Amereida V - Kim López

De Casiopea



TítuloEl Diseño Gráfico en el siglo XXI (o desde dónde aproximarse al diseño y hacia dónde dirigirlo)
AsignaturaTaller de Amereida 2014
Del CursoTaller de amereida v
CarrerasDiseño Gráfico
Alumno(s)Kim López

El Diseño Gráfico en el siglo XXI

(o desde dónde aproximarse al diseño y hacia dónde dirigirlo)

A modo de advertencia, sin ser un experto en el tema y tan sólo como un estudiante que se está iniciando en el mismo, trato de plantear algunas interrogantes sobre nuestro quehacer dentro de la sociedad actual. Cuestión un poco compleja si consideramos todas las ramas y sub-ramas de especialización que hoy en día el diseño gráfico tiene (el cual ya es en sí una rama o especialización dentro del Diseño como disciplina en general), en donde, por nombrar algunas, podemos encontrar el trabajo tipográfico, el oficio del “cartelista”, el diseño editorial, el de software, de sitios web y aplicaciones móviles, entre otros que se me escapan.

Uno de los puntos importantes es el carácter mismo que le otorguemos al diseño (o a los oficios de nuestra escuela). Se dice entonces, que el “diseño es un arte que ya no existe”, pero, ¿en qué medida esto puede ser así? Sólo podremos acercarnos un poco a esta respuesta si vemos el desarrollo del arte mismo.

Pues bien, esa referencia a ese “arte que no existe”[1], alude a la concepción artística y cultural modelada en la Europa decimonónica, que, por lo demás, “hundía sus raíces en las antiguas culturas principescas, regias y eclesiásticas anteriores a la Revolución Francesa; es decir, en el mundo del poder y la riqueza extrema, los patronos por excelencia del arte y las exposiciones de prestigio” (Hobsbawm, 2013) . De esta forma, fuera de todo análisis pictórico o de composición en donde los artistas sentaron muchas bases e influencias que hasta el día de hoy nos dan luces de como poder desarrollar nuestro oficio; y, tan sólo enfocándonos primeramente en un el aspecto del “público o la audiencia”, podemos decir que su alcance era muy restringido y se mantenía dentro de círculos muy cerrados, principalmente dentro de las élites de alta influencia. Todo dentro de la “civilización burguesa” estaba pensado por y para una minoría que más tarde se expandiría y que no era ni igualitaria ni democrática, por lo tanto el arte era, al igual que muchos otros ámbitos, una exclusividad. Lo mismo se puede apreciar también en américa en donde ocurre que la mayoría de las élites gobernantes tras los procesos de independencia, absorbían, con cierto retraso, todo ese bagaje cultural europeo, mientras que en los sectores populares la cultura era principalmente su práctica y creación cotidiana, muestra de eso es el surgimiento del tango de los arrabales argentinos.

El problema del acceso y la “democratización del arte” comenzaría a ver la luz con el desvanecimiento de la sociedad burguesa, a partir del germen que estaba enquistado en su seno y que lo llevaría a la destrucción: “La gran mayoría que quedaba fuera de las élites” (H, 2013). Sin embargo, en términos de sentido, las artes

Habían perdido sus antiguos nortes y no lograron dar con otros, ni a través de su búsqueda «modernista» o «vanguardista» del progreso, en competición con la tecnología, ni a través de la alianza con el poder, ni tampoco, finalmente, por la vía de someterse, con desilusión y resentimiento, al mercado” (Hobsbawm, 2013).

Aun así, quienes intentaron tomar las riendas de la sociedad adoptaron justamente muchos de los valores de la “modernidad” burguesa, sin ofrecer una alternativa específica a la pérdida de rumbo en que estaban las artes por lo que sólo se limitaron a ofrecer un libre acceso a dichos valores.

Ahora bien, desde ese mismo punto de vista, el diseño lo podemos diferenciar de ese arte decimonónico en un punto crucial: el alcance. Mientras que una pintura es única e irrepetible, sin contar los intentos por reproducirlas, pero todos ellos a una mínima escala y sin poder llegar aún a las masas; además de estar la mayoría de las veces recluidas en colecciones privadas o en museos de no muy fácil acceso para los sectores populares ; las obras de diseño, gracias a todas las herramientas y técnicas de las cuales se ha empapado, pueden tener un nivel de producción y reproducción, y, por tanto, de alcance, mucho mayor que el de una pintura. Razón por la cual, en estos términos, me atrevería a afirmar que el diseño podría ser una manifestación que recoge y se nutre de elementos artísticos (disposición de elementos, composición, color, contrastes, luz, ritmo, etc), pero que es, por su posibilidad de alcance, mucho más democrático.

Ahora bien, quisiera poner de antemano en entre dicho esta afirmación que planteo. Si bien el diseño, gráfico al menos, podría tener un carácter democrático en cuanto a su alcance debido a sus técnicas, métodos y herramientas, ¿es posible que pueda mantener ese carácter en los tiempos actuales?

Una forma podría ser el llegar a la gente a partir de una pieza a la cual le demos nuestro valor gráfico y que sin duda la tendremos que poner en el mercado para poder recibir la retribución económica justa por las horas hombre dedicadas a producir ese bien determinado. Una forma contraria sería el hacer bienes más exclusivos enfocados a públicos selectos y que por tanto no llegarían a vastos sectores de la población por el alto costo que tendrían, no aprovechando la posibilidad democratizadora que otorga el diseño. Ambas formas pasan más por un tema personal sin duda, así que no ahondaremos más en ellas.

