser ésta, una insistencia voluntaria o voluntariosa, por tanto cada vez. En cambio, esas casas dispersas de los campesinos, que de seguro no voluntariosamente cada vez sino, de una vez por todas, se arriman a árboles de corpulentos follajes, para así insistirse. Tales modos de insistencia son los que hacen nacer la figura.
  13. No se trata de expectación general o generalizada –llamémoslo así– que es la espera de una plenitud que se evidencia pronta a acontecer, sino de una expectación peculiar. Cuya singularidad es que ese acontecer es la palabra poética que vendrá enseguida a decirse. Es, por tanto, ese silencio que construye un hueco para oír. Tal silencio es, entonces, el origen del acto. De los quehaceres cotidianos como actos. Esos que ve y edifica el obrar arquitectónico.
  14. La transversal. Ella es a partir del cuerpo nuestro. Este avanza hacia adelante conforme a una línea longitudinal. En un largo adelante, tanto que dicho largor no puede ser acortado, sino simplemente cortado, interrumpido. Y ortogonalmente a dicha longitudinal parten desde nuestros hombros un par de miradas opuestas que cortamente avanzan hacia nuestros costados, pues si así no fuera, serían otras longitudinales. Y no lo son; son la transversal. Ella no es una recta o línea más corta, como la longitudinal, sino que es una espiral o larga distancia. Todo lo cual podemos observarlo mientras avanzamos a lo largo de una pared de espejos al ir levemente desfasados hacia delante, respecto a nuestra propia imagen (fotos a, b)
  15. Interlocución. Es hablar creativamente acerca de los oficios, acerca de la arquitectura. Partiendo de lo externo para llegarse a lo interno. Desde un estar afuera, acceder al pórtico, entrar a la casa. Alcanzar su centro o su fondo. Entonces, cabe reparar en algo: que el hombre –bien lo parece– aún el más primitivo habita, o bien en cuartos, o bien en salones. Los cuartos se contractan según una dimensión que se reparte. Los salones, según una repartición de dimensiones que se reconstruyen en una compleja dimensión única.
    Por tanto hay que discernir entre interlocución con “cuarteros” (foto a) y con “saloneros” (fotos b, c); para ello es necesario abrir una primera interlocución que sea para ambos, pero que al par no sea neutral. Propósito que hemos intentado conformar, sobre todo, ahora último.
  16. “Santidad de la Obra”. Es palabra poética del “ha lugar” quien, así, la enuncia. Oírla ha significado recorrer una peripecia semejante a esta relación entre estudiosos que expone este texto. Pues también la Santidad de la Obra ha padecido un largo período de germinación, para venir recientemente a florecer, no con flores –se entiende– apenas aún en botones. Botones de trascendencia, de lo religioso, en la dirección de esa flor que es la relación entre naturaleza y gracia. No como una superposición de ésta sobre aquélla. Sino, que iluminada por una otra más alta comprensión.
  17. Totalidad. Observación: aquellos que poco o nada tienen cuando habitan, juntando deshechos o aún acoplándolos des-hechamente, alcanzan la presencia de la vertical, por mínima que ella sea. Y al par, si la situación lo permite, alcanzan la presencia del cierre de un recinto. Presencia de aquella vertical y de esta horizontal. Sentido de totalidad. Logrado con unas partes que apenas hacen de partes.
    Acaso, de lo que se trata es que la totalidad es una alegoría, en nuestro campo de los oficios; una alegoría de la propia totalidad. Ojalá este cuaderno entregue algún aire de una posible alegoría, incluso en aquello de que el cuaderno pertenezca a una colección que nace de un libro. (Ver portada...)
  18. Del original. Demás está señalar que la velocidad en los traslados, las comunicaciones, los procedimientos de producción... ya no se constituyen en algo original. En que original es algo próximo a su propio reposo.
    Nuestra experiencia. Originales: la poesía desde luego. Los diálogos platónicos. Con su potencia de asentarse aquí, doquier, entre los que estudian, nos lo señala el “ha lugar”. La música de las matemáticas. En que la música, que también señala el “ha lugar”, interpreta a éste como el tránsito de la expresión a la resolución. Hablando en términos de esas largas germinaciones (ver nota 6), a partir de la voz poética.