América, otra forma del tiempo y la existencia
| Título | América, otra forma del tiempo y la existencia |
|---|---|
| Año | 2026 |
| Autor | Jaime Reyes |
| Nota | Este ensayo es parte de los contenidos del Taller de Amereida del primer semestre de 2026. |
América, otra forma del tiempo y la existencia
Jaime Reyes G.
Taller de Amereida 2026

También el olvido es bello, olvidar, por ejemplo, que el arrojo es la travesía y no la vida de un obstáculo, en este caso, el perro. Pero la hermosura cuenta menos que la ruta y esto sí que es difícil aprenderlo. ¿Qué es la ruta? Es sólo seguir partiendo siempre, es mantener el rumbo abierto. ¿Será un comienzo sin fin, como el amor? Hacer tal ruta, abrir tal rumbo, tal vez de tales cosas, interrogaba Kant a los capitanes de barcos balleneros, aquellos que Melville dijo que buscaban la ballena blanca y tal vez Ahab sea el nombre de la musa de toda pura travesía.
Presentación
Comprender que América es un regalo es aceptar el don como otra forma del tiempo y la existencia.
Hay que reconocer un ritmo propio en las estancias americanas, que se manifiesta en cauces con bifurcaciones y no en hitos-entidades. Estancias donde se van enlazando los comportamientos cambiantes de las fragmentaciones inherentes de nuestra época, de nuestro tiempo. Es el ritmo del tránsito, de las gradientes, donde la continuidad se teje. Son las estancias no del tiempo fragmentado[nota 1] sino de un tiempo tejido. Un tiempo tejido cuya urdimbre o estructura base sería ese ritmo propio y el tránsito mismo. La trama serían esos comportamientos cambiantes y las fragmentaciones.
Esto es lo que hemos llamado la ruta; aquel comienzo sin fin, este seguir partiendo siempre para mantener el rumbo abierto.
Los hitos-entidades son puntos contables, numerables, como los eventos únicos que se destacan y se marcan en el calendario o una agenda, con inicio específico y final determinado. En cambio, un cauce con bifurcaciones es un flujo donde se muestran y comparecen los tránsitos y, sobre todo, los desvíos.
Hoy vivimos en el tiempo fragmentado, de hito en hito; entregas, cierres de proyecto, viajes, reuniones y todo lo que hay entremedio es solo espera[nota 2]. Debemos tejer la continuidad del tiempo para enlazar los fragmentos y cambiar del evento a la relación, del logro al proceso. Una obra terminada —y su hermosura— no significa nada, pues en la ruta lo que cuenta es el conjunto de todas aquellas obras que se encadenan entre sí para configurar un firmamento. La ruta no se divide en antes y después; acontece mientras tanto, aquí y ahora. No tienen sentido la antinomia entre partida ni llegada sino su intrínseca conexión como dos momentos de un mismo proceso. Este proceso, en términos poéticos, es andar andando. Aquí y ahora. Lo mismo sucede con muchos otros opuestos o excluyentes, como los obstáculos de la carrera de 110 metros con vallas[nota 3].
De la Cruz del Sur a las constelaciones oscuras
Para la configuración de este firmamento hay un paso o cruce desde la Cruz del Sur a las constelaciones oscuras.
Las constelaciones occidentales son figuras únicas e imaginarias, trazadas y perfiladas mediante la conexión de estrellas brillantes en el cielo nocturno para crear formas poligonales[nota 4]; estos puntos luminosos son unidades discretas unidas por líneas rectas. La Cruz del Sur es una figura geométrica cerrada, e ilumina un tiempo armado con cruces luminosas, fechas clave, logros e hitos, que se establecen sobre América desde hace cinco siglos. El tiempo de la Cruz del Sur es el de los grandes hitos que orientan y fundan[nota 5].

Las constelaciones oscuras son diferentes pues no unen puntos de luz; sino que son relaciones entre zonas negras del cielo. Son varias figuras que se encadenan entre sí, se superponen unas a otras sin centro único; son muchas formas de bordes porosos que emergen desde el fondo nocturno. No son estrictamente nítidas o fijas, sino que se dibujan a sí mismas cada vez, porque son figuras formadas por las nubes de polvo y gas interestelar que bloquean la luz de las estrellas en la Vía Láctea. Son una cartografía celeste muy antigua de manchas de densidad que sólo se puede leer en el fondo. Zonas oscuras que dan forma al tiempo y que también dan forma y oportunidad a las estaciones naturales y a los ritmos biológicos, agrícolas y emocionales de los humanos.
