Taller de Amereida 2003

De Casiopea



Asignatura(s)Taller de Amereida
Año2003
TalleresARQ 1º, ARQ 2º, ARQ 3º, ARQ 4º, ARQ 5º, DIS 1º, DG 2º, DG 3º, DG 4º, DO 2º, DO 3º, DO 4º
ProfesoresAlberto Cruz, Jaime Reyes, Manuel Sanfuentes, Andrés Garcés
Palabras Clavearquitectura, poesía, taller de amereida, poética
Carreras RelacionadasArquitectura, Diseño Gráfico, Diseño Industrial

Fotografías

Taller de Amereida - CL ame 03

Clases de Jaime Reyes

¡Dante o Nada!

para don Mario Cabrera

Es la consigna proclamada hace más de 60 años por un grupo de poetas en Buenos Aires. Es una indicación extraña que como una luz inextinguible sigue acompañando a los integrantes de una cofradía poética llamada “La Santa Hermandad de la Orquídea”. Yo conozco apenas a uno de sus integrantes; el poeta brasileño Gerardo Melo, autor de la carta que les leí la vez anterior, aquella en que relataba una hoguera inicial, aquel acto primero de nuestra poesía americana. De hecho lo he visto en una sola ocasión; cuando vino para el funeral de Godo hace ya tres años. Yo no pertenezco a la hermandad ni conocí a los demás hermanos, pero esa voz “Dante o Nada” resuena como un eco insistido y realizado aún hoy entre los que continuamos con los asuntos de la poesía, por lo menos en esta escuela.

Sabemos que la mayoría de los manifiestos tienen una potencia inaugural basada en el impacto de su aparición, y que acaban por extinguirse y diluirse ante la fuerza avasalladora de un tiempo siempre móvil y cambiante. Los hechos y circunstancias de la vida terminan por comprometer y corromper los principios y la pasión. Sabemos que todos los manifiestos de los movimientos de vanguardia de comienzos del siglo XX no permanecieron activos demasiado tiempo en la creación y en la mantención de sus propuestas. Algunos hicieron escuela y duraron un poco más que otros, pero a la vuelta de las décadas se han convertido en materia de estudio de la historia en cuanto fenómenos importantes pero finalmente pasajeros; radicales pero efímeros.

Gerardo Melo, cuando estuvo ante todos nosotros en la ciudad abierta dijo: “A veces separados, a veces juntos, caminamos hace 60 años. Yo mismo anduve por todos los países del planeta casi. No estuvimos siempre físicamente juntos; 3 años sí que estuvimos juntos el día y la noche, a veces viviendo en la misma pieza. Éramos 6, no teníamos plata como para alojarnos, vivíamos en la misma pieza, 6 personas dormíamos en el suelo... durante 3 años leyendo el día y la noche la Divina Comedia; El Quijote; Hölderlin, y así, así, así vivimos, y nos llamábamos la Santa Hermandad de la Orquídea. Porque la Orquídea no tiene vida propia; la Orquídea sube a la vida del árbol y nosotros a la vida de lo divino: de esto vivíamos, de lo divino. Era una aventura la Santa Hermandad de la Orquídea. Creo que nos hemos mantenido fieles a nuestra consigna primera, a esta cosa de estar siempre con lo sobrenatural. Y Godo después vino a anclar en Chile, lo que ha sido una felicidad: es el espacio sagrado para nosotros. Teníamos esas pequeñas cosas, teníamos un compromiso: que cada mañana, estuviéramos donde estuviéramos al levantarnos, rezar -o cualquier cosa- y cada uno de nosotros pronunciaría el nombre de los 6 miembros de la Santa Hermandad de la Orquídea. Yo lo hago hace sesenta y tantos años: “Raúl, Godo, ta, ta... casi como una letanía, la primera cosa que hago todos los días. Para que pudiéramos permanecer fieles a nuestro compromiso con la eternidad...”

Ahora bien, ¿Cuál es la fuerza de esa consigna que la mantiene con vida? ¿Por qué pudieron ellos permanecer fieles después de más de 60 años? ¿Qué secretos inefables se esconden en esas tres brevísimas palabras?

Ninguno de los hermanos se dedicó a copiar a Dante; ni su temática, ni sus tonos, ni su modo de vida. No se trataba de tener al poeta italiano como ejemplo literal de nada práctico ni de nada espiritual ni mucho menos de algo literario. La frase es confrontacional, por cierto. No permite indiferencia ni medias tintas. Y el mismo hecho de ser así, radical, de no permitir margen de juego ni de movimiento, provoca mayor sorpresa cuando vemos y sobre todo sentimos que se mantiene y que sobrevive. Aquí no hay acomodaciones ni interpretaciones posibles.

No puedo dar fe de los demás poetas hermanos, pero creo que Godo siguió al pie de la letra y sin apartarse ni un vocablo de semejante sentencia impresionante. Y voy a explicar cómo.

Al principio de la Divina Comedia Dante llama a Virgilio, el poeta de la Eneida y fundador de la leyenda de Roma, y le solicita que lo guíe en su viaje por la aventura de los infiernos, del purgatorio y del paraíso. Godo hizo exactamente lo mismo. Baste leer el título “amereida”. Godo también le pidió a Virgilio que lo guiara para elaborar una leyenda poética; la de nuestra América regalada. Godo comprometió su vida y su obra en un encargo dificilísimo: cantar un continente a través de una épica completa. Y nos atravesó su palabra, su poesía, hasta la sangre misma, de suerte que todos nosotros estamos inmersos sin remedio en mitad de la aventura. Hacemos travesías para continuar con la consigna, para que la leyenda sea construida y a partir de ella compartir un origen y debatir un destino. Esta empresa nuestra nace de una revelación, de un arrojo o coraje que no tiene término ni final en el tiempo. No puede acabarse porque no responde a las circunstancias ni a las vicisitudes cotidianas. En el fondo se trata de algo que no nos pertenece del todo; es una obra mayor que no depende de las personas. Murió Godo y otros horribles trabajadores han venido para comenzar en el punto en que él desapareció. Y otros vendrán a su vez para continuar en los horizontes en que a nosotros nos corresponda sucumbir.

La consigna ¡Dante o Nada! no fue una declaración al modo de los manifiestos, no fue un lema al modo de la política: fue y es una invitación al juego que conmueve hasta la base de misma de nuestro íntimo fundamento.

Voy a intentar explicarme haciendo un breve rodeo.

