Curaco de Vélez y los carpinteros del mar; ciudad de aguas

De Casiopea



TítuloCuraco de Vélez y los carpinteros del mar; ciudad de aguas
AsignaturaPoética de las Aguas
CarrerasNáutico y Marítimo
Alumno(s)Jean Araya


Introducción

Es propio del quehacer, el mirar y replantearse las cosas, ya sea de la cotidianidad o complejidad de esta misma. Si bien esto nace con el pie forzado de las ciudades de agua, es desde su libertad misma de composición, que se gira hacia los hombres de agua, o mejor nombrado hombres de mar, que tienen su propia cultura, aquellos que cohabitan entre el mar y la tierra. Sin embargo, le damos lugar a dichos hombres para no quedar en la generalidad descriptiva, apuntando con ello a la ciudad de Curaco de Vélez en la Isla Grande de Chiloé.

Ubicación

Figura 1: Ubicación en la Isla Grande de Chiloé
Figura 2: Aproximación y cercanía con Dalcahue y Castro

Dentro de la décima región de los lagos, Curaco de Vélez es una comuna localizada en la Isla de Quinchao (la segunda isla más grande del archipiélago de Chiloé), que ocupa una extensión aproximadamente de 80kms2 a orillas del canal de Dalcahue, con una población de unas 3400 personas [conocidas como curacano], en donde su potencia de habitar radica en estar orientada y direccionada hasta el puto en que su espacio se esquematiza en opuestos: un delante y un detrás; la ciudad, el agua y el borde montañoso de la isla grande.



Antecedentes

A mediados del siglo XVII, mientras en Europa se lleva a cabo la Revolución Inglesa, en Francia llega al trono Luis XVI, se está en los albores de la revolución científica con el descubrimiento del microscopio y el método de René Descartes.
 En el nuevo mundo, ubicamos la plena expansión de la conquista española, la cual específicamente en Chile, se encontró con dificultades para la conquista de la Isla Grande de Chiloé llegando a su peor momento en el desastre de Curalaba, en 1598, lugar en el que los mapuches vencieron y mataron al gobernador de Chile Martín García Oñez de Loyola.

Evangelización

Debieron pasar casi 2 años para que a fines del 1660 se efectuara un nuevo ingreso a la isla, esta vez fueron los jesuitas lo que comenzaron este nuevo proceso, no con armas si no que con la evangelización, la cual fue seguida posteriormente por la orden Franciscana, creándose así las primeras encomiendas y construyendo paulatinamente capillas tras capillas dispersas dentro de la isla, llegando a una suma de más de 150 templos al rededor de todo el archipiélago. Siendo para Curaco de Vélez la iglesia de San Judas Tadeo, nombre de uno de los doce apóstoles y posible hermano carnal de Jesús.
Dentro de este proceso de consolidación y división de las tierras, es que en toda la isla de Quinchao se instalaron las primeras familias españolas de los Álvarez, Oyarzún, Cárcamo, Uribe y Vélez, siendo esta última la que dio nombre al pueblo, que se fundó oficialmente en 1660, que ya era conocido como Curaco [en etimología Huilliche, el lugar de Piedras en el Agua], primer resueno de la relación inequívoca con el mar.

Condición Marítima

¿Es por ello una ciudad marítima?. Es decir, ¿su relación con el mar la reviste de suficientes distingos como para aspirar a alguna distinción sobre cualquier otra ciudad?
 En fin, hay condiciones que dan cuentas de la especificidad de ésta como una ciudad marítima y para ello consideramos un triple punto de vista. Por una parte, Curaco de Vélez tiende a una movilidad admirable de su gente entre los pueblos aledaños permitiéndole alcanzar un radio de extensión, pero siempre anclado al pueblo, de gran amplitud, ausente en la ciudades del continente. 
Por otro lado, esta ciudad ha desarrollado funciones propias y distintas de las desempeñadas por otras ciudades, llegando posiblemente a encarnar aún mejor las características que son comunes, como lo administrativo de las tierras, la movilidad demográfica o social e incluso lo cultural, lo cual se convierte como la principal moneda de intercambio con el que llega a la isla. Y Por último, presenta una distinción en sus estructura social que se hace transversal en cuanto a la relación con el mar y su desarrollo cultural. No importando el quehacer de cada persona que cohabita dentro de la comunidad curaquina, todas y sin excepción, poseen un dominio y una relación constante con el mar.

