Adriana Parcerisa - CONCLUSIONES FINALES - Presentación de las Vanguardias 2018

De Casiopea



TítuloLa culminación de un proceso. ¿El arte por el arte?
Del CursoPresentación de las Vanguardias 2018
CarrerasArquitectura
4
Alumno(s)Adriana Parcerisa

INTRODUCCIÓN

La tarea de investigación culmina aquí. Después de tres ensayos previos, este ensayo trata de recopilar todo aquello aprendido y desvelar nuevas preguntas.



DOCUMENTO

Se puede encontrar el ensayo con su debido formato en el siguiente archivo.

DOCUMENTO: La culminación de un proceso. ¿El arte por el arte?



ENSAYO

LA CULMINACIÓN DE UN PROCESO. ¿EL ARTE POR EL ARTE?

ADRIANA PARCERISA LEDESMA.
Noviembre 2018.
e[ad] Valparaíso.
Presentación de las vanguardias.
Andrés Garcés & Antonia Scarella.


Es una grande y necesaria prueba de perspicacia y de inteligencia el saber qué cuestiones pueden ser formuladas razonablemente, IMMANUEL KANT


TESIS: Que todo análisis artístico se dote del trasfondo real. ¿Qué es el arte y cuál es su función?



Este escrito culmina la investigación llevada a cabo a través del constructivismo y sus herencias. El análisis se ha producido en tres etapas bien marcadas. La primera de ellas, titulada Constructivismo y comunismo de la mano de El Lissitzky, ha abordado una contextualización inicial del constructivismo como movimiento artístico surgido en el sí de la Rusia comunista. Después de esa primera etapa, que ha analizado el constructivismo como mera vanguardia artística, pasamos a la segunda etapa. Bajo el título El pabellón soviético. Altavoz del constructivismo en Europa, aterrizamos de lleno en el constructivismo como vanguardia arquitectónica, y más en concreto, con la obra del pabellón soviético de la URSS para la Exposición de París de 1925. El constructivismo sale de su terreno propio, el soviético, para extenderse a Europa a través de sus obras arquitectónicas. Es decir, vivimos una doble expansión del área de actuación del constructivismo, ampliando sus disciplinas artísticas y sus territorios de influencia. Décadas después, es donde culmina la investigación. Titulada La estación de bomberos Vitra. Auge del deconstructivismo en Zaha Hadid, esta última parte nos permite ver cómo las ideas constructivistas son tomadas décadas después por la arquitectura contemporánea, dando lugar a nuevos movimientos, en ese caso, al deconstructivismo.



Así pues, este último ensayo se ve envuelto de la voluntad de dar unión a los tres escritos previos, relacionando todos sus hilos sueltos para dar mayor consistencia al constructivismo como movimiento de vanguardia.




Cuando en octubre de 1917 estalló la revolución en Rusia, la arquitectura era solamente un disfrute para las clases privilegiadas. Los antiguos palacios, los edificios públicos, las iglesias… todo pertenecía a la iglesia ortodoxa y al zar. Es por eso que en cuando aparecieron los aires revolucionarios fue necesaria la aparición de una nueva arquitectura, una arquitectura que apelara al grueso de la población, al proletariado obrero soviético. Esa arquitectura es la llamada arquitectura constructivista.



Aunque se entiende por constructivismo el movimiento surgido básicamente durante la década de los veinte, su recorrido va más allá. Se identifican en él cuatro etapas básicas, de las cuales la primera es la más importante. La primera etapa es la llamada etapa de Vanguardia, desarrollada desde la aparición de las primeras ideas constructivistas, alrededor del año 1915, hasta la subida de Stalin al poder. Es la fase más radical, y en la que se cuestionan todos los principios rusos tradicionales. La arquitectura es para el pueblo y por el pueblo, se derrumban todos los cánones establecidos, y tras la victoria de la revolución bolchevique, se inicia este movimiento con grandes esperanzas. Son de esta época los artistas y arquitectos de más renombre, como Tatlin, Lissitzky, Mélnikov, Ginzburg…