Estas son constelaciones que reconocieron los saberes antiguos del hemisferio sur, tanto en los Andes como en Australia, desde hace miles de años. No están conformadas por puntos luminosos sino por figuras de sombra, se dibujan por contraste, por lo que falta, por la forma del fondo. Son constelaciones de contornos difusos que requieren un ojo que se acostumbra a la penumbra; no resaltan sino que se revelan lentamente. No son constelaciones de lo vacío, sino que se configuran plenas de consistencia y contenido[nota 6].

Atender a estas formas nos permite vislumbrar la concepción de un tiempo, para la vida y para el obrar, en que importan los intersticios; pequeñas hendiduras que median en la ruta entre las bifurcaciones y los desvíos. Hay que reconocer lo que hay entre las estrellas, los intersticios, el espacio intersticial que se narra como proceso y no como crónica de los eventos.
Las constelaciones oscuras son construcciones de un tiempo continuo, tejido como red de unidades discretas y procesos de fondo que sostienen y atraviesan los hitos. Un tiempo habitado como trama de fondo, de cauces largos donde lo oculto se muestra oculto. Es un tiempo que ya no se nos aparece fragmentado sino como un tejido continuo de circulación.


¿Qué es esta historia?
Para entender la propia historia de América es preciso ver poéticamente estas constelaciones. Constelar[nota 7] es una operación de sentido para los pueblos, en donde lo disperso se vuelve figura reconocible y orientadora. ¿Qué es esta historia? Una acumulación de procesos lentos, casi siempre anónimos o innominados, escurriendo por debajo de los acontecimientos brillantes que destacan en la crónica de la superficie. En América la tensión entre acontecimiento-hito y proceso es brutal. En la historia oficial abunda la sangre de la conquista, de las dictaduras, las guerras de independencia, los golpes o las fulminantes crisis económicas. Pero allí también fluyen continuidades menos evidentes en el mestizaje cultural, en lenguas que resisten y pueblos antiguos, que atraviesan todo el continente.
Allí están las fiestas, las prácticas ancestrales campesinas, la música, las formas de habitar cualquier clima, los sincretismos religiosos, artísticos, vitales. América no es un nuevo mundo desde 1492, sus montañas solas sobre las lluvias, sus grandes ríos crueles de anchas complacencias, sus árboles difíciles dejando frutos, y la inconsolable inocencia sobre las pampas que canta el poema Amereida, son un todo expandiéndose y contrayéndose en los movimientos de flujo de las migraciones, la agricultura, la minería, la ganadería a través de fronteras porosas, en rutas transnacionales y trashumantes de arrieros, en mares con nómades.
Todos estos procesos desmienten y desconocen las fronteras políticas. Los nacionalismos fomentan la coincidencia entre Estado y nación no para unir a un pueblo, sino para diferenciarse de otras naciones. Pero las categorías duras como indígena, mestizo, negro, blanco, criollo, no son fijas ni estancas sino que hay la mezcla producida por el trabajo continuo de generaciones, por las lenguas que se cruzan constantemente, por el sincretismo ritual, por las comidas que unen ingredientes de múltiples orígenes. En América no tienen sentido las identidades puras, sino las constelaciones de relaciones, de procesos musicales, barriales, sexuales.
La fiesta
La fiesta es el componedor del tiempo colectivo, es por excelencia la instancia del ritmo constructor de comunidad. Los carnavales, las peregrinaciones, los sacrificios, dan cuenta de tiempos cíclicos donde las comunidades se reconocen y se recomponen; donde se acumula memoria.
América, igual que el resto del mundo actual, ha sido invadida por el desarrollo de la individuación capitalista extrema; pero esto no ha conseguido la desaparición de la vida como una trama de vínculos con otros, con saberes, con lugares que se tejen y cultivan a lo largo del tiempo. Es posible leer el tiempo americano no en los golpes de la historia; elecciones, crisis, cambios de una constitución, sino como procesos silenciosos y lentos que persisten en los ríos, en ritos y afectos, en la lengua. Y acaso entonces en la palabra que construye y no en la acción que no modifica nada. Porque así como los golpes de la historia no producen tiempo, las revoluciones no producen historia, sino sólo sangre y muertos.