Ustedes y yo hemos sido educados, sin variaciones demasiado profundas, de la misma manera: El hecho es que pertenecemos a una realidad llamada Civilización Occidental. La misma que Dante y Godo (no así Virgilio) ayudaron a forjar (aunque ellos intentaron lograr algo bastante distinto a lo que hoy se acepta como una normal situación mundial). Y en esa educación aprendimos a adorar la disciplina marcada por el pensamiento; la verdad fundada en inventos ancestrales que ordenan la construcción de cierto tipo de preguntas consideradas esenciales. Con los ojos adquirimos las demostraciones de un paisaje edificado por la sabiduría. Con los oídos recibimos las vibraciones de ciertos aires y estratos que funcionan como sistema. El tacto es para urdir el peso de las herramientas y las manos son para elaborarlas. El cuerpo lo usamos para retirarlo de los fenómenos y así obtener el conocimiento. Sabemos lo implacable que es el razonamiento, podemos acumular y acumular certidumbres a través de procesos. En el fondo somos hombres y mujeres y sociedades que progresan. Creemos fielmente que la historia cursa su ser y su estado sobre una linea. Ya no necesitamos que los dioses creen el mundo porque podemos incluso crear a los dioses. Estamos arrojados hacia la gloria de los procedimientos lógicos; enfrentados al rostro objetivo del universo; cazados por las escala cronológica e inmutable de las eras y armados por la estructura infalible de la inteligencia. Nuestras familias se reducen para adaptarse a la medida de espacios habitables optimizados por el rigor de la velocidad, por el recinto privado. Todos nuestros años son siempre de preparación y entrenamiento, como si apostásemos el sudor del trabajo siempre al futuro, en la pretensión de una recompensa venidera. Pero esa apuesta nunca es respetada por la vida y menos aún por la muerte, por lo tanto tampoco por la eternidad ni por el presente.

La consigna de la Santa Hermandad de la Orquídea, el rumbo americano abierto por Godo y las estrellas firmadas de Virgilio y de Dante son una exhortación para muchas empresas de vida, pero ante todo son un canto profundamente actual para que una leyenda se realice a plenitud. Nosotros hablamos estas cosas aquí, en este Taller de América que reúne a toda la escuela, precisamente por el hecho mismo de la reunión. Esta escuela se hace con todos y cada uno de nosotros, los que estamos y los que estuvieron; es esta una empresa colectiva que descansa lejos de la individualización extrema que nos propone el mundo del éxito supuestamente adecuado y actual. Aquí cuenta la comunidad que me gusta llamar la multitud, por que sólo a través de la fiesta de la multitud se construye verdaderamente el mundo. Rimbaud cantó una vez que vale lo mismo la mano que ara que la mano que escribe, y nosotros lo tradujimos en la dura creencia de que no existen oficios superiores ni inferiores, sólo existe la igualdad intrínseca de todos los oficios. Sólo hay personas entregadas sin temor y por amor al servicio de la realidad. Una de estas personas murió el domingo recién pasado, se llamaba Don Mario Cabrera. No era poeta ni académico, sin embargo estuvo casi toda su vida con nosotros. De hecho estuvo hasta más que nosotros, porque la casa de la escuela era su casa, vivía junto a su familia en este edificio (allí donde ustedes hoy día van a sacar fotocopias) y acaso tal vez por eso es que nosotros, en esta escuela, tenemos CASA. Y esta es una posesión preciosa y libre en un mundo que sólo quiere reconocerle valor al servicio impersonal y aséptico, en donde las relaciones humanas se miden como recurso y no como lo que realmente son: una fuente eterna de maravilla. Don Mario estuvo en cuerpo y alma enteramente dedicado a esta relación amorosa y prueba de ello es que su labor dejó -hace ya muchos años- de ser un mero servicio profesional para convertirse en vocación. El testimonio de esta vocación es que su mujer, sus hijos, sus nietas, su familia, se quedó con nosotros para continuarla y extenderla. Ese eros hondo y extraordinario es lo que nos constituye firme y sagradamente sobre la voluntad de hacer un mundo, superando toda aquella educación inútil que nos desvía. Espero que esta escuela de arquitectura y diseño continúe necesitando de esta clase de compromisos. Para que sigan existiendo personas, verdaderas y exquisitas personas como Don Mario Cabrera. Hoy nos corresponde agradecerle y prometerle un lugar junto a Mnemosine, la madre de nuestras musas.

Invito a todos los que conocieron a Don Mario y a los que deseen acompañar a su familia a una misa que se realizará ahora a las dos de la tarde en la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús en miraflores alto.

Melo a Godo

martes 18 de marzo de 2003

texto publicado en los diarios, por Gerardo Mello cuando la muerte de Godo

En Viña del Mar hubo un Poeta

Eramos seis. Hoy tampoco somos muchos. Tal vez algunas decenas, en distintas ciudades del planeta, los poetas que no podemos concebir la poesía sin Godo. Aún más: no podemos concebir al mundo sin Godo. Todo comenzó una larga noche en un bar de Buenos Aires, teníamos 20 años. Salimos con los brazos entrelazados, encendimos una fogata en medio de la plaza, y quemamos centenares de versos. En el aire quedó la frase de Godo: “no afirmo nada, no niego nada, celebro”. Celebramos entre las llamas nuestra propia ligereza juvenil y la partida del viaje hacia la poesía. En nuestra bolsa de viaje Virgilio, Homero, Dante, Hölderlin y el Quijote. Siete, ocho horas de lectura, solitaria o en común, durante años. Godo se conocía de memoria el mapa de todos los viajes. A nosotros nos quedó el de Dante, y así fue como partimos hacia el Infierno, el Purgatorio, el Paraíso. Había una consigna tal vez juvenil y arrogante, pero la única para quien no quiere decir lo que ya se ha dicho: “Dante o nada”. Nosotros la repetimos incesantemente sobre las aguas del Amazonas, en los burdeles, en las iglesias, en la selva elemental. Más adelante, en las cordilleras de América, en las metrópolis del norte y en las viejas ciudades fundadoras de nuestro mundo, por las calles de Europa. El lo sabía todo y lo contrario de todo. Conocía la lengua y la palabra, la letra y la sílaba. Después inventó el lenguaje. Atravesamos los golfos, el surrealismo, el ultraísmos y los demás. En el dulce país de Chile inventó a la más bella de las mujeres y al amor más fervoroso. Y en ese mismo instante también inventó al amor que mueve al sol y a las demás estrellas. Y vio al Dios de amor, luz de luz, lumen de lumine. Buenaventura, el seráfico doctor, enseña que sólo se entra al Paraíso con elegancia y cortesía. El fue el más elegante y el más cortés de los poetas. Kavafis, el padre de la poesía griega contemporánea, nunca editó un libro en su vida. Godofredo tampoco lo hizo, aparte de algún que otro texto publicado en Francia, en Alemania y en Brasil. Pero toda su obra fue primorosamente impresa, durante años, por una refinada curaduría del Instituto de Arte de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Católica de Valparaíso, etapa de su vida de poeta. Ahora que ha partido, cuando ya no es necesario obedecer la rigurosa discreción de su cortesía y de su elegancia, esta obra comenzará a ser celebrada, y crecerá el número de aquellos que hoy ya no comprendemos al mundo sin Godo, a la poesía sin Godo y de aquellos que sabemos que en Viña del Mar hubo un poeta.