La segunda fase, la Estalinista, empieza a mitades de los años 30 y lleva indudablemente las ideas constructivistas a su fin. En cierto modo, podemos decir que el constructivismo en sí, o por lo menos, el constructivismo analizado en esta investigación, muere con la subida de Stalin al poder. El régimen soviético se convierte en la dictadura de Stalin, y su único objetivo es demostrar al mundo la grandeza de la Unión Soviética. Para tal fin, se construyen enormes edificios que den fe del poder de la URSS. Lo que había nacido como un movimiento social y de cambio, poco a poco se va convirtiendo en construcciones que tratan de rivalizar y superar el capitalismo de las civilizaciones occidentales.

Aunque a partir de ese momento el constructivismo como tal queda desvirtuado, identificamos todavía dos etapas más, antes de llegar a su fin. De los años 50 a los 70, la construcción de macrobloques de vivienda es el mayor hito de la arquitectura soviética. Se trata de cubrir las necesidades de vivienda del pueblo soviético, tratando de mejorar sus condiciones de vida.

A finales de los setenta, la era soviética entró en un proceso de destrucción, que llevó consigo anhelos de reconstruir una nueva arquitectura claramente pretenciosa. El cóctel de los estilos anteriores da lugar a una arquitectura incapaz de expresarse, envuelta de brutalismo, funcionalismo y pseudoclasicismo. Nos encontramos con la arquitectura del caos, proveniente de un sistema decadente. Y ese es el fin, tanto de la Unión Soviética, como del constructivismo.


En su momento definimos el constructivismo como una corriente artística y arquitectónica que estuvo al servicio de la revolución soviética. Así pues, es cierto que estas cuatro etapas pertenecen al movimiento constructivista, ya que en cada una de ellas se intentan satisfacer las necesidades propias de la sociedad rusa. Sin embargo, entendemos como mera vanguardia artística únicamente la primera etapa, en la que el constructivismo, además de su función utilitaria y social, tuvo una función dentro del mundo artístico, dando cabida a una nueva manera de entender el arte.


En los escasos años que el constructivismo permaneció vivo como vanguardia, fueron muchos sus logros. Nunca antes había habido ningún movimiento de vanguardia que tuviera plenitud en todas las disciplinas, nunca antes un movimiento de vanguardia había tenido una presencia tan esencial en el mundo arquitectónico. Si bien es cierto que al pensar en general en los movimientos de vanguardias es muy probable que lo primero que nos venga a la mente sean los -ismos del cubismo, dadaísmo, surrealismo y futurismo, su impacto fue meramente artístico (dejando de lado algunas obras futuristas más bien fallidas de la mano de Antonio Sant’Elia). Así que por lo que a la producción artística se refiere, el constructivismo lleva ventaja de todo el resto de movimientos de vanguardias. Llegó a una plenitud de interrelación entre las artes nunca antes lograda.


Es objetivo de este ensayo el analizar por qué el constructivismo no tuvo el éxito que, aparentemente, por sus características debería haber tenido.

Hemos visto en primer lugar que fue, si no el único, uno de los pocos movimientos de vanguardia que nació en el mundo pictórico y rápidamente se trasladó a todas las disciplinas artísticas del momento, enfatizando su impacto en la arquitectura y en el arte propagandístico. Hay una pieza clave en todo esto, y es el contexto en que surgió. El constructivismo apareció en el sí de una sociedad aparentemente todavía no corrompida por el sistema capitalista y consumista que reinaba en Europa desde la Revolución Industrial. La sociedad rusa era proletaria y vivía dentro de una jerarquía feudal muy anticuada. Era evidente que en algún momento este desfase temporal debía estallar, y eso es lo que pasó en las sucesivas revoluciones de 1917.

Sin embargo, dada la historia mundial, parece inevitable que toda y cada una de las sociedades vaya cayendo al sistema político capitalista actual. Como si todo desarrollo nos llevara a ello. El constructivismo y el comunismo de la URSS fueron un intento fallido de evitar eso que parece un destino final -o fatal-.