América se sigue tejiendo, a pesar de la violencia de los acontecimientos, en la familia, en redes informales, en las calles, en las fiestas, en el trabajo precario, en la creación artística, en las corrientes migratorias. Cauces con bifurcaciones; constelaciones de relaciones que no terminan de cerrarse.
América ha tejido su historia, sus cuentos, sus leyendas, desde las rupturas, los quiebres asesinos, las invasiones y los fratricidios. El territorio y el maritorio del continente, los ríos, selvas, pampas y archipiélagos, son cursos largos que atraviesan fronteras políticas, regímenes y épocas.
Una identidad de Europa
En Europa una parte del suceso de la identidad y de la historia acontece orientado hacia otros horizontes. Es un continente que en muchos aspectos toma como unidad la ciudad-polis, el estado-nación y el museo-memoria. Su historia son los episodios estructurados como guerras, fundaciones, dinastías, reinos o revoluciones. En Europa el espacio es la capital, la metrópolis. El espacio rural ya se ha vaciado. Son las polis la comunidad política misma, que viene de la ciudad medieval, que era comunas con fueros, murallas, mercados, catedral. Todo un mundo relativamente cerrado, confinado.
El tiempo —incluso el de la fiesta— es el del campanario, el de la noche iluminada y amurallada por artificios. El Estado es quien aporta la idea de continuidad temporal y así existen separadas la historia de España, la historia de Francia o la de Alemania. Al cruzar una frontera europea comienza otra historia, otra lengua. Allí la guerra ha sido el único ardid de la unificación; por eso han sido sus obreras la violencia y la guerra y por eso es un gran y frágil logro contemporáneo la Unión Europea y la moneda y mercado común.
Uno de los lugares más distintivos donde esa memoria identitaria está consagrada es en los grandes museos públicos que reordenan los objetos dispersos en el tiempo inventándoles un relato en forma de escuelas, períodos, estilos, movimientos. Museos como el British Museum, el Louvre o el Prado surgieron como símbolos de poder monárquico y estatal, consolidando una narrativa de grandeza y hoy son depositarias complejas de la identidad nacional, el colonialismo y el patrimonio universal. Estos museos hoy albergan tesoros que marcan las grandes etapas de la historia humana: Edad antigua, media, moderna, contemporánea. Y todo esto dentro de un edificio habitable en recorrido. Esa historia y cultura no están distribuidas sino concentradas en recintos, donde se custodia y cuida la esencia nacional (y mundial) con horarios institucionales. Allí están los símbolos mediante los cuales un ciudadano se reconoce como parte de un Estado o imperio. La memoria se vuelve colección que articula el relato de la propia historia. Por eso no pueden devolver lo que han expoliado de los demás continentes. Los grandes museos públicos europeos son monumentos a la centralización del poder; cuando en América Latina hoy podríamos pensar en una historia distribuida, esparcida en sus vastedades culturales y geográficas.
La poética americana
No es lo mismo que lo abierto o la vastedad. Las esencias americanas no han sido conferidas por lo institucional sino por lo geográfico y lo ecológico; una especie de tiempo-río no fragmentado que sigue fluyendo a pesar de los cortes violentos de la historia. Lo fundamental de América es el mestizaje y este no es algo fijo sino una marcha de la mezcla permanente que no considera la pureza. Así la cultura no es discreta porque no hay este pueblo, aquella nación, esa tradición pura. La cultura americana es una recomposición permanente sin esencias estables. Esta transformación constante es el gran drama de los nacionalismos anteriores y actuales. Todos los hitos discretos brutales y crueles se disuelven en los barrios, las familias, las cocinas, las músicas, las lenguas, tejiendo con los hilos de la continuidad humilde, que sobrevive a los desastres.
El poeta comprendió que la épica ya no es un bloque único como la Ilíada o la Eneida, sino una épica de los restos, de pedazos que provienen de muchas partes. No es posible ocultar lo que ocurrió, pero es posible comenzar otro pasado recomponiendo los trozos y los trazos que quedaron en la nueva continuidad.