Gerardo Mello, desde Río de Janeiro

trimestre 2 clase 1

El Viaje / La Partida

24 de Junio de 2003.


En este período quisiéramos comenzar a aproximarnos a la Travesía, que acaso sea la experiencia más radical de cuantas se acometen en esta escuela. Manuel y yo vamos a hacer este acercamiento desde los campos de la poesía, por lo que escogimos una palabra a la que interrogaremos durante todo el trimestre. Es la palabra VIAJE.

Existen muchas clases de viajes, quizá tantos como seres existan cogidos por sus impulsos complejos y extensos. Impulsos derivados de los anhelos, los instintos o las pasiones. Propongo entonces una primera pregunta: ¿qué es, esencialmente, un viaje? ¿hay uno o más elementos que, sin excepción, sean comunes a todos y cada uno de los viajes habidos y por haber?

el taller responde:

  • el azar o expectativa
  • la partida
  • el regreso
  • el destino o meta
  • la memoria
  • el traslado
  • el desconocido
  • las motivaciones

Antes de escoger alguna de estas cosas que ustedes han dicho quisiera sacar de la lista la meta o destino porque pareciera que sí hay viajes que se cumplen sin la necesidad obligatoria de alcanzar el destino trazado, aunque la llegada, el llegar, sí está en la esencia profunda de los viajes, aunque íntimamente relacionada con la palabra volver. Sobre este punto abundaremos en otra ocasión. Ahora escojo un verbo de la lista: Para viajar hay que partir. Inexorablemente partir. Para viajar basta el sencillo y aparentemente inocente partir. Pero esto es mucho más que comenzar o empezar a caminar o ponerse en marcha o “ir hacia”. Es aún más sencillo; partir significa dividir una cosa en dos o más partes. Pero quisiera tomar esta división no como un hecho que produce fronteras o límites, sino precisamente lo contrario: partir es una división como son las de los puentes, que comunican y reúnen dos orillas distantes y lejanas. Leemos la división como una abertura, como abrir con una escisión desgarradora que asienta y muestra una realidad nueva. Nosotros decimos en castellano que partir es “abrir un fruto”, por eso se parece al puente. Porque abrir un fruto es una acción amorosa, erótica. Como un beso que reúne y convierte, a través de las bocas, a dos personas en un solo ser de una vez y para siempre.

Aquello que se divide en dos o más partes es el tiempo. Un hombre o una mujer que han viajado devienen en personas enriquecidas con elementos nuevos de todo orden, con un tiempo repleto de distingos insólitos y vastos. Por eso decimos de alguien que ha viajado “se le abrió el mundo”. En el fondo podemos decir que el tiempo - al partir- se “compone” con otra configuración. En castellano son semejantes partir y partitura. Se trata entonces realmente de una composición; en un caso es la forma de la música y en el otro es la forma del tiempo. Una forma que se relanza, se reordena y se revive. Una vez que el tiempo ha sido abierto, los horizontes del desconocido asoman consonando como la canción imposible que nos encanta y nos convierte, como el canto de las partidas que nos conmueve y nos impulsa. Amereida es un canto de viajes, un canto de partidas.

partir es “abrir un fruto”

Lecturas recomendadas

  1. Poema «El Viaje» de Charles Baudelaire. En «Las Flores del Mal».
  2. Poema «El Transiberiano» (Prosa del Transiberiano y de la pequeña Juana de Francia), de Blaise Cendrars.

trimestre 2 clase 2

volver, palabra real

Comenzamos este período del Taller de América sobre una palabra como enunciado principal: VIAJE. Preguntamos entonces qué cosas eran absolutamente indispensables para que un viaje exista, aquello esencial que no puede faltar para que un viaje se cumpla. Ustedes dieron una lista de la que recogimos la palabra partida y acabamos proponiendo que amereida es un poema de viaje y de partidas. Voy a extenderme un poco sobre esta proposición, aunque debo aclarar que el libro es mucho más y que se lo puede recoger desde múltiples puntos de vista. Este es sólo uno más.

El primer poema de amereida es una exhortación a los marinos, que acaso sean los viajeros por excelencia. El 2º y el 3er poema tratan la travesía; la definen y la anuncian. Luego viene el inventario (pag. 51); un orden para enumerar poéticamente aquello que llevamos en un viaje. Luego se menciona quienes viajan y quienes ayudaron en el viaje (pag. 58). En la página 67 aparece la palabra náufrago, sobre la que me detendré más adelante. Y así puedo seguir citando directamente párrafos repletos de relaciones.

  • pág. 77: los viajes enseñan (entre otras cosas) que las palabras son como extrañas a las cosas que nombran...
  • pág. 80: ¿el viaje? acaso hay que venir a celebrar en el lugar mismo ver marcar inscribir
  • pág. 82: y aún más -para poder hablar hay que perder la palabra- lo que se produce en el simple viaje...
  • pág. 90: ...una respuesta - mañana partimos a recorrer américa
  • pág. 92: para respondernos mañana partimos...
  • pág. 96: para palpar el presente de lo leve es que mañana partimos a lo largo y ancho de américa...
  • pág. 99: mañana partimos a tierras de climas extremos en su estación extrema al cabo de hornos para desde allá comenzar a recorrer américa...
  • pág. 102: por eso mañana partimos a recorrer américa e ir junto a ella sin interrumpirla cuando nos diga sus encargos...
  • pág. 106: para deshacernos y deshacer este equivoco es que mañana partimos a recorrer américa...
  • pág. 111: para librarnos y librar al presente de toda sospecha de impostura mañana comenzaremos a recorrer américa... por eso mañana partimos...
  • pág. 116: por eso mañana partimos a recorrer américa en camioneta...
  • pág. 120: y para llevar a cabo este mirar mañana partimos a recorrer américa...
  • pág. 124: y este lenguaje de lo múltiple debe hablar en américa él nos lleva a que mañana emprendamos el comienzo de un viaje que atraviese sus tierras...