Abordaremos entonces el tema del financiamiento, que es un poco más externo (aunque a la larga, personal de todas formas ya que es el diseñador quién elige de todas formas el camino a seguir en su desarrollo profesional). Como señala Hobsbawm (para las artes y la cultura, pero también aplicable para el diseño) “la política y el mercado. Ellos deciden cómo se financiarán los servicios y productos culturales; ante todo, o por la vía del mercado o por las subvenciones”. Ambos elementos de financiamiento muy complejos si se trata de perseguir un afán democrático con el alcance de nuestras obras. Por un lado el mercado podría intentar darle un valor agregado a su encargo a partir del diseño pero casi siempre con funciones relacionadas con la productividad económica del mandante. Por otro lado la política podría intentar lo mismo pero buscando un rédito político asociado a su ideología o programa, o en algunos casos también buscando réditos económicos.

Sin embargo hay un elemento más, y así lo señala el Historiador Inglés:

Pero hay un tercer jugador que decide qué se puede, se debería o no se debería producir. Lo llamaremos «el mecanismo moral», tanto en el sentido negativo de un mecanismo que define y pone freno a lo no permisible, como en el positivo de factor que impone lo deseable.

Y es por esto también que hablamos de elecciones de caminos dentro de los desarrollos profesionales, en definitiva ahí el diseñador, como individuo debe escoger un camino en donde quiere que se direccione su trabajo. Aunque también, lo propio podría hacer las escuelas, más que mal toda escuela tiene que construir “perfiles” de todo hoy en día.

Otra alternativa más que se podría plantear es ya quizás una opción o una forma de afrontar el diseño, y que apunta al problema de cómo acercar más nuestra disciplina a amplios sectores, porque no, a sectores que tienen menos posibilidades para acceder a las piezas gráficas, a los sectores populares. Y en esto quisiera recoger también la historia del diseño gráfico en nuestro país o el trabajo de innumerables hombres y mujeres que han incorporado esa práctica en el desarrollo de sus oficios ya sean iguales, cercanos o similares al nuestro. Por poner un solo caso, Luis Emilio Recabarren, nacido en Valparaíso, quién a los 14 años entró a trabajar como obrero gráfico y ya de adulto contribuiría para llevar las artes (como la música y el teatro) a obreros de todo el país y junto con ello crear una serie de imprentas para difundir entre ellos literatura, periódicos y también para que ellos pudiesen elaborar su propaganda política. Casos como éste y otros se pueden recoger, sin ir muy lejos, de nuestra misma historia, de lo que ocurre en otras escuelas, de lo que hacen otros diseñadores u obreros gráficos que entregan sus oficios a los demás, todo ese quehacer nacional puede también contribuir mucho a la formación disciplinar; ´pr otro lado, y quizás también a partir de esas experiencias, el hacer talleres abiertos, el entregar nuestros conocimientos, técnicas y oficios al resto, también puede ser un aporte para aumentar el alcance democrático de nuestra disciplina en relación con los que nos rodean, saliendo también un poco de una academia docta encerrada en la visión que tenía la antigua sociedad burguesa sobre las artes, como “las medidas de lo bueno y lo malo, y como portadoras de valores: de verdad, belleza y catarsis” (Hobsbawm, 2013).

Aquí es donde creo que como cuerpo, como escuela se puede hacer algo más, dejar de tener quizás propuestas individuales (como éstas que se proponen en éstas palabras), y tener, como sucedía casi siempre en el pasado, definiciones de grupo que representen un “nosotros” colectivo, un sentir de escuela fruto del dialogo fraterno entre sus partes integrantes y que a partir de ahí, de esa común unión, se generen los rumbos de la escuela junto con los nuevos desafíos que en conjunto podemos plantearnos.

Por el contrario, una visión más bien cerrada de la misma, en donde la escuela la hagan sólo algunos en función de algunas directrices fijadas hace ya tiempo, no sólo es no crear una comunidad si no que paulatinamente puede ser una pérdida de valores y riquezas que se poseen, al dejar de ser compartidas por el resto de la comunidad por no sentirlas propias o por no empoderarse con ellas.

Quizás algunas de las cosas aquí planteadas puedan ser soluciones, quizás no, dejo las preguntas planteadas en espera de poder encontrar algo (como por ejemplo, más interrogantes).


Citas y bibliografía

  1. Tomado a partir de las reflexiones dictadas por Jaime Reyes en la 6ta clase del taller de amereida en donde señala que “Se trata algo que, según mi punto de vista, afecta al corazón mismo de los principios de nuestra Escuela. Cuando decimos en esta Escuela que la arquitectura y el diseño son un arte, estamos hablando de algo que ya no existe. El arte, como se lo entiende en esa proposición, ya no existe”. Basado en las reflexiones de Eric Hobsbawm en “UN TIEMPO DE RUPTURAS; SOCIEDAD Y CULTURA EN EL SIGLO XX

Hobsbawm, Eric, “Un tiempo de Rupturas; Sociedad y cultura en el siglo XX”, Prefacio, 2013.