La épica clásica se organiza como un bloque heroico que describe a un pueblo, unos héroes. Es el relato compacto de un viaje, una guerra. Utiliza una lengua alta y homogénea que organiza un tiempo en episodios que se cierran en una gran narración unitaria. Pero en América corresponde una épica de restos que no son parte de ninguna unidad previa, sino de lo que se ha despedazado por lo abisal; y por la colonización, la esclavitud, los exilios, los silencios. Una épica de pedazos que son las lenguas cruzadas, las memorias parciales, los paisajes marcados por la violencia y la vastedad, documentos diseminados como crónicas, leyes, poemas, preguntas. Siempre de voces híbridas y múltiples.
Nuestra épica no canta la grandeza de ningún héroe[nota 8] sino que ensaya un nuevo tejido con las trizas, mostrando precisamente los modos de juntar y recomponer. Es el canto de los que no saben quiénes son, aunque siempre colectivos, comunitarios, sin el héroe central. Porque el heroísmo americano está repartido y dispuesto en actos compartidos en el viaje, en la ruta, donde seguir partiendo siempre. Allí en las lecturas, en los nombres nuevos, en la abertura. Esta épica cruza y atraviesa los tiempos históricos, los místicos y los contemporáneos en una ráfaga de los márgenes, que persiguen un devenir posible, no un pasado glorioso. Esta épica es la de andar andando en esos márgenes fracturados hacia el acto fundador que reúne y recompone.
Es posible una nueva épica coral que entremezcle las voces de indígenas, turistas, funcionarios, colonos, pescadores. Nunca en un pueblo homogéneo, sin tiempo lineal, pues al unísono están aquí Grecia, Roma, Tenochtitlán, Tiahuanaco, Chichén Itzá, Cuzco. En América no hay un solo pueblo homogéneo sino una red de voces; una polifonía. La lengua americana son fases vivas en evolución, recomponiéndose y embrollándose más.
El mar
El más grande reflejo de las constelaciones celestes es el mar.
El poeta ya sabía que el mar es la historia, porque allí la memoria fluida contiene incluso lo que fuera arrancado de tierras lejanas, como los esclavos. El mar no es una serie oficial de fechas ni puede ser ocupado en puntos determinados de explotación, aunque la industria actual lo intente una y otra vez, sin comprender que sólo va a crear nuevos pueblos fantasmas como los que quedan después que se acaba el filón de la mina o se agota la tierra de los campos. Frente a las cronologías fragmentadas europeas los mares americanos son una continuidad sin fechas que mezcla todo en lo cristalino como en lo invisible, recomponiendo silenciosamente los residuos y las secciones. Nunca se podrá armar lo que fue destrozado, lo que había antes, pero toda ruta es el amor por el acto de unir los fragmentos.
El puente de las altas cumbres
el camino no es el camino . Amereida
Había una vez un antiguo pueblo que durante siglos habitaba en las altas cumbres de la cordillera de los Andes. Un pueblo que florecía en los climas del sol abrazador radiando sobre los vientos gélidos y del aire tan delgado que apenas sostiene la respiración.
Este poblado estaba dividido en dos partes por un profundo barranco, no muy ancho, en cuyo fondo serpenteaba un río de aguas glaciales. Entre las dos orillas se tendía un gran puente colgante fabricado con cuerdas de fibras vegetales [nota 9]. Por este puente circulaban los vecinos del pueblo en sus actividades diarias, con sus mercancías, sus rebaños de alpacas y llamas, o las conchas marinas venidas desde las distantes costas del océano Pacífico. Desde el centro del puente se podía ver hasta las lejanas llanuras de abajo la montaña mientras se oía el eco del rumor del río corriendo sobre las rocas en el fondo del precipicio.
El duro clima altiplánico, la nieve, el frío y la lluvia, deterioraban las cuerdas del puente. Los tejidos apretados al aire libre no tienen ventilación y en estos proliferan las esporas, los hongos y las bacterias que descomponen las fibras vegetales.
Así las gentes del pueblo se dedicaban todos los años, en jornadas grupales y en turnos, a tejer un nuevo puente. Hombres, mujeres, niños y ancianos tomaban parte en algún momento o parte de la fabricación. Algunos años el puente se teñía de color rojo con flores y tierras de la comarca; otros años podía ser verde con extractos de musgos y algas del río, o amarillo con raíces de líquenes y arbustos de las alturas. Cada cierta cantidad de años el puente se fabricaba mezclando todos estos colores.
En la primavera de cada año se montaba el nuevo puente se montaba reemplazando los tejidos dañados y descompuestos del viejo puente. Esta era la fiesta más importante del año, con canciones y danzas; banquetes especiales, invitados de pueblos vecinos y lejanos.