Luego desde la página 134 a la 153 están citados los cronistas españoles que vinieron por primera vez y sus crónicas son relatos de viaje. En la página 169 están los mapas y la palabra orientarse, el sentido poético de nuestra orientación. En la página 186 y 187 están los mapas con la ruta de viaje de la primera travesía. En la 189 dice y acaba “el camino no es el camino”.

Ahora quisiera recoger dos palabras mencionadas la clase pasada y que nosotros reunimos en una sola en aquella lista, las palabras “regresar” y “llegar” las unimos en la palabra VOLVER. Pues bien, en la página 184 de amereida, justo cuando el poema va a terminar hay un párrafo que dice:

Resulta que todas las partidas habladas en el poema culminan con una sola, la más importante. Al final se parte para llegar, para volver. Y el poema indica la clave para comprender un poco más profundamente el asunto cuando dice que en esta acción intermitente de ir y volver se construye “lo permanente” de una ciudad. Voy dar un ejemplo.

Hay una instancia en que una partida queda frustrada; una situación extraordinaria por la cual aquel que partió de viaje puede quedar impedido, incompleto, interrumpido. Hay un viajero cuyo viaje queda suspendido ad eternum y su alma permanece en vilo atrapada entre los fantasmas del tiempo. Estoy hablando del naufragio. Un náufrago vive en una contradicción del tiempo porque no tiene presente. Todo su mundo se basa en el pasado y en el futuro. Sobrevive entre sus recuerdos y la esperanza de ser rescatado. Vive así en una emergencia constante e insostenible, en un mundo que no le pertenece y que no puede recibirlo. Vive sin orientación, irremediablemente perdido y completamente sojuzgado por las circunstancias del fatal destino. Un náufrago no puede construir nada permanente porque no puede volver. Esa es la parte del viaje que le ha sido negada y es por esa negación que no consuma su viaje y así tampoco se presenta la verdadera realidad. La construcción de lo permanente que se da por el volver es también la construcción de lo trascendente.

(Recuerdo a propósito de estas palabras una cita que hiciera hace algunos años en este mismo Taller y que la semana pasada tratamos en el curso de Presentación al Diseño del primer año. Hablábamos de la sociedad que elaboraron algunos piratas del Caribe: La cofradía de los hermanos de la Costa en la isla La Tortuga [1])

Pensemos entonces que el peligro sublime de un náufrago no es la soledad sino la melancolía; la enfermedad de bajo continuo de la desaparición y la distancia; la enfermedad que atrapa al espíritu para tumbarlo sobre su propia desaparición. Sólo la fe puede vencer a la melancolía, pero ¿una fe poética que nos alimente en travesía? ¿Nos afecta la melancolía y el naufragio en nuestras travesías? Aunque parezca exagerada la pregunta, pero hay aquí presentes algunos de los que fuimos a Puerto Raúl Marín Balmaceda en 1990 y pueden dar testimonio de esto. Seguro que en otras ocasiones también ha surgido el fantasma melancólico del que hablo. La fe de un náufrago ha de ser aquella iluminación por la cual su más íntimo fuero más que resignarse, resucita para el mundo. Es decir, vuelve al mundo, a habitarlo, a vivir sobre la realidad y a construir algo permanente. Ha realizado el ejercicio de llegar y decir este sí es el mundo, que es lo mismo que volver (volver a la vida, al mundo y a sí mismo). Lo realmente hermoso, a pesar de lo dramático y penoso que pueda resultar, es que sólo entonces, sólo una vez que se decide estar de regreso en el mundo se sobrevive (pienso en Shackleton y sus hombres, o en los uruguayos de los andes, etc.). Y más aun: sólo entonces es posible pensar en partir.

Lecturas recomendadas

  1. «South» de Ernest Shackleton.
  2. «El desastre del Essex, hundido por una ballena» de Owen Chase, Thomas Nickerson y otros.

trimestre 2 Clase 3

Azar

15 de julio de 2003.

Nos corresponde, entonces, otro turno hacia la lista de palabras que elaborásemos el primer día; aquellas palabras que enunciaran lo inherente a todo viaje. Ahora decimos la palabra AZAR.

Nos referíamos entonces a aquellos imprevistos que todo viaje posee, a lo sorpresivo que siempre surge e interviene. Y yo voy a interpretar particularmente los asuntos relacionados con esta situación.

Suponiendo primero que el azar se hará patente y presente siempre y sin excepciones durante todo viaje verdadero. Sin embargo no es fácil aclarar ni decir qué es exactamente eso que llamamos azar.

Es ta palabra árabe en los juegos de cartas o naipes significa justamente aquella carta o dado que contiene el número con el que se pierde. Pero en la percepción popular, la que todos tenemos y que además de sabia es la percepción que mejor manejamos, pareciera que el azar puede también resultar provechoso, es decir, que su aparición puede provocar ambas suertes: el buen o el mal destino. Tenemos entonces, pensando en un viaje, dos extremos para aproximarnos desde las palabras hacia la elucidación de nuestra propia lista.

El primero es que resuelve al azar como un impedimento, como lo que desordena, destruye y desorienta el viaje. Aquellos hechos o sucesos o circunstancias por las cuales el viaje se interrumpe, se anula o fracasa. Y nadie en su sano juicio puede desear que esto se produzca, por lo que debe contar con algún arma que lo defienda de esta clase de azar, que lo libre de l a carta con el número que pierde y extravía. El mundo actual ha encontrado esa arma y la usa con denuedo y sin vacilaciones, sin importar las horribles consecuencias. La defensa se llama planificación. Hasta el más mínimo detalle se calcula y se prepara; itinerarios, destinos, gastos, etc. El no cumplimiento de cualquiera de los factores previstos o, más grave aún, el surgimiento de algún factor no considerado derivan en el desastre del contratiempo. No importa por ahora la gravedad del incumplimiento, el hecho ineludible es la aparición del contratiempo. La planificación invade ahora no sólo los viajes, sino prácticamente todos los aspectos de la vida, incluso en aquel incalculable por excelencia: el futuro. Pero el futuro permanece como aquello que posee el poder de destruir lo planificado. Y así el futuro se convierte en amenaza. Vivimos y viajamos en un tiempo mutilado por los contratiempos, en donde la ventura -lo porvenir- es percibido como amenaza, en donde nos sentimos y estamos seguros durante la indiferencia que transcurre dentro de un cálculo casi universal, cuando -paradójicamente- estamos constantemente amenazados por la ruptura de esa indiferencia [2].