Figura 3: Planta de la trama urbana de la ciudad
Figura 4: Corte longitudinal de la ciudad y su relación con el mar

Economía

La economía marítima de la ciudad comprende varios subsectores, como pueden ser la pesca y su cultivo, la siembra de papas, algo de trigo y de avena junto a la conservación de algunos animales domésticos como gallinas, chanchos, gansos, yunta de bueyes, algunas ovejas, y a su vez, pero no menos importante, la carpintería de ribera.
La pesca en la ciudad comienza sólo como un aprovechamiento de los recursos marítimos, como subsistencia. Localizándose en las cercanías de la costa misma, la venta del pescado fresco, la comercialización de las capturas en el mercado local y en la ciudades contiguas, como Dalcahue, lugar donde confluye gran parte del comercio de la isla grande. Todas estas pequeñas empresas controladas en la mayoría de los casos por el propio pescador. Sin embargo, no es precisamente la actividad de la pesca la cual le convierte en una ciudad de agua a Curaco de Vélez, por el contrario por sobre la actividad está quien la desempeña, el hombre de mar, es decir, el pescador, el marinero o el carpintero de ribera, este último el ‘arjé’ , la fuente, el origen de dicha cultura.

Carpinteros de Ribera

La carpintería de ribera, toda una tradición oral y de generación en generación en cada familia, que no sólo pasa por la palabra, sino que también en el hacer con las manos, condición propia de la artesanía es tener la obra en las manos, es allí donde encontramos la rúbrica de Curaco. Y es esta la cualidad primera de brinco al mar que permite el descubrimiento y utilización de este último. Sin embargo, brinco o salida que parece ser una condición que le es más fácil al hombre de archipiélago, al comprender y encarnar en si mismo que las aguas tienen un límite conocido, en la ubicuidad de la orilla, pues saben dónde está el frente o límite de dicho mar, lo que les permite ubicarse dentro de la homogeneidad de las aguas, es decir, son aguas con bordes y orillas dentro del mar abierto, un mar interior dentro del mar abierto, para distinguir del mar interior de Amereida.
A su vez, le es suyo el afán de convertir las aguas del lugar en un mundo de trabajo y vida, aunando todo su quehacer en él. A través del miedo lúcido ya dicho por Ignacio Balcells en Aysén, Carta del Mar Nuevo, pág.05, 1987

Me vine a Aysén para poner mi cuerpo en vilo sobre el mar. Me vine a Aysén para que mi cuerpo a flote, por certeza del abismo, entrara en miedo. Me vine a Aysén porque el miedo (no cualquiera: el del mar, el de los terremotos, el miedo que es inminencia del abismo) reduce el cuerpo a un estado de fragilidad tal que el espíritu puede ver a través de él como si carne y huesos fueran transparentes. Como hace dos mil años ya lo hizo Horacio, creo que ese miedo lúcido es otro nombre del entusiasmo poético. Sí, sí: el miedo es una musa, y estos mares de Aysén me han regalado largamente con su terrible visita.

Pero para comprender este afán es necesario entender el impulso natural de libertad arraigado en el ser humano como el miedo o la disposición a llevar una vida cómoda y sin sobresaltos. En el hombre de mar predomina esa ansia de libertad, siéndole distintivo saber en que consiste realmente la libertad: no en ausencias de contrariedades o condicionantes, sino en la firme voluntad de superar y proseguir el rumbo que se ha marcado siempre con la sencillez y funcionalidad en lo mínimo, este es el modo de ser de un bote o un barco. El hombre evita lujos y privilegios para vivir libre. No quiere anclarse en una riqueza material que le empobrezca como ser humano. Prefiere una vida modesta y sencilla dejando la pompa y los honores para otros. Es difícil encontrar hoy una forma de vida en la que la felicidad pase necesariamente por una renuncia a las comodidades que nos brinda la vida moderna.
Es este el modo de ingresar a las aguas, con cuidado y respeto, que tiene el hombre de mar de Curaco de Vélez. Pues el mar acoge al hombre siempre y cuando éste sea capaz de reconocer en él su destino. De otro modo, no representaría más que un mero paisaje o fuente de recursos, que incluso puede convertirse en adverso. Es por ello que el ingreso tiene una interacción equilibrada entre el mar, el hombre y su destino, porque una cosa tienen clara, el lugar debe seguir siendo el mismo, y es por ello que ingresan de ese modo respetuoso.