Un día vinieron unos personeros del gobierno y prometieron un puente nuevo de estructuras de hierro. –Así no tendrán que trabajar más durante el año construyendo este puente de fibras vegetales, que de todas formas se descompone en pocos meses.
Y así se hizo. Un nuevo puente de hierro conectó las dos orillas y al fin las personas del pueblo pudieron pasar fácilmente de un lado a otro.
El nuevo puente de hierro está hoy allí mismo. El antiguo pueblo de las altas cumbres de la cordillera de los Andes hoy ya no existe más.
Referencias
- Taller de Amereida. (1967). Amereida (Vol. 1, 1.ª ed.). Santiago: Editorial Cooperativa Lambda. Memoria Chilena
- Iommi, G. (1967). Amereida, borrador primer poema [Manuscrito, Fondo Iommi-Amunátegui]. Casiopea
- Wiki Casiopea (e[ad] PUCV). (s. f.). El atajo de Amereida. Casiopea
- Espinoza, M., & Carmagnani, M. (1999). Ociosos, vagabundos y malentretenidos en Chile colonial. Santiago: DIBAM. Casiopea
- [Autoría institucional]. (1971). Maritorios de los Archipiélagos de la Patagonia Occidental [Documento]. Casiopea
- Álvarez, R., Ther, F., Skewes, J. C., y otros. (2019). “Reflexiones sobre el concepto de maritorio y sus usos…”. Revista Austral de Ciencias Sociales, 36, 197–214. CEDER
- Urton, G. (1981). At the Crossroads of the Earth and the Sky: An Andean Cosmology. Austin: University of Texas Press. Google Libros
- Walcott, D. (s. f.). “The Sea Is History”. En The Star-Apple Kingdom. Poems
- Banks, K. (2018). Entrevista/divulgación sobre constelaciones oscuras (SBS Spanish). SBS Australia
Notas
- ↑ El texto “Faltan palabras…” examina la refundación de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Católica de Valparaíso en 1952 y la fundación de la Ciudad Abierta en 1970 como dos horizontes históricos decisivos, orientados a debatir críticamente su tiempo y a proponer una modernidad alternativa. Ambos proyectos buscaron articular formación, poesía, oficio y vida comunitaria, resistiendo la reducción instrumental de la existencia y de la arquitectura a una lógica puramente técnica o utilitaria.
La Escuela refundada impulsó una reoriginación poética y disciplinar de la enseñanza, mediante experiencias como el taller total, los cursos del espacio, la incorporación de la poesía a la formación y, más tarde, el Taller de América. La Ciudad Abierta prolongó estos ideales al constituirse como una comunidad orientada por el poema Amereida, donde vida, trabajo y estudio se integraban en un habitar común.
El argumento central del texto es que las condiciones históricas que hicieron posibles esos horizontes han cambiado estructuralmente. La expansión de la educación superior, la diversificación social del estudiantado, la mercantilización universitaria, la digitalización de la vida, la precarización laboral, la fragmentación del tiempo y la emergencia de nuevas agendas contemporáneas —como el feminismo, la descolonización, la crisis climática y las demandas de memoria— configuran un nuevo régimen material y simbólico. En este contexto, las prácticas comunitarias y poéticas originarias ya no pueden sostenerse en los mismos términos.
Uno de los efectos principales de esta transformación es la crisis del tiempo continuo que antes hacía posible el taller, la travesía y la obra prolongada. Hoy estudiantes y profesores viven en tiempos fragmentados, sometidos a múltiples exigencias simultáneas, lo que debilita el antiguo “tiempo de la Demora” necesario para la contemplación, la creación y la experiencia compartida. A ello se suma una mutación en las formas de comunidad: frente a las antiguas comunidades estables, homogéneas y de dedicación total, emergen hoy comunidades más flexibles, temporales y porosas, compatibles con una fuerte individuación y con pertenencias múltiples.
El texto concluye que la Escuela y la Ciudad Abierta no deben renunciar a sus horizontes fundacionales, pero sí reconocer que estos requieren nuevas mediaciones e invenciones para subsistir. No se trata de comenzar desde cero, sino de asumir mutaciones capaces de recrear, en condiciones contemporáneas, la relación entre formación, obra, pensamiento y habitar. - ↑ Se dice que estamos en un cambio de época, pero esta aseveración es causada por una impresión subjetiva. Siempre es posible estar en un cambio de época, dependiendo de los indicadores a tener en cuenta.