La defensa de la planificación no son medios adecuados para salvarnos de las cartas o dados del azar, porque un verdadero viaje no puede emprenderse sobre la base de las amenazas ni de las indiferencias. De hecho esta doble mutilación del tiempo, este permanente contratiempo sí puede salvarse durante los viajes, como veremos al final.

El segundo extremo por el cual se resuelve el azar es aquel en que lo consideramos como las circunstancias favorables. Aquellos hechos, factores y causas que intervienen a favor del viaje. Dicho más simple y sinceramente: las situaciones que responden en orden a permitirnos respetar el plan y el cálculo, la conjetura, la previsión y las suposiciones. Aquello que supuestamente no estaba considerado, pero que se vuelve lo benefactor, que nos acoge, nos hospeda y nos reenvía lo consideramos como algo extraordinario casi salvífico. Incluso llegamos a creer que pueden existir ciertas circunstancias que pueden y alcanzan a modificar radicalmente nuestros itinerarios, plazos y destinos y pareciera que el resultado surge incierto después de todo.

El drama surge cuando caemos en la cuenta que hemos tratado al azar exactamente de la misma forma en ambos extremos: le otorgamos el poder de modificar y de intervenir decisivamente en nuestro viaje. Así entregados nosotros mismos en los brazos inciertos de un azar fluctuante, vacilante, indeciso y variable convertimos al viaje en un títere sin posibilidad alguna de verdaderamente realizarse. Así también le ocurre al tiempo: ha sido transformado en un mero accidente o eventualidad provocado directamente por el azar. Sucede entonces que el cumplimiento de nuestras tareas e incluso de nuestros anhelos dependen del azar.

Hay una maniobra para salir de esta sencilla trampa. Nosotros vamos a aprender a viajar jugando en una phalène[3]. Nosotros sí consideramos al azar, pero al modo como lo hace la phalène; definitivamente no le concedemos al azar el poder sobre el rumbo de nuestro viaje porque no estamos embarcados por la ventura, sino en una aventura. Y la diferencia es fundamental.

Cuando nos ubicamos en el primer extremo mencionado más arriba quisiéramos mudar lo adverso en favorable. Quisiéramos que sean cuales sean los impedimentos infranqueables, los obstáculos insufribles o los contratiempos insalvables, estar disponibles para consideralo todo como un regalo extraordinario e invaluable. Pendientes de aplicar la única regla por la cual el juego de la phalène siempre se cumple y nos deja jugar a todos desde un puesto inicial en el que estamos en lo mismo, todos por igual: la regla que permite corregirse a sí misma en todo momento y en todo lugar. Porque así podemos preparar y calcular el juego [4], pero no condicionados por un resultado en el que importa ganar o perder, sino por un matrimonio entre el lugar y su fórmula. Es decir, un juego en el que lo trascendente y esencial es la experiencia por la que cada cual adviene en la poesía misma. Se trata de un cumplimiento otro, extraño si se quiere, sobre el cual se compone el tiempo presente.

No es lo mismo atravesar un continente que dejarse atravesar por éste. Esa es la clave: dejarse atravesar[5].

Cuando nos ubicamos en el segundo extremo mencionado, aquel que dice que el azar se presenta como la buena suerte, sobreviene una consecuencia que de igual forma nos avisa y advierte que el azar no pude ser el dueño de nuestras posibilidades. Porque podríamos interpretar esa buena suerte como la buena ventura, y siendo así nos hallamos con lo siguiente: Para ser merecedor de las bienaventuranzas[6].

hay que hacer algo, hay que colocar una contraparte; que además resultan ser bastante difíciles de cumplir. En efecto, no es fácil alcanzar la pobreza de espíritu, la mansedumbre o la misericordia. Concluyo que para admitir azares favorables hay que estar incluso más dispuestos y abiertos que para enfrentar la dificultad. Razón y acierto tuvo Pascal cuando decía que el azar premia a los espíritus preparados.

Trimestre 2 Clase 4

desconocido

22 de julio de 2003.

VIII 

O Mort, vieux capitaine, il est temps! levons l'ancre! 
Ce pays nous ennuie, ô Mort! Appareillons! 
Si le ciel et la mer sont noirs comme de l'encre, 
Nos coeurs que tu connais sont remplis de rayons! 

Verse-nous ton poison pour qu'il nous réconforte! 
Nous voulons, tant ce feu nous brûle le cerveau, 
Plonger au fond du gouffre, Enfer ou Ciel, qu'importe? 
Au fond de l'Inconnu pour trouver du nouveau! 


VIII 

Oh, Muerte, vieja capitana, ¡es la hora!, ¡levemos el ancla! 
Cuánto nos pesa este país ¡oh muerte! ¡Aparejemos! 
Si el cielo y el mar son negros cual la tinta, 
¡nuestros corazones que tú conoces están repletos de rayos! 
¡Derrámanos ya tu veneno, y que él nos reconforte! 
Hasta tal punto el fuego nuestros cerebros quema, 
que queremos rodar al fondo del abismo, ¿Infierno o Cielo qué importa ? 
¡al fondo de lo Desconocido para encontrar lo nuevo! 

Esta es la última estrofa del último poema, que se llama “El Viaje”, de “Las Flores del Mal” de Charles Baudelaire, publicado por primera vez hace casi exactamente ciento cincuenta años, en París, Francia. Lo leemos en esta ocasión para avanzar hacia una de las palabras que ustedes pusieron en la lista del primer día de clases. Me refiero a la palabra “DESCONOCIDO”.

Todos ustedes habrán oído muchas veces esta palabra aquí en la Escuela; una palabra que para nosotros es un concepto colmado de sentidos y significados. Pero las más de las veces usamos esta palabra abrazados y rodeados de tantos supuestos y para designar tantas situaciones, que se nos extravían sus claridades. Las más de las veces no entendemos de qué estamos hablando cuando decimos “desconocido”. Se parece a la visita de un eco nítido que nadie sabe de dónde viene pero que todos pretenden comprender. Pues bien. He aquí concretamente de dónde viene: de este poema de Baudelaire. Nada más ni nada menos.