Se puede analizar una corriente artística desde muchos puntos de vista distintos, y eso es lo que se ha tratado con esos ensayos. La primera manera, y la más inmediata, es el análisis de sus rasgos artísticos. En el constructivismo, ese análisis se caracterizaría por la tridimensionalidad, la representación de dinamismo y movimiento, y la geometrización funcional. La abstracción a partir de tonos de color muy concretos también forma parte de esta definición artística de lo que es el constructivismo. Yendo un poco más allá, podemos buscar aquellas intenciones más profundas que puede tener ese movimiento. Encontramos constantes alusiones a símbolos de progreso, las formas pesadas, el impacto de la sociedad. El constructivismo expone una obra que está en comunicación con el espacio y el ambiente que rodea la pieza.

Sin embargo, sentimos que nos falta alguna cosa más. Esa parte más social que desvincula el arte de todo carácter global. Quizás es que el constructivismo sólo podía funcionar en ese momento y en ese lugar. Quizás el cubismo fuera de los bares parisinos de Montmartre y de ambiente intelectual no tenía ningún sentido. Puede incluso quizás que el surrealismo fuera solo entendido en cuatro mentes de todo el mundo. Quizás sea esa voluntad de globalizarnos la que nos lleva al fracaso.


Pero nos resistimos a decir que el constructivismo fue un fracaso. Es el único movimiento que nos da esa esperanza de creer que el arte puede representar a la sociedad, puede apelarla en su conjunto. Es un hecho que, como representación artística, a través del arte propagandístico, el constructivismo fue un éxito. La población se sentía identificada con esos carteles estridentes que llevaban a la gente a la revolución. Son muchos los estudios acerca la propagandística soviética, y hay claros ejemplos de carteles en los que lo que se busca es que el llamado pueblo soviético, el obrero, el proletario, sea quien lleve las riendas de los acontecimientos que están emergiendo en la URSS: la construcción de una nueva sociedad, de una nueva persona.


El constructivismo se entiende como una filosofía. La cultura burguesa es reemplazada por el movimiento proletario revolucionario, y a la vez, se acepta la modernidad y la industria como algo implícito en esos tiempos. Es decir, se está dando el poder a dos elementos que nunca lo habían tenido: el proletariado y la tecnología. Ese debería ser el sueño de toda población: que el poder sea tomado por el grueso social y que se tomen como propios los avances del momento. Pero tener poder te vuelve poderoso. Y aunque parezca obvio, lo que significa es que el hecho de tener poder te cambia a ti como persona. Puedes tener suerte, pero eso no cambia quién eres. Puedes tener mala suerte, que eso tampoco te cambia. Pero tener poder… Tener poder te convierte en alguien implícitamente superior. El poder cuesta compartirlo y cuánto más tienes, más quieres. Y así culminó la dictadura del proletariado de Lenin. Stalin, al relevar a Lenin tras su muerte, tomó esa dictadura como propia, y el comunismo se convirtió en la dictadura de Stalin.


Pero el comunismo como tal no llegó a funcionar. La inevitable pregunta de por qué fracasó aquella experiencia iniciada hace ahora un siglo tal vez se responda recordando las circunstancias anómalas en que triunfó la revolución, en un país atrasado, campesino, sin apenas clase obrera. Y es que ese fue el gran error. Creer que Rusia era una nación obrera, creer que la figura del campesino y la del obrero eran la misma. Rusia justo salía del mundo feudal, de la sociedad agraria. A largo plazo, la URSS fue víctima de la gran transgresión a las leyes de la historia, o al menos del materialismo histórico, que supuso hacer una revolución obrera en un país sin clase obrera.