Lo que sí es correcto es que ciertos aspectos que se consideraron estables por élites políticas gobernantes y por las personas gobernadas, hoy están obsoletos. Se podría decir que lo único estable es, paradójicamente, la velocidad de la obsolescencia de las estabilidades. Esta velocidad desajusta el encaje entre proceso económico y tecnológico con la capacidad de adaptación de las personas. Mucho más lenta aún es la adaptación de las instituciones democráticas del régimen liberal.
Nuestras democracias, imperfectas en demasiados aspectos, requieren los tiempos de la demora: debates y aproximaciones a la razón, ciencia de largo plazo, trámites de burocracia establecida, cuerpos constitucionales con funcionarios profesionales: parlamentos, juzgados, academias. Pero los mercados financieros y sus movimientos sin control inciden en las decisiones geopolíticas globales en breves ciclos; luego las plataformas digitales reconfiguran los estados de ánimo colectivos al instante. Los ciudadanos se sienten impotentes, desencantados, desafectados. Antes sentían sus votos como importantes e influyentes, pero ahora parece que las grandes decisiones se toman en otro lugar y en otra escala temporal, sin que alcancemos a reflexionar o debatir sobre la conveniencia, las bondades o las negatividades involucradas.
- La multiplicidad o exceso de referentes destrozan la identidad y la voluntad común.
- La economía global impide, obstruye y destruye a las economías locales, con chantajes del capital transnacional.
- Aunque han mejorado sideralmente las condiciones materiales de la existencia en casi todo el mundo, la mega riqueza o los mega ricos dictan decisiones públicas y los más pobres sienten que, a diferencia de antes, votar no sirve de nada; así se resiente la legitimidad de la democracia. - ↑ Carrera.
- ↑ Las constelaciones occidentales son oficialmente 88. Dentro de las más conocidas están las del Zodíaco: Aries, Tauro, Géminis, Cáncer, Leo, Virgo, Libra, Escorpio, Sagitario, Capricornio, Acuario y Piscis. Hasta hoy día hay personas que creen en la astrología zodiacal, que divide la eclíptica en 12 signos basados en estas constelaciones, cada uno asociado a elementos (fuego, tierra, aire, agua), y que definen la personalidad y las emociones según la posición solar.
- ↑ Es cierto, en todo caso, que el poema Amereida ha intentado dar un giro a esta concepción estelar, confiriéndole a la Cruz del Sur un carácter diferente: cosmológico, orientador y ritual. Es un centro orientador del mundo, un signo que articula cielo y tierra, una figura reproducible en todo lugar, un dispositivo de apropiación poética del espacio, un signo de realización, y acaso lo más importante aquí, una imagen de unión de contrarios.
cerrojo de caos
¿Centro del tiempo? ¿Amereida? ¿Cruz sobre la
Amereida? No tan sólo para una vista cartográfica
y casi cosmonáutica; sino cruz reproducida en
todo puesto, en todo lugar: llevada a todo lugar
la estrella cardinal la estrella de los cuatro
ángulos del tiempo en la jornada rectangular
por nuestra trapa de nueve frentes nuestra
muda espera políglota nuestra girante rosa de
los vientos nuestra veleta que inviste las ciudades
en todo sentido trazando signos sobre las
casas apropiándonos hasta el acabóse el papel
de ángeles tomando a nuestro cargo “realizar” las
promesas figuradas desde siempre encajando sobre
el terreno el macrocosmos y el microcosmos
ayuntando aquí la piedra cruda con la prescripción
del allá atornillando las mitades desiguales
la una a la otra para que haya un signo - ↑ Sobre la materia y la energía oscura. La materia oscura y la energía oscura son los dos componentes más abundantes y misteriosos del cosmos, conformando aproximadamente el 95% del universo. Aunque son invisibles porque no emiten, absorben ni reflejan luz, su existencia se confirma por la influencia que ejercen sobre la materia ordinaria (estrellas, planetas y seres vivos).
- ↑ Sobre una operación parecida a dibujar.
- ↑ Incluso en el gran Huidobro lo europeo versus lo americano no pudo resolverse: El Cid versus Altazor.
- ↑ https://es.wikipedia.org/wiki/Puente_Queshuachaca