El poeta francés nos hace una exhortación, es decir, una advertencia y una invitación, se trata de hundirnos en el fondo del abismo, hacia lo desconocido, para hallar la novedad. Es esta una invitación extraordinaria porque es la primera que se oye en occidente en dosmilsetecientos años de civilización. Desde Grecia la poesía, y detrás de esta todas las artes, venían oyendo los ecos de otra invitación. Ni opuesta ni contradictoria pero sí esencialmente diferente. Incluso es posible asegurar que el mundo actual no ha olvidado la invitación griega en absoluto. Al contrario, la sigue oyendo y aceptando en todos los órdenes de la vida cotidiana, en las artes, en la política, en fin, en todo momento y todo lugar aún hoy. Es esa invitación que las artes de todos los tiempos reciben de la poesía para obrar en favor de la belleza. Todos los artistas verdaderos se deben irremediablemente a la belleza. No importan los métodos de búsqueda, las danzas de acercamiento, las drogas de inspiración fácil, los materiales, etc. Siempre la belleza allí, residente magnífica, divina y delicada en la obra. Y los griegos tenían un método para alcanzarla, para llegar hasta ella, para obedecerla: la armonía. El objetivo de todo trabajo creativo será la armonía. Y no sólo en el arte, sino en todas las manifestaciones humanas: por ejemplo se trata de que las relaciones familiares sean armoniosas, lo mismo con la interacción entre el hombre y la naturaleza, el comercio entre los estados, y un largo etc. Es el reinado sin contrapeso de la armonía. Es el reinado de un objetivo para conseguir la belleza. El arquitecto León Battista Alberti la define para nosotros: “Definiremos la belleza como armonía, la armonía de todas las partes entre sí ... de tal modo que no se pueda aumentar, disminuir o cambiar sino para peor .... Es el resultado de este gran valor y casi divino para obtener el cual, es necesario empeñar todo el ingenio y toda la habilidad técnica de la que uno está provisto... Es una cualidad resultante de la conexión y unión de los elementos y en ella resplandece toda la forma de la belleza y que nosotros llamamos “conccinnitas”... Es deber y tarea de la “conccinnitas” ordenar según las leyes precisas las partes que por su propia naturaleza serían distintas entre sí, de modo que su aspecto presente una recíproca concordancia. La “conccinnitas” se nutre de la gracia y decoro (decoro en latín quiere decir esplendor). En cualquier cosa que percibamos por vía auditiva, visual o de otro género enseguida advertimos lo que corresponde a la “conccinnitas”. Por instinto natural aspiramos a lo mejor, a lo óptimo y con voluptuosidad adherimos. La “conccinnitas” se manifiesta en el organismo entero... Abraza la vida entera del hombre y sus leyes, preside toda la naturaleza”. Armonía es también unión, ensamble, ajustamiento, hacer que no se rechacen o discuerden dos o más partes de un todo. Armonía la entendemos como pacto, combinación bien concertada, ley, orden, convenio proporcionado, simetría.

Todo esto es lo que Baudelaire acaba con una sola invitación (que a su vez el recibiera de Poe, como anota Godo en “Hay que ser Absolutamente Moderno, pero eso es tema de otro momento). Ya no más la armonía como objetivo sino el desconocido como horizonte.

“que queremos rodar al fondo del abismo, ¿Infierno o Cielo qué importa ? 
¡al fondo de lo Desconocido para encontrar lo nuevo!”

Porque sucede que el abismo en realidad no tiene fondo, es un sin fondo. Ese rodar es un “ir hacia” que no tiene fin: el fondo del abismo no es alcanzable, allí no se puede llegar. Y el fondo del desconocido funciona exactamente igual. En esto es que se parece al horizonte y se diferencia de un objetivo, porque este último es como un blanco hacia el cual se dirigen todos los lanzamientos y sobre el cual después se verifican la calidad de los aciertos. En este horizonte, en los confines, no se puede verificar con esos métodos ni con esas precisiones, Se trata de estar yendo siempre. Es un sin fin, como el amor.

Lo que Baudelaire vislumbrara como “lo nuevo” va a ser luego recogido por otros poetas y después por artistas de todo el mundo. Rimbaud ensancha el horizonte y agrega: “no sólo desconocido sino sea esto con forma o informe. Hay que entrar hasta el fondo para arrebatar a cada época su cuota de desconocido y traerla en la mano, como Prometeo tenía la luz”. Por eso Rimbaud encontró amarga a la belleza cuando la sentó en sus rodillas; porque estaba hecha con la armonía y no con el desconocido. Luego Lautreamont señaló vigorosamente que la poesía no debe ser hecha por uno sino que debe ser hecha por todos (no para todos sino por todos). Y acuña la fórmula más aguda que cierne la poesía moderna: “Una cosa es bella cuando se parece al encuentro fortuito de un paraguas y de una máquina de coser sobre una mesa de operaciones”. Cuando estas tres cosas fuertemente dispares azarosamente se encuentran se revela una región desconocida. Y he aquí finalmente que la armonía desaparece como método de construcción, elaboración, evocación, invitación, etc., de la belleza. A partir de este momento todo trabajo creativo queda abrazado por los mantos de este horizonte y es así que esta Escuela lleva cincuenta años andando. La explicación de Lautreamont es por cierto cifrada y sus interpretaciones pueden ser variadas, pero en esta escuela hemos adelantado en una durante los últimos cincuenta años. Lo hacemos en los proyectos de los talleres; en cada uno de los proyectos que ustedes llevan adelante durante sus estudios. Cada año, las materias propias de la arquitectura y de los diseños aquí recomienzan como si fuese la primera vez que nos enfrentásemos con ellas. Desde el primer año ustedes han de vérselas con la complejidad entera de un proyecto de belleza. Es así que esta escuela y la maduración de ustedes en el oficio no progresan; porque el compromiso artístico es siempre el mismo y requiere de cada vez la misma intensidad y la misma pasión. Cada año, y en cada proyecto, volvemos a no saber. Es decir, a situarnos en un campo sobre el cual el progreso no sirve para nada, porque nosotros no avanzamos sobre una línea de tiempo marcada como sucesiones. Esa mesa de operaciones es nuestros proyectos, y la máquina de coser y el paraguas son todos aquellos elementos que hallamos por medio de la observación. Elementos que no estaban relacionados en la cruda apariencia, pero que el ejercicio artístico de la observación reúne y trae a presencia.

En las travesías nuestra mesa de operaciones es la vasta extensión del continente americano, el paraguas son nuestras obras proyectadas por los oficios y la máquina de coser es la palabra de la poesía. Esa reunión de la palabra y el oficio sobre la extensión americana provoca ala belleza a que venga a nosotros con su reino. Y nosotros además todo esto lo celebramos. Celebramos esta reunión de los elementos distantes sobre un campo nuevo. Y estos no son actos conmemorativos o de lanzamiento ni enunciativos. Es la fiesta del desconocido mismo sin la pretensión de conocerlo ni desenmascararlo (deja que lo oculto se muestre oculto). La celebración más sencilla y también la más radicalmente profunda que quisiéramos acometer es la fiesta con este Taller de América finaliza su etapa. Se llama phalène y ustedes, con las cartas iluminadas que están dibujando en las tareas, están preparando el juego de la pahlène. Un juego que se realiza precisamente sobre ese fondo inalcanzable de los abismos; sobre la derrota preciosa hacia el desconocido: la poesía.

trimetre 2 Clase 5

motivación

29 de julio de 2003.