Así pues, nos encontramos en la dicotomía de que ni el comunismo ni el constructivismo llegaron a su máxima plenitud. Por un lado, estamos hablando de una teoría político-social, la cual no es el principal objeto de estudio. Por otro lado, estamos ante una de las experiencias artísticas más potentes del siglo XX. Ante ese panorama, parecen irrelevantes muchos estudios artísticos que se han hecho hasta el momento. A menudo, las mayores discusiones e indagaciones del arte son acerca de detalles, sobre si esa obra es más surrealista o más dadaísta, sobre si ese pintor encaja a la perfección con tal movimiento. Pero sin embargo, el cuestionamiento de fondo siempre va más allá. Quizás ha hecho falta todo este análisis con el constructivismo como hilo conductor para darnos cuenta de cuál es la verdadera pregunta sin respuesta, la hipótesis escondida en toda investigación artística. Necesitamos ese arte, ese ir más allá, para representar una realidad frustrada. Necesitamos las novelas para leer aquello que nunca nos sucederá, necesitamos la música para que alguien nos cante, necesitamos la pintura para reconocer en ella atisbos de verdad absoluta. Y al final, necesitamos ese cobijo inmaterial que nos da una buena arquitectura. Así pues, estamos hablando de la función del arte. ¿Evadir?


Pierde consistencia la indagación que se ha hecho a lo largo de estos ensayos acerca del constructivismo como movimiento de vanguardia, tanto artístico como arquitectónico, y del deconstructivismo como movimiento arquitectónico postvanguardista. En términos de puro análisis formal, el deconstructivismo puede llegar a ser primo del constructivismo, pero sin ese aparente arraigo social del primero.


Tiene sentido, y ha tenido mucho sentido, el análisis realizado, partiendo de Lissitzky y su constructivismo propagandístico, pasando por el constructivismo arquitectónico de Mélnikov, y finalizando con el deconstructivismo de Zaha Hadid. La obra de esta última ha tenido muchísimas críticas en los últimos años. Sin embargo, la obra de Mélnikov no tantas. El análisis formal de ambas arquitecturas es muy parecido, pero el constructivismo mélnikoviano se entiende a partir de esa lógica socialista. Pero, al fin y al cabo, quizás sea todo lo mismo. La mera abstracción formal, geométrica, en ciertos puntos la experimentación hacia la simplicidad. A menudo, cuánto más raro, mejor.


Este último ensayo de conclusiones finales, quizás debería haber abordado las interrelaciones entre Lissitzky, Mélnikov y Zaha Hadid, entre sus obras, entre sus movimientos y contextos. Quizás no, debería haber sido así, hablando de las características de cada obra, y reflejando sus parecidos y sus diferencias. Sin embargo, aunque el objetivo al inicio del texto era ese, se ha ido desvirtuando y ha aparecido el trasfondo. En cierto modo, decir que el constructivismo refleja las intenciones de una sociedad, que pertenece al proletariado, son palabras vacías. El arte social nos convierte en masa, y cuesta salir de ese sentimiento de pertenencia grupal. Una masa de soviéticos proletarios a quienes se les ha dicho que el arte es suyo, que la revolución es suya. Eso es imparable. E impersonal.


¿Puede el arte ser global? ¿Puede acontecer desarraigado de su contexto? ¿El deconstructivismo es el constructivismo pero sin ningún interés social? ¿Qué tiene de representación de la sociedad una forma geométrica abstracta, que no es orgánica?


Quizás todo ese análisis únicamente ha servido para embrollar todavía más mi conceptualización del arte soviético. Este es un texto sin citas, unas palabras acumuladas que únicamente han brollado de mí. Otro lo haría indudablemente mejor, pero ahora mismo a mí lo que me queda es esa incertidumbre.


Este es un texto mío, en donde culmina el proceso de análisis y empieza el de introspección.


¿Qué es para mí el arte?




REFERENCIAS

Esto es un ensayo propio y que refleja únicamente aquello que he aprendido a lo largo de las investigaciones acerca del constructivismo y todo lo que le rodea. La única fuente usada ha sido todo aquel conocimiento que he ido acumulando a lo largo del curso.