El hombre de mar, pareciese tener su propia cultura a diferencia y separada a la del hombre de tierra, si es que este último tuviese una cualidad que le es propia y característica. En efecto, la cultura marinera en el lugar aparece como el patrimonio de los hombres jóvenes pero de larga vida dedicado a ello, pobres y aislados, como una cultura popular, cargada de la religiosidad de salvación y bagaje ante el miedo de los desconocido, en la superstición, en la obligada solidaridad expresada en los cuentos, canciones, en los ritos y en las comidas y tragos compartidos.

Figura 5: Fotografía de José Gonzalez Spaudo, Herramientas para la carpintería de ribera, agosto 2010, Chiloé. http://www.flickr.com/spaudo/
Figura 6: Fotografía de José Gonzalez Spaudo, Carpintería de ribera, agosto 2010, Chiloé. http://www.flickr.com/spaudo/
Figura 7: Fotografía de José Gonzalez Spaudo, Carpintería de ribera, agosto 2010, Chiloé. http://www.flickr.com/spaudo/

Le es inherente al hombre de mar, las ausencias prolongadas en la comunidad que pareciese que entorpecen toda evolución cultural. Sin embargo, a pesar de ello sigue siendo acumulativa y abundante, permitiendo así el paso de la tradición, tan propia en la isla, pero son pocos los pueblos, como Curaco de Vélez, que pueden reunir y exhibir tantos valores culturales en un solo lugar, ya sea por su arquitectura, su artesanía, delicada gastronomía, molinos autóctonos o simplemente por su belleza natural, última condición que le traen con- sigo la monumentalidad americana, esa que es desde, hacia e inserto en lo natural como un modo de vida, a diferencia de la monumentalidad europea o angloamericana, que la arman a través de la obra por si misma, ejemplo de ello, el monumento a Washington con su Capitolio o la Torre Eiffel en Francia, dejando fueras toda condición propia de lo natural, es ello lo que le permiten armar la cualidad única de Curaco de Vélez ante los otros. Es todo esto la que posibilita la cultura de los hombres de mar, y me pregunto ¿Hay una cultura específica para los que se quedan en tierra? dejo abierta la pregunta y sigo para concluir. ¿Podemos dar cuenta a partir de dicha libertad, que les da el elegir ser hombre de mar, que les posibilita asirse de las aguas, no importando su condición de mar abierto o protegido en el cual comprenden sus límites de borde u orilla de antemano, determinar cuan volcado esta el país hacia el pacífico?

Pareciese que si podría determinar esto último, sobre todo con el arquetipo que el Pacífico y América, son los que regalan la completitud al mundo, basta con sólo aquello para comprender cuan parte somos de dicho presente que se ha hecho, para generar dicha completitud, ya que debiera ser una relación constante desde las partes, entiéndase a estas como al hombre de mar y Chile en su condición geográfica frente al pacífico y al mar interior, en una relación al modo de una quilla de un barco, de cabo a cabo. Es desde esas partes que se alcanza lo completo como imagen, pero lo integro sólo lo supondrá la totalidad, la cual conseguiremos con todas las partes relacionadas. Es decir, lo integro como país marítimo-terrestre lo alcanzaremos sólo en el minuto que podamos comprender en simultaneidad a estas dimensiones.


El hombre de mar a dado el primer paso volcándose hacia el pacífico, centrando todas sus actividades en él, construyendo su soporte andante, pero ahora es labor de aquellos que que- damos en la tierra y al mismo modo que el marino, zarpar en busca de aquello que nos hace falta para completar dicha simultaneidad de la integración, comprendiendo la totalidad en la transversalidad dicha con el mar, uno y el continente.

Bibliografía

  1. Carlos Oyarzún Cárdenas. Apuntes históricos de Curaco de Vélez, un pueblo de Chiloé, 2005.
  2. Francisco J. Cavada. Apuntes biográficos de personas y familias de Chiloé insular, Editorial Nascimiento. Santiago, 1934
  3. Luis Mansilla Vidal. Relación Genealógica de Varias Familias de Chiloé. Imprenta El Colono. Angol, 1915.
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  7. http://www.contenidoslocales.cl/sitio/5117/imagenes-con-historia
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  11. http://www.chiloeweb.com/chwb/chioeisland/curaco.html