Hoy corresponde hablar sobre la palabra MOTIVACIÓN, es decir el motivo de todo viaje o el hecho de que todo viaje responde a un motivo. Para ello les pregunto a ustedes ¿por qué viajamos? ¿qué clase de viajes conocen o han hecho ustedes mismos?

los alumnos responden:

  • de negocios (es decir para ganar dinero)
  • de placer (es decir para descansar)
  • de estudio (es decir para conocer)
  • de aventura (es decir “a lo que venga”)
  • de migración (es decir para vivir en otro lugar)
  • de escape (es decir es decir para huir de las leyes, de la guerra)
  • de visita (es decir para la familia o los amigos)
  • de obligación (es decir como los niños)
  • de salud -o enfermedad- (es decir para sanarse).

Todos ustedes tienen absoluta razón respecto de todas estas motivaciones. Todas ellas son reales, válidas y efectivamente dan origen a los viajes. Y como me ocupo del más profundo sentido de las palabras mismas, permítanme leer la primera estrofa del poema “El Viaje” de Charles Baudelaire:


I 

Para el niño, amante de mapas y grabados, 
El universo es igual a su inmenso apetito. 
¡Ah, qué grande es el mundo a la luz de las lámparas!, 
¡qué pequeño es el mundo a los ojos del recuerdo! 

Una mañana partimos, con el cerebro en llamas, 
el corazón henchido de rencor y de amargos deseos, 
y, al ritmo de las olas, vamos 
meciendo nuestro infinito en la finitud de los mares: 

unos, felices por salir de una patria infame; 
otros, por huir del horror de sus cunas, y no faltan 
astrólogos ahogados en los ojos de una mujer, 
la tiránica Circe de peligrosos perfumes. 

Para no ser convertidos en animales, se embriagan 
De espacio, de luz y de abrasados cielos; 
El hielo que les muerde y el sol que les broncea, 
Van borrando despacio la señal de los besos. 

Pero los verdaderos viajeros son sólo los que parten 
Por partir; corazones ligeros, iguales a los globos, 
Que nunca se separan de su fatalidad, 
Y, sin saber por qué, dicen siempre: ¡Adelante!; 

Aquellos cuyos deseos tienen forma de nubes, 
Y que sueñan, como sueña el recluta con el cañón, 
Con inmensos deleites, ignotos y cambiantes, 
¡que el espíritu humano nunca supo nombrar! 


Según el poeta, el verdadero viajero es aquel que parte por partir. ¿Qué quiere decir esta motivación y como ella se relaciona con nuestras travesías o con la phalène?

La palabra motivación proviene del latín movere, que quiere decir mover, movimiento. De ahí la palabra motor. Un motivo es entonces aquello que como un motor mueve a partir; que induce a ponerse en marcha. Y este efecto o inducción se produce a través de una conmoción (conmovimiento). Esta conmoción o emoción se refleja principalmente en el espíritu humano, pero de suerte que ella es aprehendida y comprendida a través de los sentidos. Es cierto que la conmoción podemos traducirla a través de la inteligencia, pero en la honda verdad sucede que ella golpea algo mucho más certero, valioso y profundo que el intelecto. Son los sentidos, todos los sentidos.

La verdad por la cual viajamos no es enteramente determinada por razones. Un viaje no puede estar completamente fundamentado en la razón. Se requiere algo más para comprender el simple hecho de un cualquier viaje, y ese algo más no son causas, sino esa conmoción de los sentidos. Por eso Baudelaire dice “partir por partir”; sin razones ni causas que se puedan explicar por la inteligencia. Partir por partir es para que la verdad -es decir la belleza- aparezca en su más connatural residencia forastera: en este caso, el viaje mismo.

Nuestras travesías se fundan en esta visión. Recuerden que cuando hablamos de la palabra partir yo les enumeré todas las veces que en Amereida aparece “mañana partimos...” y en el poema dice partimos “por esto”, “para esto”, “porque esto otro”. Pero lo importante allí no son los por, los para o los porque, sino que mañana partimos a “recorrer América”. Esto significa que el motor de nuestros viajes es el recorrer mismo, el atravesar mismo. La conmoción que provocan las travesías es que la belleza -la verdad- de nuestra américa aparece, nace, surge en el ir, en el estar yendo. Atravesar y sobretodo dejarse atravesar para que lo singular de cada lugar nos cante a su íntimo, solo y propio dios y que así nuestras obras puedan elogiarlo.

La phalène, el juego de la phalène es exactamente igual. Se trata de que la palabra de la poesía sea hecha por todos allí mismo y en ese preciso momento. La única forma de que ella exista es a través de la conmoción puramente presente del juego mismo. La phalène no se juega para, por o porque , sino en el esplendor de la posibilidad de que ella misma exista como tal. No hay razones para hacer una phalène. Sólo cabe celebrarla. Es lo que hacemos los miércoles por la mañana en la duna de la ciudad abierta. Es lo que hacemos en las travesías por el continente.

Notas

  1. http://wiki.ead.pucv.cl/index.php/Taller_de_Amereida_1999#Clase_01._Primera_Carta Primera carta al Taller de Amereida, de 1999
  2. Amereida vol. II desde pág. 81.
    Nuestra época moderna remata hoy en la per- 
    fección de sus cálculos.   La forma acabada de es- 
    tos cálculos es la planificación 
    Para   la   planifica- 
    ción, el cálculo se extiende hasta lo que era has-
    ta aquí lo incalculable por excelencia:  el futuro. 
    La planificación  (y su útil indispensable, el cálcu- 
    lo de probabilidades)  le quitan al futuro su ca- 
    rácter de incógnita. 
    ¿Por qué asistimos al desarrollo tan notable 
    de la planificación prospectiva?    ¿Es por una ma- 
    yor comodidad en las explotaciones?  Pero entonces 
    ¿por qué la previsibilidad  es así más cómoda? 
    Si la previsibilidad es de este modo más có- 
    moda, es porque el futuro se siente como amenaza. 
    En efecto, mientras no es tomado en conside- 
    ración por el cálculo, el futuro permanece como 
    lo que es capaz de trastornar la planificación pre- 
    sente 
    Pero la planificación no hace más que acentuar el 
    carácter amenazador del futuro.   En efecto 
    1) Ella transforma   en presente  anticipa- 
     do todo lo que puede en él, calcularse
    
    2) no dejando al futuro más que su parte 
     de imprevisto, imprevisibilidad, en po- 
     cas palabras: la amenaza que él presen- 
     ta contra toda previsión. 
    El tiempo de nuestra época es así:  por una parte, 
    factor determinado o coordenada especial en un 
    cálculo universal; por otra, amenaza para ese mis- 
    mo cálculo. 
    En   este   Tiempo,   el hombre sólo puede 
    vivir         en tránsito,  es decir,  en la indiferen- 
    cia del pasado, del presente y del porvenir 
    con solamente   la posibilidad amenazadora de  la 
    ruptura de esa indiferencia 
    Romper esta doble mutilación del Tiempo     tal es 
    la condición previa a toda modificación de la vi- 
    da
    
  3. SEGUNDA CARTA SOBRE LA “PHALENE” Conversación sostenida por Godo con los Miembros del Instituto de Arte U.C.V. en el año 1969.(fragmento). Pero hablemos de juego. ¿Juego no vale regla, elementos, o principio y fin, marco? El juego, como tal, es, de suyo, en su jugada, indiscutiblemente una “obra” pues él se hace, se abre para que esplenda la aparición de la poiesis misma del aparecer. Además, lo propio de un juego – que es de suyo “obra” – hecho por todos – cualquiera – es que admite en su regla, elementos, formas, y a todos, desde un mínimo hacer a un mayor hacer en orden a complejidades. Un juego de todos en el que ese todos se da juego. Esta admisión pide una regla. La regla que abra tal admisión. Un límite plausible para pensar tal regla es verificar aquello que es peculiar de ese “todos”. Un límite propio de ese “todos” es la ocasión del despropósito. Es decir, la regla ha de ser tal que admita la constante “corrección” de cualquier propósito. Esa “corrección” se dice así porque la regla la mantiene en el ámbito del juego que ha de conocer sólo un límite. Ese límite consiste únicamente en salirse del juego. En el juego poético de cualquiera la regla da cabida a cualquiera aparición que quiera estar en juego, simplemente. Al punto que si alguien permanece en el juego con el fin deliberado de destruirlo, sin querer irse del juego, es un elemento más del juego. Y la regla debe valer para él. La regla trae consigo siempre un cálculo. El cálculo de ese juego que juega – muestra, delata – el juego poético de mundo. Es decir, esta Obra hecha por todos. Por otra parte la regla debe, de hecho admitir y abrir juego y hacer jugar a los cualesquiera, a todo el mundo, con lo que hay allí. Allí, es a su vez, el allí “local” y el allí contemporáneo, vale decir el allí de no importa qué parte y momento del mundo. Y en cuanto es, propiamente, juego de mundo, puedo jugarlo doquier con cualquier otro doquier, convirtiendo todo en doquier. Es decir, puedo jugarlo en medio de una tribu amazónica con lo que hay “allí” y haciendo venir una luz atómica desde EE.UU. para un instante del juego. Cualquier es también cualquier “Allí” sin folklorismos de ninguna laya. Pero la regla del juego es sólo regla en la medida en que ella es esencialmente poética, es decir, que tiene la virtud específica de comparecer con “los cualquiera” el esplendor de la poiesis misma, que ese es el único objeto del juego. Excluido otro fin. Por tal especificidad y exclusión la Phalène es de suyo Obra. En tanto la regla se expande verdaderamente, la verificación del juego u obra esplende en sí mismo. Todo cuanto transcurre en el ámbito donde la regla juega es elemento y juega como elemento. Por ello es que no juega a perder o a ganar, porque la regla fundamental admite la incesante “corrección”. Pero, en cambio, sí, puede decirse que no hay juego si la regla no fue adecuada para que cupiera cualquiera y para que así cupiendo todos, compareciera esplendente la poiesis del juego-mundo. En este sentido la Phalène no puede dejar de ser Obra. Esto cierra la paradoja. La phalène misma es Obra y en consecuencia su oficio es necesario como oficio y se expande en regla, elemento, objetivo. El oficio de hacer poesía por todos y no por uno.
  4. Amereida, página 78
    ¿ entonces ? 
    acaso la obra hic et nunc      digamos improvisada     lo cual  quiere 
    decir hecha allí mismo y no sin preparación ni preparativo y con 
    todo el tiempo que se quiera   puede casar a la tierra con el nom- 
    bre        es esta una celebración local     la poesía  el  acto  poéti- 
    co      matrimonio de la mar con el dogo      la poesía semejante a 
    aquellos franciscanos joaquinitas que partieron a bautizar a todos los 
    hombres para que el mundo y su historia tuvieran acabamiento 
    para apresurar así el fin del mundo       la poesía como acto parte a 
    celebrar las bodas del lugar y de la fórmula    –    operación difícil 
    como un sermón  que reconoce lo singular   nombrándolo    opera- 
    ción dos veces infinita        pues es tarea inacabable finalizar el 
    mundo   y puesto que todo recién llegado  ( sobreviviente )  ha de 
    recomenzar la nominación por cuenta de su propia vida 
    
    
    
    
    
    este vuelo quebrado      anhelante       lo hemos llamado phalène po- 
    co importa
    
  5. Nota 49 de amereida vol. II Hay un espesor entre hombre y hombre. La espesura no es la de esta trama inextricable de arbustos, la espesura invencible. El arte de la cortesía, de la convención de los oficios, como santo y seña para ahuyentar el miedo mantiene a todos los humanos y hace que nos atengamos los unos a los otros. Ni el amor basta para atravesarla. No se puede cruzarla por la convención de los caminos. Hay que ir a campo traviesa. Saber, saber, saber, que el camino nunca es el camino. Harto difícil será para todos nosotros comprender esto y eso es lo que hay de todos a todos en medio de la espesura. Hay otra distancia-tiempo que va de voz a voz. En la voz, no en el farol que está en la mano se puede cruzar esa espesura. Ella no tiene sentido, como no tiene sentido la pregunta de ¿quién eres tú? Ya no estamos como “tus”, ninguno en la espesura. En la espesura, y ella está en todas partes, aquí y en las ciudades, sólo podemos entender u oírnos en virtud del rumbo, de los rumbos que nacen de nuestras propias incertidumbres. La incertidumbre de atravesar gratuitamente la mera travesía, lábil, débil, humana, como si los seres humanos fuésemos, todos, unos hermosos desdichados.
  6. Capítulo V al VII del evangelio de San Mateo “Bienaventurados sean los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque suyo es el reino de los cielos.”